El otro David

Por Raciel D. Martínez Gómez

Un campeonato ganado, como el del modesto Leicester City, resuena en la leyenda bíblica del Valle de Elah.

Sí, una vez más, un triunfo pírrico en situación totalmente adversa, dignifica el esfuerzo y la valentía de los débiles frente a un poder cuasi invencible.

Leicester, en este sentido, nos recuerda la batalla de David.

Las historias de los matagigantes en el deporte resultan altamente compensatorias y brindan cierta felicidad cuando las asimetrías sociales y políticas son todavía más evidentes.

Pareciera como si una justicia divina gratificara dicho desequilibrio.

Son como metáforas con balón.

Claro que hay matices: no todo simbólico crimen justiciero contra el poderoso es celebración, como ocurrió en aquel famoso Maracanazo en que Uruguay derrotó a Brasil en 1950, y siguió el funeral público más grande del mundo, o el rarísimo triunfo de Grecia sobre Portugal en la Eurocopa 2004, que no hizo sino arruinó la cereza en el pastel de Luis Figo en puerta de su retiro.

De cualquier manera, tumbar a un Goliath es sinónimo de fiesta popular y desfogue catártico, por decir lo menos.

Gracias a la visibilización de una comunicación globalizadora, estamos más al tanto de proezas que, en muchos casos, pudieran calificarse de gestas como la de los apodados Zorros.

Gustamos de que, tras un largo sufrimiento, se decida un Mundial en penales o que en la última jornada se dé una voltereta en campeonatos de 38 fechas, como los de los europeos. En este contexto el triunfo del Leicester en la Liga Premier de Inglaterra se suma a un imaginario que goza de los relatos de ascenso tipo Cenicienta.

El triunfo de un equipo “chico”, como Leicester -pequeñez referida a la dimensión de lo invertido en salarios de jugadores-, genera simpatías frente a hegemonías empresariales en el deporte como el mismo Manchester United, que ya son marcas comerciales en sí (el ManU tiene un impactante sistema de televisión y es brutal la cantidad de camisetas que vende, por ejemplo, en Sudamérica).

La liga inglesa es seguro la más cara, junto a la española y la alemana, delante de Francia e Italia; los magnates árabes, o los petroleros rusos, están vueltos locos en las transacciones de los jugadores equiparables a las subastas de arte (pensemos sólo en el galés Gareth Bale, cuyo costo podría equivaler a un cuadro de Pierre-Auguste Renoir).

Tiene la Premier, por lo menos, seis equipos que son potencias económicas que lucen siempre sus billeteras en los mercados del fútbol.

Según El País, el plantel del Leicester costó la mitad de lo que pagó Manchester City por su refuerzo de lujo: Raheem Sterling, que terminó de suplente en la semifinal contra el Real Madrid. Es decir, menos de 30 millones de euros superaron a los millonarios Manchester, Arsenal, Liverpool, al soberbio Chelsea y al no tan barato Tottenham.

Leicester City ya está en el mapa de las estrellas. La gente sabe que un punto de la isla es heroico. Taimado, de bajo perfil mediático, sin glamour, sin pedigrí, y a pesar de su entrenador, Claudio Ranieri –esto es una broma de Gary Lineker-, pero ganó.

La historia del Leicester comprueba una vez más que no todo en el deporte está arreglado.

El dinero no siempre compra campeonatos; porque, si fuese de esa manera, entonces el Real Madrid tendría el doble de Champions leagues, y no es así, para desfortuna de la megalomanía de Florentino Pérez, dueño de los merengues.

Como anécdota del arrastre del Leicester vale decir que Tom Brady, el quarterback de Nueva Inglaterra, resultó afín a los zorros. Cuando se enteró de que el portero del Leicester, Kasper Schmeichel, era fanático de los Patriotas, Brady le grabó un video deseándole éxito para conquistar el campeonato.

Sí, una vez más, David derrotó a Goliath, y eso nos mantiene con la sonrisa destornillada. Resta ver al mencionado Lineker, que apostó ir de calzoncillos al inicio de temporada si los Zorros ganaban. Seguro Gary, también, mostrará una sonrisa.

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