El tiburón moribundo

Glorias y muertes del equipo jarocho

Por Jorge R. Negroe Álvarez

La muerte de dos equipos, el Veracruz Sporting Club y el Club España, le dio vida a los Tiburones Rojos, bautizados así por el cronista porteño Manuel Seyde, quien ignoraba que desde entonces la muerte y la resurrección serían parte de la historia escuala.

Lograron su primera gloria en el campeonato 45-46 del siglo pasado, de la mano del mítico Luis de La Fuente y Hoyos, el Pirata con dominio del balón, visión de juego y bandera de gol. Enseguida levantaron la Copa México, en la temporada 47-48, tras vencer a las Chivas Rayadas del Guadalajara, tres goles por uno. Era la época dorada de los Cordados.

Pocos años después y tras sólo seis temporadas de existencia, se alzaban con su segunda gloria, en la 49-50, con la que se marcarían las dos únicas estrellas que adornan hasta hoy el escudo tiburón, y que quizá llegaron demasiado pronto para gusto de los aficionados actuales.

La primera muerte del equipo no tardó en suceder, el descenso se hizo presente en la 51-52 para ya nunca abandonar al conjunto escualo. Una vez en la liga inferior, desaparecieron por varios años.

Hubo un primer resurgimiento en 1964, año en que ascendieron, junto al Cruz Azul, para una época de quasi gloria, pues en 1965 Waldyr Pereira, conocido como el Príncipe Didí, sorprendió al mundo cuando dejó el São Paolo para venir a un equipo mexicano hasta entonces pequeño, pero de un cálido lugar donde hacen sus nidos las olas del mar.

Didí, el compañero del Rey Pelé, la inspiración de Ronaldinho (según Juan Villoro), el inventor de la “hoja seca” (ese tiro alto que parecía haber sido lanzado hacia las gradas, pero que sólo esperaba la indiferencia del portero para dejarse caer mágicamente con un efecto de vaivén: de los míticos goles que sólo se daban en esa época).

En la única temporada que estuvo en México, Didí hizo buena tercia con sus compatriotas Ubiracy y “Batata” para llevar al Tiburón a una final en la que no pudieron derrotar al América. El castigo por perder fue vivir muchos años grises, hasta que en 1968 se inauguró el actual templo de la afición jarocha, el estadio bautizado con el nombre del ídolo que sí había alcanzado títulos: Luis “Pirata” Fuente.

Sin embargo, el tiempo ya no marcó algún hecho sobresaliente para el club, salvo la segunda muerte del equipo, que descendió por puntos en la 78-79, al no poder alcanzar a los Coyotes de Ciudad Neza.

Como si fuera una revancha kármika, diez temporadas más tarde, en el 89, los ahora llamados “Potros” Neza fueron comprados por el Gobierno del Estado de Veracruz, con lo que se convirtieron automáticamente en Tiburones Rojos, y dieron paso a otro momento cumbre del equipo, durante el que, no obstante, tampoco pudieron ganar el campeonato.

El argentino Jorge Comas fue el ídolo que revivió la tiburomanía en el puerto, el máximo goleador de la liga y, en gran medida, el culpablede la rivalidad con los Camoteros del Puebla.

Pues fue en el estadio Cuauhtémoc, hogar de los poblanos, donde Comas partió expulsado en su primer partido con los jarochos, y ahí mismo donde, tiempo después, se consagró al anotar tres goles, luego de que el entrenador Aníbal Ruiz lo alineara sin preparación, como castigo por haberse ido de juerga durante varios días. El comentarista radiofónico de la XEU 960, Sergio Morales Ortiz, quien narraba los partidos comentó: “imagínense ustedes si este muchacho hubiese entrenado”.

Comas sigue vivo, lo único muerto es su prominente carrera futbolística; además de que hace pocos años fue arrestado por escándalos referentes a su supuesto estilo de vida alcohólico.

Los años 90 trajeron los éxitos de otros equipos, como los Rayos del Necaxa, coronados dos veces con el ecuatoriano Alex Aguinaga; el boom mediático de los Toros Neza de Antonio “el Turco” Mohamed, Miguel “el Piojo” Herrera y Rodrigo “el Poni” Ruiz; o el inicio de la campeonitis en los Diablos Rojos del Toluca, de la mano de José Saturnino Cardozo y celebrada por la Perra Brava.

Pero el Veracruz sólo tuvo la decepción de haber contratado al entonces ídolo del Barcelona, José Mari Bakero, quien no se adaptó al fútbol mexicano y huyó a los seis meses, después de haber cobrado como si hubiera jugado tres años. Además de al locuaz portero colombiano René Higuita –y sus chinos que salían corriendo del área con balón dominado hacia la meta contraria, sólo para detenerse cuando eran derribados, tras haber dejado la portería sin protección, osadía nunca antes vista que provocó varios goles en contra–, inventor del “escorpioncito”, que consistía en despejar el balón lanzándose de frente y pegándole con los tacones hacia la espalda, simulando la cola de un escorpión.

La Tercer muerte sobrevino en la temporada 98-99, al perder a manos de los Rojinegros del Atlas, con lo que el Veracruz volvía a la Primera A. Así, el milenio alumbró a un puerto jarocho sin equipo.

