El Athletic y una forma de la esperanza

Por Josué Hernández

La escena transcurre en el campanario de la catedral de San Salvador. Dos hombres se refugian de los disparos que afuera responden a la multitud congregada. El ejército salvadoreño dispersa las voces que despiden a Óscar Arnulfo Romero, asesinado unos días antes.

El año es 1980.

No hay muchos datos ni descripciones que ahonden en cómo esperaban aquellos hombres a que las balas dejasen de contar el tiempo. Refugiados en el campanario, quizá había una especie de seguridad en escuchar la radio como un ancla que los ceñía a un mundo que verían después de los disparos.

Quién sabe qué templado carácter o nervioso arranque llevó a Ignacio Ellacuría a responder a Jon Sobrino con las palabras que lo hizo. Ambos, sacerdotes vascos que se topaban con una realidad que increpaba a los límites de la filosofía, compartían dos aficiones: el fútbol y el Athletic de Bilbao.

Ellacuría tuvo fama de gran jugador durante el seminario. Hay quienes arguyen que ese trazo que no siguió su historia pudo haberlo llevado al equipo que admiraba. Férreo jugador durante sus estudios, se vio alentado junto con otros compañeros a desempeñar el deporte del que tanto gustaba; hasta que aquello fue juzgado como distracción del compromiso por el que se encontraban ahí.

Esa distracción le valdría un rato de sosiego a él y a su compañero años después, en el campanario, mientras oían el ruido de las balas perforando el viento, resonando en otros muros no muy lejos de los que los guardaban.

Sonaba la radio.

Las palabras de Jon Sobrino cruzaron como un hilo de agua mansa entre el eco de los disparos.

“¿Cómo ves las cosas?”

La pregunta tendía un puente al pasado, a la lejana voz de la afición y la añoranza del pueblo que había visto nacer a Ellacuría, quien escuchaba, a través de su pequeña radio, los trazos diluidos del amor biográfico por el Athletic.

Ellacuría exhaló liberando tanto pasado como un bálsamo contra el ruido inacabable de la metralla.

“No todo está perdido: acaba de marcar Noriega”.

Y otro pequeño respiro envolvió la historia de una pasión lejana bajo la forma de una distracción bondadosa. Después de todo, el fútbol es una forma de la esperanza, como le dijo Jon Sobrino, esbozando una sonrisa aliviada al oír las palabras de Ellacu:

“Ya te lo decía yo: Dios nunca abandona del todo a sus criaturas”.

Si nueve años después pudiese haber oído aquella pequeña esperanza…

Tal vez lo hizo cuando los militares que no hallaron hueco en el campanario para que las balas llegasen a ellos, finalmente traspasaron los muros de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas y lo asesinaron a él, a sus compañeros y a las mujeres que ayudaban con la limpieza.

Ellacuría fue la concreción de ese sincretismo entre el compromiso ecuánime –pero compromiso al fin– con la justicia, y una afición irrenunciable hacia aquellas cosas que otros no sabrían hacer mejor que despreciar. Después de todo, en aquella pequeña anécdota sobre el Athletic de Bilbao y la pequeña esperanza hay también aquello que Edmond Jabés nos recuerda:

“Subversivo no es forzosamente lo que se da de antemano como tal; a menudo es lo contrario: aquello que, para obrar mejor sobre seres y cosas contra los cuales su subleva, se coloca sin reserva a su lado hasta valerse de ellos”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s