Johan Cruyff, el genio

Por Juan Pablo Zebadúa Carbonell

Inevitable hablar de él. Muchos de los caminos insondables que nos deja de legado el fútbol mundial necesariamente pasan por su memoria, a veces quizá incomprendida por ser un oriundo del frío norte de Europa y no un latinoamericano nato -raíz de los otros dos más grandes, Pelé y Maradona, quienes lo emulan en el engrandecimiento de este deporte cada vez más agraciado en los valores por los cuales subsiste y no tanto en los resultados que de ello emana.

No es aquí el espacio para hablar de sus logros, que de ahora en adelante se elogiarán hasta la saciedad, sino de esa parte medular que bien puede enunciarse como la “mística” o la “magia” generativa del fútbol de excelencia. Palabras que, quizá, sean del sentido común y hasta del trillado consejo que puede darnos la proclividad de un genio cuando se explaya en su campo de acción. No obstante, en Cruyff las adjetivaciones son cortas porque en él, su vida entera y sus “totalidades”, como consecuencia, fueron eso: sin atisbo alguno, sin resquicio de nada.

Como jugador, como entrenador, como funcionario deportivo, como persona. Como creador. Nunca su entendimiento fue a medias tintas. O el fútbol es grande, o no lo es; o se juega bien, o mejor ni pararse en el terreno de juego; o se piensa el fútbol, o mejor nos dedicamos a otra cosa. Por eso, sus declaraciones resultaban hasta pedantes; sobre todo en un círculo en que eso que llamamos ego puede dejar de ser una característica de los sobredotados, para pasar a ser una irreverencia que raya en la psicosis, una apariencia indefinible en que no cabe la autocomplacencia ni la autocensura. De ahí que Maradona caiga mal y a Pelé se le satanice por glorificar los poderes y el glamour.

No es mucho decir -se sabe- que el fútbol moderno se debe en demasía a su estatura moral de cómo se hacen las cosas. Un destacado discípulo suyo lo entendió a su manera y creó a la oncena más grandiosa de todos los tiempos. Este joven, Josep Guardiola, no vino de la nada: sobresalió desde la certidumbre de una Escuela, de una Idea que conjunta el fútbol de inocultable belleza estética con la contundencia que propone. Todo esto deviene del holandés Johan Cruyff. Hasta cierto punto puede decirse que el perfeccionado catenaccio italiano se construye para tratar de diluir tácticamente el “fútbol total” de Cruyff, dos revoluciones futboleras que históricamente se debaten entre sí para dar fuerza y pie a lo que llamamos el fútbol “moderno”.

Pero lo importante es que hay una visión de vanguardia que nutre las posibilidades de grandeza en cómo se piensa este deporte. Por eso Cruyff, el genio, supo avanzar en las veredas inhóspitas de lo convencional, para dar el salto crucial hacia lo verdaderamente loco, que es el campo natural de personas que, como él, ayuda mucho a mejorar los aspectos más destemplados de nuestra existencia futbolera. Por supuesto, Johan Cruyff, ojalá tu memoria nunca descanse en paz.

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