Retazos de una pasión muerta y reencarnada

Por Josué Hernández

No sé cuándo comenzó a gustarme el fútbol, sólo sé que de niño, de repente, ya le iba al Necaxa. Así discurría la infancia, pienso: sin grandes motivos, casi por una poco aprehensible rebeldía del cuerpo. La primera imagen mía con el fútbol que se me ocurre es ensayando tiros libres con un balón de hexágonos blancos que se combinaban con otros azules y rojos. Era un balón muy lindo pero demasiado pesado para mí. Aún así lo intentaba.

Me dije un día, eso sí recuerdo: “yo soy zurdo”, como Zague, pero mejor que Zague, que sólo usaba la izquierda —lo que, con un entendimiento apresurado de infante, juzgaba una debilidad más que una virtud.

Me perfilé, entonces, para apuntar con la parte interna del pie izquierdo a la esquina superior izquierda del cancel que dividía dos patios: el que era mi campo de juego y el que decoraba la entrada de la casa. Un pensamiento fugaz cruzó por mi mente: “vas a romper un cristal”. Aquello era una obviedad que incluso yo podía reconocer, pero descubrir el talento valía cualquier cristal roto.

No rompí ningún cristal porque no pude pegarle tan fuerte. Años más tarde rompería el cristal negado del ángulo, a donde ni Taffarel ni Campos habrían llegado. No fue por habilidad sino por azar, lo que me haría descubrir que mis mejores tiros eran los que menos había planeado y que traían episodios afortunados (como el de anotar en el ángulo en un concurso durante una feria) y otros menos fortuitos (como el de varias lámparas rotas). Eso sí, todos con la exacta precisión del ángulo de la portería imaginada.

Ahora veo aquel pasado como la anticipación de una alineación a la izquierda política. Fui zurdo por elección; no sólo por haber tenido cerca el movimiento zapatista en 1994, sino porque el terreno izquierdo de la cancha era entonces territorio poco explorado.

De ambas izquierdas no puedo presumir ahora más que una serie de consideraciones que las ponen entre paréntesis; a la política por desencanto, a la futbolera por falta de entrenamiento e imprecisión.

Antes de que la vista me fallara, la hice de portero durante mi adolescencia, cuando, además, cambié la afición del campeonísimo Necaxa por la de la cantera atlista.

Como Galeano ya explicaba en su Fútbol a sol y sombra, el portero es el primero en recibir la culpa. Lejana me parecía la afirmación de Valdano que enaltece al guardameta, con su inconfundible número 1, como aquel que dirige al equipo al tener la perspectiva completa del campo. En cambio, la labor del cancerbero (apodo que siempre me ha gustado) se antojaba, en un juego demasiado conservador y rígido, como una delegación de responsabilidades que partía desde que la delantera perdía el balón hasta el portero, que se quedaba solo e inerme frente a los delanteros, con la papa quemada y la completa culpa de haber recibido gol en contra.

Ahí conocí la soledad. El portero era un solitario guardián que cuidaba a aquella felicidad frágil del juego de no romperse. Creo que las cosas ya han cambiado un poco.

El fútbol escolar se volvió, para mí, una tormentosa inquisición que sin embargo no me hizo desertar tan pronto. Mantuve el gusto por jugar para compensar la dolorosa derrota del Atlas contra el Toluca en 1999, que me hizo abandonar la afición (sí, fue muy fugaz), aunque todavía, cada que veo un marcador desfavorable para los rojinegros, siento algo de tristeza, así como siento algo parecido a una emoción competitiva cuando descubro que el Atlas va ganando un partido, con todo y Salinas Pliego marcando el uniforme. A veces y por ratos el fútbol no conoce de política o economía.

En esas sensaciones entendí el verso de Bonifaz Nuño que leería tiempo después: “¡qué insufribles son a veces las virtudes de la buena memoria”, porque el fútbol tiene algo parecido al amor que recuerda que el Atlas no tiene un título desde hace más años de los que yo he vivido, igual que a México se le recuerda como el frustrado guerrero que no pasa de octavos de final en los mundiales.

El aficionado amoroso suele no conocer el castigo: a pesar de los intercambios monetarios exacerbados que implica la afición, finge no comprar entretenimiento, sino arte, y por eso en los estadios sólo existen reproches esporádicos bajo la forma de ausencias que pronto se resarcen con llenos completos.

Me olvidé del fútbol televisado varios años.

Apenas lo jugué en la universidad.

Luego descubriría que mi acercamiento al fútbol no fue un evento único y olvidado de la infancia, y que algo más conectaba los eventos del pasado con los más cercanos. Fue una noche de vodka barato (su bajo precio debió ser una advertencia) en el Distrito Federal, a un lado de la Calzada de Tlalpan, cuando Juan Carlos citó a Cantona: “When seagulls (bebe un sorbo de agua) follow the trawler…”; “¿Cantona? ¿El que perfora al diablo en un anuncio de Pepsi?”.

Sí, era el mismo. Comprendí que el fútbol (que acentúo así por mera homogeneidad gramatical) era más que un deporte. Aquella cita de Cantona se volvió, igual que la afición por un equipo, un motivo incomprensible de pasión.

En ocasiones, basta una puerta, un cristal distinto para mirar de manera diferente lo que uno cree haber perdido. Los goles de Cantona y de Bergkamp, las atajadas de Buffon, la precisión de Pirlo, la defensa de Márquez se me habían develado como una forma del arte y, con ese arte, había creado una relación de amor-odio con la selección nacional que habrá momento de explicar en otro lado.

Eso era el fútbol: una forma del arte; cuando salía de las canchas, una forma de la política y de la amistad, como diría Juan Villoro. A algunos nos llega tarde el acercamiento al fútbol, al menos el que hubiésemos querido, pero en cada pérdida se descubre una oportunidad. Para mí, fue el infranqueable designio con el que Fontanarrosa bautiza a uno de sus libros: “el fútbol es sagrado”.

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