A propósito de un gol de Chicharito

Por Homero Ávila Landa

El fútbol es ventana por donde podemos asomarnos a la complejidad de la vida social y cultural. Hay allí violencia, solidaridad, identidades colectivas, pasiones, representación de altos valores humanos, así como ruindades… Ha sido con el paso del siglo XX que, además de su condición de deporte, han resaltado sus dimensiones de espectáculo e industria, sólido ejemplo de globalización cultural, fuente de emociones e identificaciones masivas, tema corriente para millones de humanos a lo largo del mundo…

Esto viene a cuenta porque el resurgimiento en la tribuna mediática de Javier “Chicharito” Hernández, debido al gol anotado a uno de sus archirrivales españoles (el Atlético de Madrid), y por el cual los rojiblancos quedaron fuera de competición en el torneo de la Champions League europea, me acicateó dos ideas relacionadas con los efectos sociales que convergen en el delantero y su actividad deportiva masiva y mercantilizada.

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Primero, el caso específico, o lo que detonó todo lo que sigue

Luego de meses que llegaron a configurar una desalentadora experiencia en la trayectoria profesional de Javier Hernández en su paso por el Real Madrid, éste, en una tarde-noche de mucho esfuerzo e insistencia goleadora, anotó el 22 de abril de 2015 el único gol de una justa altamente significativa para los equipos más mediáticos de la ciudad de Madrid, ambos protagonistas de un connotado clásico del universo futbolístico. La anotación cayó en tiempo agónico, a pase del gran recordista portugués Cristiano Ronaldo, quien, en jugada riñonuda por el lado derecho del ataque, cedió el balón para que el mexicano de derecha consumase un gol de estruendo.

El festejo resultó apoteótico, ya que el anotador celebró sin guardarse una gota de emoción; de hecho, para él fue un gol terapéutico por liberador, porque encausó una descarga emocional acumulada de tantos partidos en la banca a la espera de una oportunidad que parecía ya desvanecida del todo por tener al francés Karim Benzema hasta hace un mes como indiscutible de esa posición. Ha sido un gol significativo que sacude profundamente a Hernández, tanto que, incluso, apenas salió del juego, hacia el minuto 90, tres minutos después de su logro, se fue a la banca acompañado por esa especie de catarsis post-gol y por dolores físicos producto de sus regates y choques con la defensa atlética.

Como el partido fue de altos vuelos mediáticos e incluyó la salida del perdedor de la competencia, las portadas de muchos diarios nacionales (mexicanos) e internacionales (españoles y de otros países) publicaron fotos del Chicharito en sus primeras planas. El espectáculo suscita mucha información.

Pronto leo la declaración del Thierry Henry en el sentido de que la celebración de Javier Hernández le pareció fuera de lugar, ya que la consideró merecedora de llevarse a cabo en una final de copa del mundo, y no en el juego aludido. Además, registra la prensa, el ex delantero de la selección francesa consideró que en lugar de haber celebrado como lo hizo, yéndose a una esquina para tirarse y esperar la avalancha paroxística y triunfal de sus coequiperos, debió correr hacia Cristiano Ronaldo y celebrar con él en forma de agradecimiento el gol nacido a pase del astro lusitano.

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Una primera idea (que quiere deshacerse de binarismos tipo dominio-resistencia, hegemonía-subalternidad… y no lo logra)

Por una parte, las declaraciones de Henry me han hacen pensar que esa práctica deportiva tiene que ver con procesos de disciplinamiento que recaen en el actuar individual y colectivo; el fútbol, pues, se articula con acciones sociales instituidas e instituyentes que disponen formas del deber ser basadas en sistemas de ideas y condicionamientos en los que el cuerpo es elemento sustantivo. El fútbol profesional (y el amateur por supuesto, pero más notoriamente el de paga) es una disciplina que disciplina. Desde luego que tiene reglas que lo fundan y le dan sentido, pero respetar las reglas no sólo es hacer identificable y posible el juego, es también aceptar un control del comportamiento cuyo performance central se vale del cuerpo que lo practica. Es éste, según sus principios, un deporte, pero agregaría que es un deporte que conlleva disciplina que coloniza el cuerpo y la mente, y por ello espera de quien lo practica un hacer específico dentro del terreno de juego.

Es visto que en el caso del fútbol profesional el cuerpo comienza a disciplinarse desde corta edad, para fortalecerlo físicamente, para inculcar sistemas de juego (los cuales, se dice, han venido matando la creatividad, los espíritus líricos y mágicos propios de héroes bárbaros, libertos y artistas que al improvisar rompen esquemas), formas de correr la cancha, de jugar con técnica, de hacer efectivos planteamientos tácticos, de controlar el balón, de organizar su circulación, de atacar y defender, de guardar una posición y una función dentro del campo. También lo vemos disciplinar la mente, generando una mentalidad competitiva, ganadora, que no se rinda, que no decaiga ante circunstancias adversas propias de la competencia. Y si me atengo al comentario de Henry, flota una intención cercana a disciplinar los festejos, prescribir modos y límites en la emoción desenvuelta en forma de alegría celebratoria.

Esto de reglamentar los festejos ya viene de años atrás; por ejemplo, se ha acordado prohibir, y castigar si no, celebraciones que recurran a alusiones políticas y religiosas. Incluso se ha castigado el que algunos expresen su felicidad goleadora de modo que puedan ser ofensivos a alguien; así, han surgido listas que quieren definir un conjunto de gestos y símbolos válidos, así como otro de acciones negativas sancionables para los transgresores. Como se sabe, está penado quitarse la camiseta en expresión de euforia; algo que acostumbran algunos jugadores al marcar tantos.

