La transformación de Lucho

Por Juan Pablo Zebadúa Carbonell

Cuando llegó como entrenador al Barcelona, Luis Enrique Martínez García no atinó a dimensionar el sitio que le correspondía en el fútbol español. Profesional como es, comenzó su carrera a partir del Barça del legado histórico de Pep Guardiola, tratando de innovar y de crear el “estilo” que pudiese caracterizarle en los márgenes del fútbol de alta competitividad. No pudo. Es más: su propuesta chocó estrepitosamente ante el pedigree de una oncena que tiene tatuado el sello de calidad futbolística en lo más profundo de su ser.

Nadie puede ir contra la historia si no la conoces y la objetivas como tal. En el primer clásico de Luis Enrique como entrenador del Barcelona, al que llegó invicto en la temporada regular, el Real Madrid le propino un 3-1 contundente, portentoso y casi humillante que puso al nobel estratega culé en su realidad. No puedes ir contra la historia si no la conoces muy bien. Primera lección.

La segunda: Lionel Messi. Debe ser agobiante entrenar el mejor jugador del planeta. Más si no lo pones a jugar y ves en él una especie de caja mágica con la que puedes experimentar y negociar su talento. En este caso la chistera no aceptó ninguna liebre ni alguna suerte emanada de quién sabe que artimañas. Messi se enfadó y prácticamente amenazó con amedrentar a un entrenador que, después del martillazo madridista, no podía soportar más aspavientos en su club, y menos en un vestidor que comanda uno de los tres mejores de todos los tiempos de este deporte.

Al final las cosas se solucionaron por la simple razón de que Luis Enrique hubo de ceder todo en cuanto al esquema de juego del Barça. Simplemente, dejar que el equipo se desarrollara alrededor del astro argentino.

Lo demás es historia bastante conocida. El Barcelona de Luis Enrique, capitaneado por Liones Messi, logró un triplete más (Liga, Copa del Rey la afamada Champions League), con lo que se convirtió en el primer equipo en la historia en lograr dos. Y ahí es cuando la leyenda se torna blaugrana, y Luis Enrique entra prontamente al pináculo de los verdaderos talentos del fútbol mundial.

Por eso, cuando Messi se lesiona esta temporada (por lo demás, un bajón normal en un físico incansable que ha ganado absolutamente todo), la alarma cundió en el esquema táctico de un equipo en que, desde la acertada óptica de Galileo Galilei, el sol es el centro absoluto alrededor del cual gira todo. Tres mediocres juegos sin el argentino emitieron una especie de exhalación volcánica que parecía prevenir una hecatombe.

Pero el asturiano Luis Enrique supo aprender de sus propios egos. Rebosante, quizá libre al fin, comenzó a maniobrar sus intrincadas y empolvadas leyes para construir un tipo de juego que solo él pudiera generar y sus jugadores entender. Sin Messi, el mejor de todos. De los 25 goles que el Barcelona ha metido en los últimos dos meses, 23 son de Neymar y del increíble jugador que es Luis Suárez, los colegas de Lionel en la delantera.

Por ello, en esta goliza histórica, 0-4, del Barcelona ante el Real Madrid, el entrenador del Barça tuvo su mayoría de edad. Sin Messi y casi jugando a la cáscara, dio un repaso de principio a fin de lo que es jugar bien al fútbol ante uno de los clubs más importantes del mundo.

Pudieron haber sido más goles. Por eso se habla de que, cuando te enfrentas a un grande y te toca morir en el campo de batalla, lo haces con honor y sin pedir clemencia, porque no hay mayor deshonra que tu rival te tenga lástima y misericordia, lo que a ratos ocurrió en este juego. Pero eso también habla del honor futbolístico, del cual quiere impregnar Luis Enrique a su Barça. No mancharse, ser leal al fútbol y no a una rivalidad que, sin quererlo, a veces empaña la poesía del buen toque y de la apuesta a jugar excelentemente bien. Eso es el Barcelona y eso es lo que debe de transmitir el juego del asturiano.

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