Oda a Alfredo Di Stéfano

Por Juan Carlos Cabrera Pons

Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría de la Saeta Rubia, muerto tres días después de cumplir los 88 años, el pasado 7 de julio, en Madrid.

Madrid, esa su segunda Buenos Aires. Esa ciudad mitad invierno mitad infierno, que ningún aficionado al fútbol conocería si Alfredo Stéfano Di Stéfano Laulhé no hubiera hecho del Santiago Bernabéu su estudio de nigromante, el taller de su polivalente y extraña maravilla.

La primera vez que oí su nombre no lo escuché realmente. Fue en una sentencia aforística y lapidaria de Pelé, en la que las sílabas que componen el nombre de Alfredo Di Stéfano retumbaban con el tambor implícito de la ausencia. Parafraseo: “Diego Armando Maradona no puede ser el mejor jugador de la historia del mundo, pues ni siquiera es el mejor jugador argentino de la historia”. Si Di Stéfano lo fue o no, no me toca a mí decidirlo. Jugó hace tanto, tan algunos años antes de que mi padre naciera, que lo que sé de él con más certeza lo sé con la certeza de la historia oral, de la fábula aleccionadora, de la leyenda irrefutable.

Di Stéfano comparte eso con Ulises, con Roldán, con Rāma: sus hazañas las vieron unos cuantos viejos en los que poco podemos confiar pero mucho queremos creer. Si nos hemos cansado de repetir en video las hazañas de Cruyff, Pelé y Maradona, Di Stéfano pertenece a un tiempo previo, mítico; a un fútbol alejado de la vigilancia constante de la cámara de video y mucho más próximo a sus elementos más íntimos: la improvisación, la imprecisión, la maravilla espontánea. Si el fútbol es un prolijo surtidor de leyendas, Di Stéfano es uno de sus más primeros y más longevos torrentes.

“Meter goles es como hacer el amor –afirmó en alguna ocasión–: todo mundo sabe cómo se hace, pero ninguno lo hace como yo”.

Alfredo Di Stéfano nació en el barrio de Barracas en la Buenos Aires de 1926, pero su paisanía la reclaman varios: su familia materna, descendientes franceses e irlandeses; su familia paterna, llegada de la napolitana Capri; los seis goles que anotó para que la selección argentina levantara la Copa América en Guayaquil; los 31 encuentros que disputó con la selección española desde 1956. Lo único que podemos afirmar con certeza es que Di Stéfano le pertenece al fútbol, a su más honda historia, y al Real Madrid.

De su carrera mucho se ha repetido en los últimos meses. Sabemos que brilló en el River Plate y en el Millonarios de Colombia. Sabemos que fue fichado simultáneamente por el Madrid y por el Barça, pero que terminó por quedarse en el primero, el club de sus amores. Sabemos que ganó cinco trofeos de la UEFA Champions League consecutivos, y que con ellos le dio renombre al torneo y a la escuadra madridista. En suma, sabemos bien que sin él la geografía del fútbol a nivel global sería muy diferente de lo que es.

Como a su compatriota Jorge Luis Borges le hubiera gustado, podríamos preguntarnos hoy por los distintos cursos de la historia: Sócrates que rechaza la cicuta, la victoria del sur en Gettysburg, una mujer a la que decidimos no confesarle nuestro amor… ¿Qué sería de nosotros si las cosas hubieran pasado de otro modo? ¿Escribiría yo sobre fútbol si Di Stéfano no hubiera jugado? Si ese hombre, tan lejano a mí, hubiera optado por la ingeniería civil o la botánica, ¿hablaríamos sobre fútbol de la manera tan acuciosamente global en que lo hacemos? A estas últimas dos preguntas sólo atino a vislumbrar una respuesta lapidaria: no.

Qué frágil es la historia. Se sostiene de unas tan minúsculas, casi imperceptibles coincidencias; de tan endebles puentes se forman sus tramas seculares. ¿Cuántas guerras no habrán iniciado por un pequeño accidente en apariencia intrascendente? ¿Cuántas amistades no se han forjado por las más irrelevantes circunstancias? ¿Caen las hojas de los árboles en un preciso lugar de la banqueta? Alfredo di Stéfano, por ejemplo, jugó para dos selecciones nacionales, pero no jugó ningún Mundial por una u otra razón: Argentina decidió no acudir a 1950 ni a 1954; para 1958 era ya seleccionado de España, escuadra que no clasificó para el Mundial de Suecia; una lesión le impidió el viaje a Chile en 1962.

Se retiró a los 40 años porque sus hijas le dijeron: “papá, calvo y con pantalones cortos no quedas bien”. Hoy me senté a escribir sobre él, a quien nunca vi jugar, porque su carrera se erige frente a la mía con un halo de sólida pertinencia.

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