28 de junio / Brasil día a día / 30 de junio

Cinta-Brasil-2014

Por Josué Hernández

Football, bloody hell.

Alexander Chapman Ferguson

Vimos la derrota de México y, por la importancia que tiene el partido, la rapidez con la que se producen y circulan los memes, las sentencias y los videos sobre este juego es mayor a la que hubo en las redes sociales con respecto a la mordida de Luis Suárez.

Me cuesta decir algo sin sentir que quedaré en deuda con muchas opiniones, incluso con la que yo podría haber tenido originalmente antes de ver el encuentro. Puedo empezar por decir que este partido me tocó verlo en el cine, experiencia que nunca antes había tenido. Por decir alguna cosa, puedo referirme a esa experiencia como interesante, pero no como una que quisiera repetir.

Parte de lo que me pareció interesante en el lugar fue la relación entre el público y la pantalla, y creo que la situación revela o, por lo menos, sugiere muchas cosas.

Ese goce colectivo de ver a la selección nacional parecía diluido fuera de las condiciones del lugar, como si la sala de cine y la magnitud de la pantalla elidieran la lejanía del partido que se transmite y de los espectadores que lo vemos a miles de kilómetros vía satélite. No recuerdo que en un bar o restaurante se dirigieran a los jugadores o al árbitro como si realmente pudiesen escucharlos, más que para proferir insultos o reconocer entre los propios espectadores una buena jugada.

Esto me hizo pensar en torno a la ilusión mexicana del quinto partido, la ilusión que los comentaristas dijeron haber visto romperse una vez más. La ilusión a la que me refiero está más referida a un nivel técnico. Primero, creo que la pantalla, aunada a la voz en off, higieniza los procesos alrededor de los cuales se ha conformado el cuadro pintado de verde que se nos ofrece como espectadores. En segundo lugar, la posibilidad del congelamiento: la compulsión de la repetición nos ha desvirtuado mucho como aficionados.

Creo que sí hubo penal por varias razones, pero la reiteración de esa escena me sabía a un intento de afirmar el momento en que una mano artera apuñalase al héroe por la espalda, fijando la idea de que el árbitro nos robó, que Robben también lo hizo y que sólo con trampas México es derrotado.

Es el daño de la repetición. El dispositivo visual que sostiene la razón inexorable. Pasión que deviene razón donde la primera no se puede juzgar a la manera de los contractualistas como una expresión salvaje del ser humano, sino como, creo, la correspondencia entre un instante estético y su apreciación. Pero ¿qué hay detrás de esa tendencia de defenderse, de argumentar, de negar, de mantener esa ilusión de virtuosismo mexicano agarrado de los breves destellos de luminosidad, destellos que arremeten con la violencia de la claridad que ciega al punto de elogiar que hay luz y no que se alumbra algo?

En este punto debo detenerme. El juego de México me pareció muy bueno. Nos ofreció un gran partido, interesante, aún sin las llegadas contundentes que le vendrían bien al equipo pero que, en todo el conjunto, ya se atisban promesas interesantes y atractivas. Sin embargo, creo que uno puede ver, también, cuáles son los límites de apoyar a la selección y saber que un éxito no es reflejo ni causa de los sucedáneos éxitos en otros temas.

Ya lo dijo Juan Villoro: “nuestro grito de guerra ‘¡sí se puede!’ es muestra de que los nuestros casi nunca han podido”. Y lo cierto es que así es, pero las razones por las que lo recuerdo obedecen a una intención de partir desde ese punto más cercano a la realidad y no de la palabra vacía de “grandeza” que se les imputa. Repito, por ello, mi cuestionamiento: ¿qué impele a defendernos de forma tan vehemente de los otros al punto de encontrar la causa de todo mal en ellos?

En la sala del cine encontré una afición que a veces no sabe ni qué celebra. Aplaudieron que el árbitro señalara una pausa en el partido para que los jugadores de hidrataran porque creyeron que había marcado falta a favor de México. Pero eso no fue lo que más me generó una sensación de incertidumbre sobre dónde estamos situados actualmente, sino el hecho de que muchos empezaran a repetir el célebre grito de “¡puto!” como si estuvieran en el estadio. No sólo lo gritaban cuando el portero despejaba, sino cada que había un tiro de esquina o tiro libre. Tal vez es un intento de afirmar la mexicanidad que legitima su existencia en cualquier expresión, por perversa que sea, tal vez sea sólo desmadre, tal vez ingenuidad. No lo sé.

Vuelvo finalmente sobre esa pregunta que hice. Judith Butler se cuestiona en Mecanismos psíquicos del poder cómo el sujeto puede ser sujeto si está condicionado y subordinado por el poder pero, también, puede perder ese poder su prioridad cuando el sujeto lo ejecuta. Más allá de la tesis que propone, creo que la interrogante está puesta ahí para no agotarse. Perdió la selección mexicana, y creo que no perdemos nada reconociendo su buen juego y los azares del fútbol, así como tampoco perderíamos nada aceptando que hay costumbres de la afición que pueden desaparecer.

Quería que México perdiera. Me da gusto decir que las razones por las que lo deseaba al principio tuve que tragármelas viendo el nuevo planteamiento que tiene la selección. Espero, aún, que ahora se pueda trabajar sobre una base sólida y más estable, no cambiar de entrenador ante cada derrota. Es mucho pedir, es cierto, pero quiero poder depositar de alguna manera un voto de confianza en lo que viene.

Creo que hay que desarrollar una afición más crítica, escapar de la ironía del dispositivo, como lo menciona Foucault en su Historia de la sexualidad, que nos obliga a creer, a extraer grandeza de las cenizas como expresión de liberación frente a la supuesta mediocridad que nos censura. Elogiemos el juego de México y amemos el azar del deporte, así es el fútbol.

28 de junio / Brasil día a día / 30 de junio

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One thought on “29 de junio – El discreto encanto de la ilusión

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