¡1, 2, 3, Zurdo!

Compartimos la siguiente carta, recibida en las oficinas de redacción de The Cambridge Rules hace unos días, porque nos parece de particular relevancia para el contexto en que vivimos, cuyas tragedias cotidianas no sólo afectan a la mayoría de los mexicanos, sino a más de un país del mundo. El remitente nos ha pedido permanecer anónimo, pero la fuerza de sus palabras hacen que su nombre no sea necesario.

Vivo en un país de desaparecidos. Un día alguien que estaba ya no está. Quedan sus zapatos de fútbol. La marca de un labial en su taza de café. Los coloridos juguetes en el patio. Una llamada perdida en el celular que no se alcanzó a contestar. “No importa, va a marcar al rato”, se tranquiliza el que llama. Pero la persona desaparece, dejando detrás la herida inconsolable del amor que espera.

En el estado de Guerrero tuvo lugar la llaga más reciente, el 26 de septiembre, a las 9:30 de la noche del viernes, estudiantes de la normal rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa tomaron tres camiones de la central de autobuses para dirigirse a su escuela. Pero no llegarían a su destino, porque fueron interceptados y rafagueados por policías municipales y sicarios. En una noche larga y lluviosa, los estudiantes fueron cazados, perseguidos con todo el poder del Estado. Desamparados, fueron los receptores indefensos del odio. Hasta hoy, 43 de los estudiantes continúan desaparecidos.

Sin embargo, ese mismo día –en un hecho diferente, pero que se cree relacionado al ataque a los normalistas–, al filo de la medianoche, hombres armados dispararon contra un camión que viajaba de Iguala a Chilpancingo, que fue confundido con uno de los autobuses de los normalistas, pero en el cual se trasladaban integrantes del equipo de fútbol de la Tercera División, Avispones de Chilpancingo.

Los jóvenes jugadores habían ido a Iguala a disputar un partido de futbol, el cual ganaron. Después del encuentro, los muchachos se felicitaron entre sí. Satisfechos, subieron al autobús entre bromas y risas. Algunos cabeceaban con los audífonos puestos cuando comenzó el ataque. El entrenador alcanzó a gritar “¡no disparen!, ¡viajan niños! ¡no disparen!”, como si la palabra “niño” pudiera detener la vorágine de la barbarie. Pero no lo hizo y el ataque terminó con la vida del jugador de 15 años, David Josué García Evangelista “el Pollo”, “el Pollito”, “el Zurdo”, cuyo sueño era llegar a jugar fútbol en la primera división. También le gustaba la música.

Sus compañeros de equipo, alrededor de su ataúd, lo despidieron entre llantos con el rezo que hacían antes de salir al campo: “Señor, dame la fuerza para salir y ganar este encuentro; mientras lo hacemos, no dejes de mirarnos, para que no digamos o hagamos algo que te pueda ofender. Señor, sé nuestro día y protégenos de toda lesión, amén”. Pero no hay Dios contra las órdenes del odio. O hace más de setenta años que nos olvidaron todos.

No te conocimos Zurdo. No fuimos tus compañeros de campo ni tus amigos de la escuela ni festejamos ninguno de tus goles. Sólo supimos de tu indigna e injusta muerte. Pero haces falta, cada vez que un joven futbolista, en cualquier parte del mundo, se coloca los zapatos de fútbol y sale a una cancha a jugar, y, con una mezcla de miedo y decisión, patea un balón en lugar de apuntar un arma. Haces falta.

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