Honrar al enemigo

Por Juan Pablo Zebadúa

Nunca he sido fan del Real Madrid. No lo he sido porque, desde que un día supe que en el Barcelona jugó Diego Armando Maradona, la liga española de fútbol cambió de dimensión y se hizo, para mí, de color culé. Igualmente importante tiene que ver con una cuestión ideológica. Para nadie es un secreto que en España el Real Madrid es el equipo de la burguesía, el adjetivo de “Real” se le pone precisamente para denotar que es el equipo de la realeza, de los que se sienten diferentes por ser parte de una casta también especial. En la política, su entorno se asocia al conservador y franquista Partido Popular.

En mi razonamiento de working-class, todo esto hace que nunca sentiré simpatía deportiva por este club. Pero después de ver el último encuentro del Real Madrid-Barcelona, independientemente de que haya perdido el Madrid, me hizo renovar un deseo escondido, casi con culpa, de salida de clóset, de honrar por una vez a un equipo que es la antítesis de mis emociones futboleras.

Se ha dicho siempre que el amor a la camiseta es un acto más allá de lo deportivo (y de los grandes jugadores, lejos de los jugosos contratos); es como una acción sentimental visceral que juega por sí sola. Incluso, que esta filia por un color, por una historia, puede ganar partidos. Es ese famoso plus por el cual se explica lo inexplicable, como cuando se gana o pierde dejando literalmente la vida en el campo de juego. Por supuesto, no cualquiera logra eso por más que se disponga de millonarias cantidades de dinero para el pago de la mitificada calidad que eventualmente hará trizas cualquier adversidad. Es el caso de la epopeya del Leicester, pero fue un caso tan aislado como afortunado.

Pero si hay un equipo de fútbol que encarna todo ese pudor con que sale a jugar es el Real Madrid. Está en su genética, en ese modo de ser que lo ha hecho uno de los mejores clubes del planeta. Ejemplo: el Madrid de Zinedine Zidane es el más flojo de los últimos diez años; carece de espectacularidad y de fuerza estratégica, pero puede ganar la liga e indiscutiblemente ganará su doceava Champions League. ¿Cómo se explica esta contradicción? Por la pasión con que salen al campo. Muchos de ellos –Ronaldo incluido– eran niños cuando Zidane era un galáctico, y hoy, aún cuando éste tenga carencias como entrenador, juegan como si en cada juego se les fuera a vida. Devoción incondicional al mister y al equipo, no se necesita más.

La Champions es un torneo hecho para el Real Madrid. Ese tipo de competición, el de jugar con fuego con los mejores clubes del mundo, el de sudar hasta rabiar sin que haya juego bonito, sólo se le da al equipo merengue. Puede perder el derby con el Barsa, pero en la Champions elimina al Bayern; puede jugar mal con cualquier equipo de la liga española, pero le mete tres en la primera ronda al Atlético. Ronaldo es indolente en la liga y le silban en el Bernabéu, pero destroza las portería rivales y se convierte en el mejor goleador del torneo más importante de clubes.

Es la genética de los blancos. De eso están hechos y así se desenvuelven mejor: bajo presión y con la necesidad de salir adelante, no demostrando que son excelsos. Es como la selección alemana pero en formato club. Sólo que la Alemania aparece coyunturalmente cuando hay encuentros entre naciones; en cambio, el Real Madrid, todos los años, todas las temporadas, todo el tiempo lleva esa postura hasta cualquier límite.

No es pecado honrar al enemigo. De hecho, superando a un adversario ejemplar, mejor sabe la victoria. La cosa se complica cuando hay que hacer eso: derrotarlos. Y eso, al Real Madrid, con la camiseta bien puesta y su impecable historia a cuestas, debe costar muchos entrenadores, muchos desvelos y muchas horas extras.

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3 thoughts on “Honrar al enemigo

  1. Daniel Hernández dice:

    Maestro es un gusto leerlo.

    Me gustaría mucho que expusiera algo sobre los elementos culturales que definen al rock indígena!

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