Sobre el saqueo

Por Josué Hernández

Crucé los brazos cuando el árbitro Geiger pitó el final del partido. Desde el inicio de los tiempos extras había dejado de prestar atención suponiendo que el resultado ya había sido finiquitado con el penal al final del segundo tiempo. México y Panamá se disputaban el pase a la final de la Copa Oro.

Conversamos —si se puede usar esa palabra en el intercambio de tuits— airadamente lo asqueroso de un guión calcado del partido anterior contra Costa Rica, con la pequeña particularidad de aquella temprana expulsión contra Tejada. El mejor plagiario sabe que no puede reproducir tan descaradamente la obra plagiada.

“No sabremos nunca si el árbitro estuvo vendido o no,” dijo Montoya, vaticinando la ineludible opacidad de las investigaciones o, peor, la inexistente solicitud de investigar si hubo arreglos o no en el partido.

Le di la razón. En el fondo, también lo creía. Por lo pronto quedaba el debate encendido en las redes sociales –si se pude llamar debate a la multitudinaria queja histérica que las domina. Con un aire fantasmal, la voz de Lontano Pereyra nos recordó la terrible figura del saqueo: “¿qué tan justamente ilusorio ha sido esto?”

Ni lo uno ni lo otro. México pasó con dos penales en dos partidos distintos marcados justo al final del segundo tiempo. ¿Casualidad? Tal vez; pero cuando los elementos se agrupan con tanto dejo sospechoso es inevitable orientar el pensamiento hacia las peores elucubraciones.

Los tres estábamos de acuerdo y nos mantuvimos así a pesar del desfile de sentencias autoritarias: “así es el fútbol” o “¿yo qué hago?”.

Algunos tuits defendían que se trata de ganar como sea: el chiste es ganar. Otros apelaban con ironía a la supuesta consecuencia de un retorcido imperativo categórico que obligaría a todos los jugadores en todo momento a errar los penales cuando no fuesen claros; menuda paranoia para crear ramificaciones inexistentes en ideas con las que no comulgan.

Quizá nos equivocamos al creer que el deporte trae consigo algo mejor que la victoria o que los instantes de expresión sublime en los alguien, en algún momento, por voluntad, fama (una especie de gloria, tal vez), estaría dispuesto a entregar el balón a su rival cuando sabe que el penal no es claro. Eso, no lo dudo, es también ser profesional, pero, por otra parte, tampoco los jugadores tienen la culpa (a menos de que se compruebe lo contrario).

“Los rivales no se tocan el corazón para fallar un penal” (otra compulsión por crear los objetos de las imprecaciones personales; o sea, de inventarse enemigos y justificaciones esquizoides). Tal vez sí nos equivocamos al creer que en el deporte existe la posibilidad de actos simbólicos; tal vez habrá que reducirse a ver el fútbol nada más por verlo, ignorando que el velo con figuritas que cubre la escena no es la representación total ni la más bella de lo que hemos ido a presenciar.

Si Valdano ha citado a Cavafis en algún sitio para defender la importancia del camino, cuesta pensar que lo único importante es la victoria. ”Victoria ¿para qué?”, ¿nos hemos preguntado?

Quisiera adivinar las respuestas pero, mejor aún, escucharlas fuera del cúmulo de letras detrás del que podrán esconderse. Con todo, si lo único importante es ganar, creo que, de hecho, algo han saqueado a este deporte. Por eso, quizá, quienes defienden el ganar por ganar no entiendan aquella otra opinión que arguye: “perdió el fútbol”.

En este sitio estamos convencidos de que los errores arbitrales son parte de la belleza del deporte (al menos me consta de dos de nosotros, aunque intuyo esa misma tendencia en los demás). Creo que es sobradamente sabido, para quienes nos leen con cierta frecuencia, que algo sobre lo que insistimos aquí es sobre el paralelismo entre el fútbol y la vida. Y sí, efectivamente existen ocasiones en las que el azar juega una mala pasada, en que la distancia entre el árbitro y una jugada (distancia metafísica o muy muy física entre un directivo, jefe, padre, madre, amigo, etc. que se siente en la vida misma) marca una falta definitoria, una roja mortal.

Hay quien habla de que indignarnos por este error es atentar contra la naturaleza del juego, como si decir naturaleza zanjara toda la cuestión y encontrásemos en esa palabra la verdad primigenia que le da sentido y, peor, anula todo lo que deviene de ella y se desvía. ¿Cuál es esa naturaleza del juego que podríamos definir sin entrar en discusión?

Enlightenment: pues si la disputa es parte de esa naturaleza, ¿por qué uno no habría de tener derecho a indignarse o de aventurar la idea de que, en un futuro, menos jugadores opten por un estrecho profesionalismo y decidan errar un tiro? ¿Por qué no? Sólo por mero conservadurismo, por temor a romper los atavismos. Si el fútbol nos permite ver que lo azaroso es parte de su condición, ¿por qué no estamos dispuestos a aceptar algo de ese azar en una expresión extendida del deporte, como lo es la afición?

No me interesa tanto que no haya sido penal, sino lo fáciles que somos como afición para aceptar que cualquier juego de México parece una disputa campal en la que tenemos que probar, con un ánimo obsesivo, que somos más chingones. No amamos el deporte, sino nuestro delirio de cumplir una fantasía de conquista.

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