La invención de Sagan

Por Arturo Montoya Hernández

En una gran ciudad son muchas las imágenes que logran captar la atención del andariego: los árboles encallados en las aceras con el orgullo de su estirpe, las marquesinas de los autocinemas anunciando su viejo repertorio de juegos de luces, las primeras planas dedicadas a un futbolista en retiro y su partido homenaje. Caminar permite entretejer una bella colección de tomas de vista, mundos posibles por los que el paseo adquiere dimensiones imaginarias. Lo visible se enlaza en comunión con lo invisible, los indicios devienen mareas por donde áreas poco recurridas de la introspección logran instalarse en la percepción inmediata.

Una vez entrado en esta vía, las coincidencias que se suceden por algún mudo azar conducen al parque de la Bombilla, en San Ángel, camino a un par de librerías de viejo. En ese paisaje de dalias y espejos de agua uno puede, por ejemplo, encontrar dibujada con tiza sobre sus andadores circulares una rayuela ideada en serpenteantes contornos que conducen no al domesticado cielo de fuerzas centrífugas, sino a un bien definido Olimpo.

Si la acotación resulta importante es porque en ese trazado lúdico destacaba no sólo el tridente inconfundible de un tritón oceánico, sino la alegoría esférica de un balón de fútbol blanco y negro, con suturas que emulan los adoquines de la vereda. Aventar una piedra para jugar por ese circuito resultó tan sencillo como ingresar a la polvosa librería. No sospechaba que los caminos trazados confluirían hacia un descubrimiento quimérico, indecible, como aquella máquina ideada por Morel para plasmar en la eternidad eso que de suyo debe dejarse evanescente y mortal.

Sin pensarlo, en pleno salto por las primeras casillas, llegué guiado por una luz apenas audible a la sección de Esoterismo y Ciencia utópica, donde me esperaba un fantástico ejemplar del texto de Carl Sagan sobre el mensaje al cosmos que viajó encriptado junto al Voyager en 1977, en la circunferencia de un disco de oro. De vuelta a casa, con el ejemplar en mis manos, y la fantasía viva de la posibilidad de haber incluido en el viaje alguna alusión al fútbol, vestida de naranja o perfilada con la elegante figura de Cangrande della Scala, un pequeño disco metálico se desprendió del libro.

Reproducirlo fue sencillo: cosa de ajustar algunos de los parámetros del lector óptico de mi computadora. En su interior hallé una máquina de cálculos virtuales a la que doté, siguiendo con inocencia las instrucciones escritas por el propio Sagan, como prototipo de una enmienda posible a la información faltante en el Voyager, de datos estadísticos y videos de fútbol. La máquina aprendió pronto a alimentarse con recursos en línea, resultados, datos sueltos, anécdotas.

Tras un par de días su proceso estaba completo. Al consultar su actividad informática, un escalofrío sacudió mi cuerpo: frente a mí se desplegó, en una hecatombe de cifras y entidades isométricas, la duración del fútbol en el universo. Como al interior de un aleph vi el pasado, el presente y el futuro del juego, en una ráfaga de imágenes que aún no logro esclarecer.

Muchos imperios han resistido al tañido de las campanas que anuncian el fin de los tiempos, no en la perpetuidad de la roca, sino en la viveza de las imaginaciones que tienen tiempo para jugar con invenciones dinámicas. Al haber contemplado en un instante todos los atardeceres al vaivén de la redonda, encendiendo las pupilas dilatadas de los niños que por primera vez sienten el grito de gol en su profunda sangre, el sonido del mar acompasando los pases a volea entre la arena, el festejo de las finales todas coronadas en los más diversos soles, los nuevos apéndices evolucionados en esta y otras galaxias para ajustar los cuerpos a una vía estética o a una biotécnica del juego, entendí que la historia entera de la humanidad era apenas una breve espiga en los descampados en que la pelota ha rodado, rodará, está rodando.

La rayuela que aún no piso, la biblioteca que alumbré con la toz asmática de mi infancia, el penal que Abréu está cobrando ante una Ghana, tan libre como su deseo, están ya, camino abajo, en el tránsito de retorno del Voyager a este mundo, que es todos los mundos posibles.

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