El empleado de la Femexfut

Por Josué Hernández

Mucho se ha dicho contra el Piojo Herrera, entrenador de la Selección Mexicana de Fútbol. ¿A donde irán a parar tantos comentarios? Seguramente hacia su despido. No es que nuestro vaticinio parta de una iluminación privilegiada, sino que conocemos sobradamente las historias semejantes que han ocurrido en el pasado como para adivinar que al Piojo le queda poco en la selección.

El entrenador aceptó sumisamente su papel de empleado. Cada entrevista que da es una escena triste donde se afana de su autonomía encubriendo a sus empleadores. A lo mejor cree realmente en su libertad de decisión, mientras le agradece a Dios por el trabajo, aunque sea él la cara pública contra la que llueven las imprecaciones, los insultos, los señalamientos que lo acusan de ser un títere.

Claro. Defectos tiene muchos como personaje público; principalmente, el de acusar a los árbitros de todo fracaso. Es parte de su performance televisivo el reaccionar como un aficionado molesto. La única razón por la que le funcionaba jugar al fanático enojado era que en el Mundial cosechó victorias en un contexto en que se nos vendió la esperanza de no quedar eliminados, lo que en poco tiempo se convirtió en la ilusión de ser campeones. En México funciona menos la mesura (virtud vilipendiada de esa misma lógica en la que el Piojo se inscribe) que el “¡vamos cabrones, no sean putos!”

Al Piojo se le dio ser esa persona desechable que sonríe ante la fama. Su figura es la analogía perfecta del empleado que debe estar feliz por lo mucho que sobresale y convertirse en el chivo expiatorio; pero de la misma fascinación por la gloria pecan los jugadores de la Selección, aunque siempre resulta benévolo para los corrompidos intereses detrás de este negocio tener a quien gritarle “off with his head!

Hablar de la crisis del fútbol mexicano parece hasta cliché, lugar común. Con ello no me refiero sólo a la selección varonil, sino al debate que generaron los resultados en el Mundial Canadá 2015 con la selección femenil.

Se le empieza a prestar atención al fútbol femenil, posiblemente, por responder al espíritu político actual de las cuotas de género y, en general, de una equidad a veces malentendida. Basta mirar las transmisiones para darse cuenta de que la sola presencia de las mujeres es una concepción bastante reducida del trabajo necesario en los temas de género, pues los comentarios dejan escapar un viso dogmático en torno a lo que ha parecido siempre un deporte de hombres, en el que los jugadores no tienen que ser guapos (y esto no se les critica), en el que la homosexualidad es un tabú y en el que, aún, de alguna forma, se pretende resaltar la virilidad de la competencia (otra de las elogiadas virtudes de la posmodernidad).

Sobre este tema hay mucho más que decir, pero las prisas y los tiempos me obligan a ser algo escueto en esta ocasión, ya que el Mundial terminó hace un par de semanas y ahora se desarrollan los Juegos Panamericanos, algo sobre lo que debemos hablar.

En pocos días haremos un recuento de lo ocurrido con respecto al fútbol femenil en México desde el Mundial. Sobre el “Piojo” ya vendrán otros comentarios; tristemente, el director técnico es la cortina conveniente para los directivos que se vanaglorian –con actitud de políticos– de encaminar a la Selección hacia la senda del triunfo (por lo menos al aficionado siempre le llegan por ese conocido lado de odiar por odiar).

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