La compra de la franquicia de los Freseros de Irapuato resucitó a los escualos en el máximo circuito. Corría el año 2001, los ahora llamados Tiburones Fresas jugaban sin echarle muchas ganas; sin embargo, con el ascenso en 2002 del equipo que militaba en la Primera División “A”, o sea, los Tiburones Originales, la plaza fresera se fue a Chiapas para convertirse en los Jaguares.

En 2004 un nuevo éxito se asomó con la llegada de Cuauhtémoc Blanco, el jugador tepiteño hecho en el América, que por un enojo con su alma mater había decidido llegar al puerto.

Un tiburón poderoso ligó una racha de ocho victorias consecutivas, comandados por el “Cuauh”, y acompañado por Christian “el Lorito” Jiménez, Kléber Boas, Lucas Ayala, Braulio Luna, el Archi Flores, entre otros. Época en la que se creía posible la conquista del título.

Después de tanto tiempo, el “Pirata Fuente” pesaba para todos los demás equipos. Los rojiazules eran líderes de la liga, y accedieron sin problemas a la liguilla, para luego enfrentarse a unos Pumas de la UNAM que calificaron de milagro y eliminaron sin problemas, con un 4-1, a los escualos.

El sueño se terminaba con la partida del Cuauh, quien después regresó al América, fue al Chicago Fire, jugó en varios equipos de la liga de ascenso, como Irapuato y Dorados de Sinaloa, para finalmente retirarse en el Puebla. Él sigue vivo, pero su carrera futbolística está muerta; no sólo eso, además es alcalde de Cuernavaca, Morelos.

¿Creían posible un cuarto descenso de los tiburones? Pues sí sucedió, fue en el Torneo Clausura 2008, de nuevo echados por los Pumas de la UNAM, pero en esta ocasión del máximo circuito futbolístico. Miguel “el Piojo” Herrera vio hundirse desde el banquillo de director técnico al rendido depredador marino.

La liga de ascenso fue dura, y luego de haber calificado a la liguilla en 2011, la Federación Mexicana de Futbol, cual Chanok, desafilió al equipo por incumplimientos con pagos y deudas pendientes, con lo que los mataba, según ellos, definitivamente.

En respuesta, los hasta entonces Albinegros de Orizaba, que también jugaban en la Liga de Ascenso (antes Primera A) se convirtieron en los nuevos Tiburones Rojos de Veracruz.

Sucedió finalmente que en 2013 los Reboceros de La Piedad ganaron la oportunidad de jugar en Primera División; cosa que no pasó de oportunidad, porque la plaza fue trasladada al puerto de Veracruz, dando vida al actual equipo.

El club, en el transcurso de adaptación a las nuevas aguas de la LIGA MX, llegó a morder los sitios del descenso. Fiel a su tradición moribunda. Ante esto, los aficionados, alarmados por la situación, inventaron una porra a manera de oración mágica que dice: “No, no se va, no se va, el Tibu no se va”. Himno que repitieron hasta el cansancio para que hiciera efecto… y funcionó.

Después de haber tenido un torneo terrible, de las cenizas de la tabla porcentual pareció levantarse el equipo, gracias a la dirección técnica de Carlos Reinoso, que obtuvo resultados tan buenos en 2015 que no sólo logró la permanencia, sino además la clasificación a dos liguillas seguidas. Aunque el gusto, en ambas ocasiones, sólo duró lo que un rival tardó en sacarlos, primero el Querétaro de Ronaldinho, y después los que parecerían ser el eterno obstáculo del sueño escualo: los Pumas de la UNAM.

El 2016 llegó cargado de esperanzas, con un mal torneo en la LIGA MX, pero un estupendo desempeño en la COPA MX. Tras pasar las fases de grupos para dejar en el camino a Pachuca y San Luis, se logró que el Estadio Luis Pirata Fuente viviera una final después de 65 años.

Las gradas llenas de rojo explotaban de júbilo al observar como el Tibu, que sólo había recibido un gol, le anotaba al Necaxa los cuatro tantos que lo harían campeón de la COPA MX, presea que acababa con la sequía de trofeos y dejando al Atlas como el equipo con más años sin ganar preseas.

Pero la gloria efímera se esfumó. Hoy de nuevo se cumple el profético ciclo fracaso-victoria-fracaso: los Tiburones viven uno de sus peores torneos en toda la historia, con once derrotas y localizados hasta el fondo de la tabla porcentual.

Pareciera acercarse una quinta muerte anunciada, no sólo por su pésimo desempeño futbolístico, sino también por su decepcionante manejo como instrumento político, en el que el actual dueño (un diputado federal) ya ha amenazado con ceder la plaza al mejor postor.

¿Se lo llevan al Celaya, al San Luis, al Atlante o al Tampico Madero? Ya veremos cómo se castiga a la afición jarocha, fiel creyente de su Tiburón Moribundo, que sólo espera verlo revivir para volver a tirar lágrimas, primero de ilusión con una buena temporada, y luego de realidad con su acostumbrada caída.

Hasta ahora, el destino parece ser sufrir mientras se contempla cómo el mar se traga los sueños porteños de un nuevo título.

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