Los niños de San Roque

Por Yoloxóchitl García Santamaría

Puedo afirmar que en todo el mundo los niños siguen siendo vulnerables, y en Chiapas –uno de los estados con mayor porcentaje de población infantil en México– se suma una tradición de condiciones de vida miserables, que se expresan en cero protección hacia la niñez. Aunque los discursos oficiales se encarguen de decir lo contrario.

Pocos son quienes pueden vivir los derechos de forma plena durante sus primeros años. Algunos, al acercarse a cuestiones básicas como el juego y el esparcimiento, son reprimidos de maneras diferentes. Pareciera que la población “adulta” carece de un poco (o mucho) de humanidad a la hora de tratar con niños.

Hoy quiero referirme a una experiencia de la que fui testigo mientras pasaba la tarde en un parque de Tuxtla Gutiérrez. Tener un parque en una ciudad donde impera la construcción de edificios ya es ganancia, y que los niños salgan a jugar a ese parque con seguridad es reconfortante; pero que se les niegue el derecho a jugar fútbol es una represión que no tendría que vivir nadie. En esta ciudad, en la que prevalece la actitud sedentaria, obstaculizar el juego parece un hábito.

Pues bien, me encontraba sentada en el parque de San Roque, observando las palomas volar mientras me deleitaba con un pozol. Aproximadamente a las cinco de la tarde llegaron dos niños con un balón. En menos de cinco minutos ya eran cuatro niños. Su llegada coincidió con una concentración de señoras que ocuparon las gradas de cemento que rodean la cancha. No sé de dónde salieron ni qué hacían, pero eran más de 20.

Desafortunadamente estas mujeres decidieron colocarse justo a un lado de la portería donde los niños ya jugaban. Poco a poco fueron desplazándose hasta quedar detrás de la portería, incluso dentro de ella. Era evidente que el balón llegaría hacia el sitio en que se encontraban. Y así ocurrió en más de una ocasión en que los niños tuvieron que esperar a que a las diversas señoras les diera la gana regresarlo. El colmo fue cuando una de ellas sostuvo el balón entre sus piernas y regañó a uno de los niños con palabras que no escuché, pero con modales de amargura y desprecio hacia una infancia de juego libre.

Después de esta reprimenda, los niños se sentaron en las escaleras que dan hacia la iglesia. Sólo veían con añoranza la cancha que estaba ahora clausurada para ellos. Una cancha que cumplió la función de adorno durante los siguientes minutos.

El discurso corporal de la señora (y seguramente el verbal) correspondió a la negación de ejercer un derecho básico para la infancia. Un derecho sano. En un espacio tan amplio, ¿por qué las señoras decidieron ocupar esa zona?, ¿por qué al ver el juego de los niños no se movieron a un lugar donde no les interfirieran?

Parece un conflicto vano el que planteo, pero es básico. Si no sabemos respetar los espacios públicos para la función creada, si no sabemos respetar los derechos de los niños y además los reprimimos con palabras y castigos, ¿qué tipo de ciudadanos estamos formando?

Los niños están en este mundo para interpelarnos; sin embargo, los niños de San Roque pasaron del juego a la pasividad, obedecieron a una desconocida y permanecieron callados observando la cancha. Después crearon un espacio alterno para su juego, la explanada de la iglesia. Hasta cierto punto me sentí contenta al ver la creatividad meditada de estos niños, pero me dominó más el pensamiento reflexivo queriendo adivinar las motivaciones de las señoras allí reunidas.

En el fútbol el niño encuentra libertad, pero el adulto busca cualquier pretexto para el regaño. En el fútbol el niño experimenta la prueba y el error, pero un niño reprimido no conoce sino la censura. En el fútbol el niño puede crear condiciones para una sociedad con menos violencia, pero ahí está la sombra del adulto que ejerce la intimidación. El fútbol de los niños le da sentido a su propio universo desde el cual debemos asumir las injusticias que les implantamos.

Mi tarde en San Roque me permitió confirmar que en Chiapas no se aspira a una justicia social. Y que el juego, en este caso el fútbol, podría dar las herramientas para visualizar las condiciones en las que se encuentra la infancia. ¿Quiénes tienen derecho a ejercerla? ¿Cuáles son las relaciones de poder que se establecen? ¿Por qué castigar en un espacio que les corresponde a los niños? ¿Por qué impedir el libre juego y la práctica de futbol en un espacio público destinado a eso?

He sido testigo, en esa misma cancha, de la convivencia sana que provoca un partido, de las interacciones entre niños, jóvenes y adultos en torno a un balón. Me he llevado a mis recuerdos el juego de niños que trabajan boleando zapatos o vendiendo dulces, y que sólo por un momento pueden regalarse un poco de libertad, sin importar su vestimenta, su calzado o su color. El fútbol de la calle se establece como espacio para el ejercicio del derecho a la infancia. Espero no encontrarme con más “adultos” que conspiren con lo contrario.

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