El verbo ingrato

Por Juan Pablo Zebadúa

Si hay un equipo de fútbol que encarne lo que verdaderamente es este deporte en México es el Cruz Azul. Es más, ahora es el reflejo de un país alicaído, con una depresión social sin parangón en otros tiempos, casi con miedo a todo. Hasta de nosotros mismos.

No soy fan de Cruz Azul, pero me cae bien. Sobre todo por sus orígenes obreros y su impecable currículum en la década de los 70, que renovó como nunca el fútbol e hizo, a su modo, aparecer un estilo tipo Naranja Mecánica holandesa a la mexicana. Me cae muy bien, porque muchos de mis mejores amigos y amigas son de la Máquina. Pero, sobre todo, me gusta mucho porque –como la máxima dice: el enemigo de mi enemigo es mi amigo– aborrece incondicionalmente al América, el equipo del poder y los oligarcas. Así, pues, no podría guardarle ningún tipo de aversión al equipo del “Gato” Marín que es el tercero más popular del país y tiene en sus vitrinas los ya míticos cinco campeonatos de la década de los setenta.

No sé cuándo ni dónde se perdió el rumbo. Quizá existan muchas explicaciones al respecto, pero lo que es cierto es que el Cruz Azul se convirtió en el equipo prototipo de la conformidad y la austeridad de triunfo. Y no hablo aquí del triunfar soberbio ni competitivo, tipo ideología yanqui, sino de aquella necedad de que haciendo bien las cosas se puede lograr lo impensable. Al Cruz Azul parece que todo esto lo hace muy bien, pero al revés. Hace exactamente todo para perder, para estar en lo más bajo de la moral deportiva.

Lo del síntoma de los penales no es un hecho aislado. Forma parte de una cultura nacional que Octavio Paz describió como síndrome de un país conquistado y amestizado por todos los lados que se vea. Casi carentes de identidad propia, siendo híbridos en nuestra idiosincrasia, es muy probable que no metamos un penal ante un estadio lleno, con la presión a cuestas y con el barullo nacional sobre el jugador que tira. Siempre que sucede eso, los mexicanos pensamos en la posibilidad, real y contundente, de que se va a fallar. No a la inversa, porque capaz que no sabríamos qué hacer si en realidad se mete el gol y ganamos. Pues bien, eso el Cruz Azul lo ha perfeccionado a tal grado que se ha convertido en el equipo que hace todo excelentemente bien pero para la derrota.

Es prácticamente una ética del club, y quién sabe cómo se pueda quitar. La Máquina representa lo más obscuro de nosotros. ¿Quién no se ha sentido cohibido ante un equipo superior cuando jugamos cualquier deporte, incluso en la cascarita o el tochito? En los Juegos Olímpicos nos parecía normal que casi no lográramos medallas, y nos regodeamos de ello porque parece que la normalidad de la derrota es parte de nuestro imaginario; en el Mundial de fútbol no hemos pasado al famoso, insondable “quinto juego”; en Estados Unidos 94, Mejía Barón no realizó cambios y banqueó a nuestro crack, Hugo Sánchez, cuando más se le necesitaba.

Hoy vivimos en un país en que el ánimo social está en una absoluta crisis; un país en que emerge el Cruz Azul como la metáfora más acabada de eso que nos sucede como colectivo. Es el desánimo y la creencia de que estamos en el hoyo, un agujero tan profundo que ni siquiera jugando bien se puede sortear.

Ser fan del azul sí que debe ser un verdadero calvario. Es como ser darketo en el puerto de Veracruz, en donde andar de negro solo se asemejaría a pasión del Gólgota tipo Mel Gibson. Y no es para menos, si alguien entronizó a un América perdido y hambriento de trofeos no fue Cuauhtémoc Blanco, sino el Cruz Azul, cuando perdió en aquella final que quedará para el olvido de quienes son devotos del masoquismo tres equis recubierto con una casaca azul. Pero también para todo el mundo que, irremediablemente, veíamos como un equipo carecía de algo más que jugar bien y bonito para afrontar un juego así: lo que ese mismo mundo conoce como cojones.

El verbo cruzazulear comienza a formar parte de nuestra realidad, no tan sólo apara los aficionados, sino para la avalancha de cosas que México hace mal y que hacemos nuestras. Conste que no es conformismo, sino un esmerado anhelo por saber qué pasa en lo profundo de un histórico club que no puede congraciarse ni con sus numerosos fans, ni con su historia, ni con su leyenda. Mucho menos con su propio espíritu extraviado en un mundo paralelo, el cual machaca constantemente su esencia de equipo grande.

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