De Heidegger a Beckenbauer

Por Gabriel Ruiz Sosa

Cita_Heidegger

Como sabemos, Heidegger es un filósofo contemporáneo que impartió varias lecciones a lo largo de su carrera. En este caso, el epígrafe que antecede a este texto se refiere a Aristóteles. Entre los filósofos –casi siempre– importa poco la vida personal de un pensador; sin embargo, hay ocasiones en que para comprender la obra es imprescindible atender la vida, y Heidegger no es la excepción.

Martin Heidegger es para muchos el filósofo más original del siglo XX. Su labor filósofica efue vasta: sus Obras Completas (Gesamtausgabe) comprenden 102 volúmenes. Por esto, resulta aún más interesante que inicialmente Heidegger no tuviera interés alguno por publicar sus trabajos, y que se vio obligado a ello para aspirar a una plaza de profesor. Su primer intento fue el Informe Natorp, aunque la obra que le dio su plaza fue su temprana y célebre Ser y tiempo.

Hablar sobre el maestro de la Selva Negra causa cierto morbo debido a la implicación política en la que se vio envuelto. No me voy a detener a debatir si era antisemita o no; si bien Los cuadernos negros –obra que recientemente se está publicando– dará luz sobre esta situación y la evolución de su pensamiento. (El lector interesado puede revisar críticamente su discurso del rectorado y la entrevista de Der Spiegel para tener algunos adelantos al respecto).

Lo que ahora me interesa es atender una de sus pasiones: el fútbol. Las otras dos pasiones del maestro eran las mujeres y el trabajo (para mayores detalles de lo primero, véase la investigación de Xolocotzi y Tamayo). Hermann Heidegger, hijo del filósofo, comparte en una entrevista a Franco Volpi y Antonio Gnoli que su padre hacía mucho deporte desde joven, que era bueno con los aparatos; además jugó al fútbol.

Sabemos por Heinrich Wiegand Petzet que Heidegger jugaba en un campo de fútbol improvisado como wing izquierdo. Hizo remo, nado y esquí. Se le conocía como buen nadador y esquiador, según Petzet. Retomando la faceta futbolística de Heidegger, el pensador alemán presenciaba los partidos importantes de fútbol en la casa de su vecino. Cuenta Petzet que a comienzo de la década de los sesenta, Heidegger le preguntó si los caseros de su vivienda tenían televisor y, como Petzet respondió afirmativamente, preguntó nuevamente si podía ver con ellos un partido importante. El casero accedió gustoso.

A la hora del partido, Heidegger, sin ningún dejo de duda, pasó a ocupar entre el círculo familiar un asiento como buen aficionado. Petzet le ofreció una taza de té y Heidegger le increpó: “bueno, Petzet, váyase a su departamento a trabajar, que de fútbol no entiende nada”. El juego que por la tarde presenció el mago de Meßkirch fue el HSV – Barcelona que tuvo lugar en Bruselas. Se narra que Heidegger participó tanto del juego que con su pie izquierdo pateó lo que quedaba del té.

De manera póstuma, se relata la anécdota del encuentro que se dio en un viaje en tren desde Karlsruhe hasta Friburgo entre Heidegger y el director artístico de teatro de Friburgo, Hans-Reinhard Müller, quien quiso hacerle la plática sobre literatura y teatro; pero Heidegger no le interesaba para nada el teatro, de modo que le preguntó si tenía contacto con el televisor, aclarándole que lo único que elogiaba de ese aparato tecnológico era que transmitía los partidos de fútbol, en particular los partidos internacionales.

Le interesaban especialmente los ingleses. Manifestó su admiración por Franz Beckenbauer, de quien elogió su táctica fascinante y el manejo de la pelota. Además acompañó con un lenguaje corporal los movimientos del Kaiser evidenciando esa pasión por el bello deporte. Heidegger observó que Beckenbauer era diestro para evadir los choques con los rivales que parecían inevitables. Ya exaltado, expresó que Beckenbauer era invulnerable, lo definió como un genio.

Para concluir este breve escrito sobre la pasión de juventud de Heidegger, Volpi y Gnoli preguntan a Hermann si su padre presenció el Alemania – Italia del Mundial 1970, cuyo triunfo fue para la Azzurri por 4-3. Hermann no sabe si su padre presenció el juego, pero si lo vio seguramente no quedó para nada encantado. Años después, en 1976, murió Heidegger con un marcador que nunca pudo revertir en su vida académica y amistosa. Perdió mucho tras las acusaciones en su contra por considerársele un miembro del partido del que nunca formó parte.

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