21 de junio / Brasil día a día / 23 de junio

Cinta-Brasil-2014

Por Rosario Hernández

Contrario a todos los pronósticos de los medios de comunicación, que anunciaron el partido de ayer como uno de los más desiguales y vaticinaron una victoria fácil para el equipo alemán –además de su pase definitivo a la fase de octavos–, he presenciado un partido intenso, lleno de emociones: del nerviosismo, la euforia y la alegría hasta el miedo, la angustia y la incertidumbre.

Ayer encontraba frente al televisor de un no muy conocido ni afamado restaurante de San Cristóbal de las Casas a donde recurro cuando quiero ver los partidos que realmente me interesan. Hasta ahora he ido a este restaurante a ver Italia – Inglaterra y España – Chile. Voy a este lugar porque hay una promoción súper chida que te ofrece dos cervezas por sólo treinta pesitos, además de que preparan unas quesadillas gigantes que pueden acompañarse con picantes y variadas salsas mexicanas.

En este contexto me dispuse a ver el partido. Cuando presentaron las alineaciones de ambos equipos, yo ordené mi quesadilla y mis dos cervezas. Mientras esperaba mi comida, inició el juego y se mantuvo tranquilo por poco tiempo. Al principio fue una disputa muy pareja entre ambos equipos. Me sirvieron mi quesadilla y le puse ensalada de nopales, pico de gallo y varias salsas: chile de Simojovel, habanero, guacamole y una salsa verde de tomatillo.

Continué viendo el partido. En el primer tiempo se dieron algunas jugadas que fueron de peligro para ambas escuadras. Müller intentó llegar, pero estaba perfectamente marcado por dos defensas ghaneses que con unas arriesgadas, pero muy limpias barridas frustraron sus aspiraciones de continuar con su racha goleadora. Götze también realizó algunos tiros rumbo a la portería que me parecieron muy tímidos, y por los que no alcanzó la definición. Ghana tampoco desaprovechó las oportunidades: Muntari comenzó mandando tiros potentes y de mucho peligro hacía la portería alemana; afortunadamente Manuel Neuer logró adivinar la trayectoria de todos ellos y los acabó tapando con vuelos espectaculares al estilo de un gran súper héroe.

El primer tiempo terminó sin goles, pero no por eso dejó de ser emocionante, ya que fue jugado a una velocidad impresionante. La escuadra ghanesa echó mano de una condición física envidiable: estos jugadores no se cansaban de correr, y, cuando disputaban el balón con los alemanes, muchas veces los dejaban atrás fácilmente. Esto hizo ver a la escuadra alemana más lenta, y mostró un estilo de juego tranquilo y alejado del orden y el semblante aguerrido al que nos tienen acostumbrados a sus aficionados. El sudor en la frente y en los uniformes humedecidos de los jugadores dejó entrever el agotamiento que experimentaron ambos equipos.

Mientras veía este primer tiempo estaba yo comiendo mi quesadilla de bistec con queso (bastante grasa incluida), la cual se desbordaba a las orillas de una enorme y caliente tortilla recién elaborada. Esto provocó que yo tuviera que vaciar el servilletero para limpiarme la grasa que se me escurría entre los dedos. Y ahí estaba yo, en una mesa rodeada de servilletas manchadas de grasa, viendo el emocionante juego entre Alemania (que es mi gallo) y Ghana.

Cada vez que los jugadores del equipo contrario se acercaban a la portería teutona, una punzada en mi panza me atacaba de forma que yo ya no sabía si era por los nervios o porque las potentes salsas con las que acompañé mi quesadilla y la gran cantidad de grasa comenzaban a hacer un rápido efecto en mi estómago. Sentía que estos dos ingrdientes ya me estaban provocando una úlcera estomacal en menos de cuarenta y cinco minutos.

En el descanso decidí imponerme el reto de devorar la quesadilla por completo porque intuí que esa combinación de comida grasosa y condimentada junto con un partido de fútbol muy cerrado –en el que, además jugaba uno de los equipos es mi favorito– no era una buena combinación. Así que para el inicio del segundo tiempo me fui a servir unas rodajas de pepino que acompañé con limón y sal, según yo porque algo fresco me ayudaría a tranquilizar a mi irritado estómago. Destaparon mi segunda cerveza y comenzó la segunda parte del partido.

Fue evidente que ambos equipos estaban ya desesperados por anotar; los dos querían ganar para sumar los puntos que les asegurarían desde este momento su pase a la siguiente fase. Por eso fueron frecuentes las llegadas a ambos lados. En ese momento pensé que había sido una estupidez que la prensa asegurara que Alemania tenía fácil el partido y segura la victoria. Nada más lejos de la realidad, el equipo de Ghana y su afición mostraban cómo un equipo africano que juega increíblemente bien al fútbol puede dar una aguerrida batalla a un equipo alemán que sufrió mucho para acercarse a la portería del contrincante.

