¡Haced falta, coño!

Por Raciel D. Martínez Gómez

Un atrayente y apasionado partido de fútbol fue el clásico entre Real Madrid y Barcelona. Ambos equipos en sus facetas más hipermodernas pero, al mismo tiempo, reflejando todavía una casposa división ideológica en esta época de las multitudes.

Encuentro lleno de vértigo, de ida y vuelta; con goles, intercambio de ventajas, anotaciones espectaculares; con un despliegue físico impresionante y con no pocas acciones homéricas de los dos porteros; fue el saldo de uno de los clásicos que se han jugado con más músculo y mayor impacto entre la audiencia mundial del que se tenga memoria reciente.

Y que tuvo sus errores que propiciaron el toma y daca; pues sí, tampoco se puede hacer apología y afirmar que fue el mejor clásico de la historia. Lo cierto es que el encuentro alcanzó un máximo nivel porque son dos equipos que se hallan en la cúspide de su calidad y en el summit de su mercadotecnia.

La gente no sabía qué decir después de la habilidad mostrada por Rakitic para ponerla en el ángulo e irse los catalanes adelante. Y menos controlaba los suspiros cuando el partido se remitió a un duelo de pistoleros en donde los arqueros Navas y Ter Stegen paraban cualquier disparo, ya sea por su atinada colocación o por su elasticidad propia.

Quedó en claro que brilló el fútbol por encima de mezquindades especulativas en las que se protege el marcador, si es posible, con todo y camión en la portería. Sin embargo, lo que verdaderamente arrebató el aire a los espectadores fue el tercer gol, el que mató a los merengues en su casa ante la contemplación de una defensa que dejó que Sergi Roberto abriera el surco sin que nadie pudiera frenarlo.

Fue rarísimo ver cómo los blancos sólo acompañaban la jugada mientras el Barça se disponía a la hombrada. Durante 91 minutos y medio, los madrileños no dudaron en trastabillar al contrario, y hasta le dieron un codazo descarado a la estrella del equipo, Lionel Messi, que fue noqueado por Marcelo, el lateral brasileño que usó la maña.

Como montado en motocicleta, Sergi Roberto avanzaba de forma dramática, estoico, más macho que técnico, cortando el césped como si fuese la última rebanada de pastel en la fiesta.

Ya faltando ¡medio minuto!, 30 segundos para que terminara el partido, cuando necesitaban tan sólo de una falta para interrumpir una escapada que les costaría el partido, el Real Madrid se vio inocente –no acalambrado, por cierto–, y no supo qué hacer: nada más miró cómo Sergi se escurrió casi medio campo para construir una pared que Lionel concluyó certero, sin perder la cabeza, sin ponerse loco y volarla… y el balón posó en el rincón.

Fue entonces que el postpartido ha levantado aún más revuelo porque, por antonomasia, así son los partidos de Madrid y Barça. Las crónicas narran que Cristiano Ronaldo gritaba como desesperado: “¡haced falta coño!”. Todo el Estadio Santiago Bernabéu pidió lo que eufemísticamente se llama “falta táctica”, pero que nunca llegó, tal y como clamó el balón de oro portugués.

Marcelo asumió la culpa de no cortar la jugada, aunque la culpa estaba invertida, desde el principio, cuando le asestó tremendo golpe a Messi. El brasileño no tenía tarjetas, le habían perdonado precisamente el tremendo foul de marras que dejó sangrando al argentino.

Zinedine Zidane había perdido 38 minutos con un Gareth Bale roto. También tuvo que cambiar a su escudero Casemiro. Tendría que haber echado mano de su furia roja que aún no se atreve alinear en los partidos decisivos. Opta por Benzema y Bale, y deja en el banquillo a Morata, Isco y hasta el tal Lucas Vázquez que le hubiese dado más profundidad.

Pero como no fue así, apareció otro guionista, y puso en 30 segundos el protagónico más compensatorio para el imaginario colectivo, ya que después de haberlo hecho sufrir durante el resto del tiempo, emerge Lionel como figura salvadora. Sin nunca quejarse de la tunda de los defensas ni perder el carácter, Messi se puso la camiseta de héroe en un merecido premio a ese tesón y genio que lo hace el más carismático del orbe.

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