Y es que, con mucho, el fútbol como performance, como conducta repetida dos veces (como lo define teóricamente, y con fines académicos, Schechner), que trae a cuestas (continúan los teóricos) un archivo que se revela en el presente comportamental del jugador y el juego (allí están miles de fotografías, revistas y videotecas que guardan todo el discurso verbal y corporal del futbolista), así como un repertorio gestual y discursivo, a veces innovador a veces reinterpretado, que es puesto en práctica cada vez que se celebra un partido. Ese saber que pasa por el cuerpo en el performance del fútbol compone un ritual que inicia incluso antes del silbatazo inicial (para cuando esto sucede, ya los jugadores han procesado su nerviosismo escuchando sus iPods, rezando a sus dioses, calentando en los vestidores y en la cancha, repasando con sus entrenadores y preparadores físicos y demás cuerpo técnico lo necesario). La semiótica del fútbol, al cabo, es rica y aún tierra fértil para exploraciones múltiples en la relación cuerpo-símbolo, como la dada en el fútbol prominente en la producción de sentidos y significados.

En todo caso, el disciplinamiento es tal que los partidos, aun siendo imposible adivinar su dinámica y resultado, cumplen siempre con las reglas que lo identifican como el deporte que es, además de como espectáculo y negocio para los cuales la pasión es sustantiva. Siempre sabemos de qué se trata, aunque nunca sepamos cómo ocurrirá el desarrollo de los juegos, ni cuál vaya a ser su marcador final, ni quiénes sus héroes y villanos (“los partidos hay que jugarlos”, es un recurso que expresa que nadie puede garantizar resultados, así se trate de enfrentamientos donde uno de los rivales aparece en el papel mucho más fuerte que su contrincante).

El fútbol, entonces, es práctica social, fenómeno histórico-cultural que no permanece ajeno a disputas más allá de las meramente deportivas que lo fundan y definen; sino que, mientras rueda el balón y los 22 se entregan al ritual sobre el campo y mediante la pelota, también van haciéndose visibles dimensiones de corte político, económico, cultural, dentro del juego del hombre, como lo llamara el gran cronista Ángel Fernández. Es quizá el giro cultural en el horizonte histórico-filosófico de la posmodernidad, siguiendo a David Harvey, que las luchas culturales se me hacen visibles en diferentes momentos y dinámicas colectivas; en este caso veo luchas de ese tipo en el balompié mediatizado.

También reconozco en ese juego tanto la capacidad de generar identificaciones, solidaridad, cohesión, cuanto efectos contrarios a estas virtudes, pues también el fútbol está densificado con conflictos como el racismo, el machismo y el clasismo, entre otros fundados en diferencias, desigualdades y oposiciones, muchas de las cuales tienen una dimensión disciplinar asociadas con disputas por el control de los sujetos y los cuerpos.

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La otra idea (sobre colonización de la subjetividad y de las emociones)

Por otra parte, en la reacción crítica del delantero francés Thierry Henry a la celebración del gol del mexicano, interpreto un dejo de actitud colonialista ligada a un deseo o a un acto encaminado a fortalecer una especie de conquista de las emociones, un interés en pautar o imponer, así sea sólo como opinión y no como proyecto de reglamentación, formas válidas de celebración individual mediante el mecanismo de defenestrar otras (en este caso, cuestionando o criticando la enorme emoción del autor del gol blanco con el cual el Real se quitaba cierta paternidad sostenida últimamente por los del Atlético).

En el fondo, no comprendo su crítica; pero me pone a dudar si en ella no hay algo de colonialismo emocional, pues no veo razón para criticar la expresividad particular del sentimiento de una persona, de otras personas, cuando se trata de una manifestación natural, que al menos yo leo a la luz del contexto inmediato del anotador: mucha banca, por ende, mucha frustración, y de pronto una chance que sirve como revancha personal y de la que se sale victorioso.

En esto de las subjetividades expuestas a un público global, no sé qué pensaría el francés de las celebraciones señaladas como arrogantes del mismo portugués; y desde luego no importa lo que piense o no, sino lo que su declaración me permite pensar. Quizá este punto es un asunto intercultural en el que el francés tiene una taza de festejos válida, en la cual el desfogue de Chicharito no tiene cabida en sentido positivo, o no es válido, mientras que yo no veo condena a la expresividad chichariana, y quizá esto se explique porque nunca he celebrado un gol de la selección mexicana que haya dado al país un campeonato mundial.

En todo caso, de lo anterior me quedo con la idea de que el deporte profesional y mediático puede operar como ventana por la cual asomarnos a formas que asume la vida social, a sus dimensiones económicas, políticas y culturales, a veces concentradas en eventos específicos que hacen, diría Carlos Marx, de síntesis de múltiples determinaciones. Si es así, entonces veo viable acercarse al fútbol cuando menos mediante dos lados analíticos. Uno, que llamo su forma exterior, y que es aquel que refiere a sus contextos y relaciones de poder, lado donde su entorno tiene peso sustantivo para definir sus confines. El otro es su forma interna, que abarcaría formas, dinámicas, modos particulares del universo futbolero, y en las que también se configuran (otras) relaciones de poder que experimentan los protagonistas.

Quiero decir que hay externalidades o contextos, de donde, por ejemplo, provendría el poder de decisión económica sobre las formas contemporáneas del juego, de las competencias, el tipo de torneos y ligas, su reproducción, circulación y las formas de su consumo. Mientras tanto, en su interior, en lo tocante a los protagonistas del juego, jugadores, entrenadores y públicos, vemos la representación de intencionalidades, valores, sentidos, desafíos, transgresiones, imposiciones y luchas o resistencias. Un ejemplo en este segundo modo sería precisamente la crítica de Henry al apoteótico festejo de Hernández por un gol que lo hizo tocar el cielo, su cielo.

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