En un dominio claro de la Selección de Ghana, inesperadamente se presentó un tiro de suerte para los alemanes que fue a dar al muslo de Mario Götze, luego a su cabeza y acabó en la portería. Con esta anotación, Alemania se colocó momentáneamente a la cabeza del marcador, lo cual me hizo gritar de euforia en el lugar donde me encontraba. Lo bueno fue que había ahí otros aficionados de Alemania que no me dejaron hacer sola el ridículo: una vez que me controlé, vi que la gente me observaba y se reían de mi manera tan eufórica y solitaria de festejar.

Fue muy fugaz esa felicidad porque inmediatamente después, a los tres minutos, André Ayew, un jugador que acababa de ingresar como cambio al terreno de juego, anotó un gol espectacular que fue a dar al fondo de la portería Alemana a pesar de que Neuer voló y se estiró lo más que pudo para tratar de tapar la anotación.

Inmediatamente, el partido se puso más emocionante y aguerrido. Mis nervios casi colapsaban cada que veía que la pelota en los pies de los jugadores de Ghana, quienes con su velocidad no tardaban en colocarse frente a la portería de Alemania y amenazaban con anotar el segundo gol. Éste llegó justo cuando, en una salida del equipo alemán, Ghana robó el balón y Asamoah Gyan se encargó de dejarlo en el fondo de las redes tras un disparo muy bien colocado.

Me invadió el miedo: imaginé momentáneamente que Alemania podría quedar eliminada del mundial por perder ante Ghana en un hecho que resultaría sin precedentes. Creo que estos mismos nervios atacaron al entrenador Joachim Löw, pues no dejaba de hurgarse la nariz y miraba preocupado cómo, sobre la cancha, y Ghana estaba siendo superior a su equipo. Quizá frotarse la nariz le da buenas ideas al entrenador, porque luego de eso permitió el ingreso de Miroslav Klose y Bastian Schweinsteiger, dos grandes figuras de la selección alemana a quienes extrañamos varios aficionados de la Mannschaft, y que no sabemos por qué razón no están jugando como titulares.

Los nuevos ingresos dieron resultado: apenas estuvieron dentro del terreno de juego, se notó el cambio que se necesitaba. La experiencia se hizo presente y Alemania volvió a tomar confianza, a tener nuevamente el control del balón. Esto le permitió realizar, en pocos minutos, varias jugadas de peligro frente a la portería del equipo de Ghana. Por fin llegó la histórica anotación número quince en los Mundiales de Miroslav Klose, quien, al estar colocado perfectamente en su posición delantera, alcanzó a encaminar al fondo de la portería un pase realizado por su compañero Benedikt Höwedes.

Con esta anotación mis ojos brillaron, mi corazón latió mucho más rápido, de tanto júbilo grité emocionada que Klose era un chingón, y alcé mis brazos varias veces en señal de apoyo. Los meseros del restaurante se acercaron para decirme que había sido un muy buen tiro de suerte y que yo ya les había contagiado mis nervios. Me sentí feliz porque los alemanes rescataron el empate, pues hicieron un gran esfuerzo ante un equipo como Ghana, que jugó impecablemente bien. Debo confesar que tuve miedo el resto del partido y hasta el último segundo porque esas Estrellas Negras se lucieron y nunca dejaron de pelear. Este partido quedará en mi memoria como uno de los más emocionantes que he tenido la oportunidad de presenciar.

Por cierto, si van a comer quesadillas mientras ven un partido en el que su equipo favorito se enfrenta contra un gran rival, no se les ocurra ponerle una mezcla de salsas extrañas, ya llevo dos botellas de agua mineral y todavía siento un hueco y un poco de ardor en el estómago.

21 de junio / Brasil día a día / 23 de junio

6 thoughts on “22 de junio – Euforia, angustia y salsa picante

    1. Juan Carlos Cabrera Pons says:

      Yo no creo tanto en un arreglo. Si acaso en dos equipos que salen a ganar sabiendo que no deben de esforzarse tanto. Con todo, ni el Estados Unidos de Klinsmann ni la Alemania de Löw parecen equipos que tome esas actitudes.

      1. Gabriel Sosa says:

        Yo fui a los “Arcos”, un restaurante que está en Terán, a contraesquina de los “Bisquets Obregón”, Comí de todo: carne molida, carne asada, tinga de pollo, longaniza, camarón al mojo de ajo, y de tomar, naranjada. Fui con los chavos de inglés. Presencié uno de los mejores juegos del Mundial. ¡Me encantó el partido; me encantó Ghana!

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