Alemania, campeón del Mundial 2014: un proceso que ha valido la pena seguir

Germany World Cup Champions

Por Javier Alexis Ascanio Lárraga

Quizá el reciente triunfo de la Mannschaft sobre la Albiceleste y la “Conquista de América” son acontecimientos poco llamativos o indiferentes para muchos aficionados residentes en nuestro país (México), pero en lo particular tienen un significado muy especial para mí. Recuerdo que durante mi infancia no me gustaba jugar fútbol, ni mucho menos verlo. Esto se debió, en gran parte, a mi escasa habilidad con el balón, aunada a mi timidez y falta de competitividad, y a los regaños constantes por parte de los entrenadores y compañeros. Al final de la primaria y a comienzo de la secundaria, aquellos sentimientos negativos hacia este deporte todavía persistían en lo más profundo de mí ser.

En esa época, recuerdo claramente, en las retas de la escuela siempre se admiraba y respetaba a los compañeros habilidosos, ingeniosos, pero extremadamente soberbios e individualistas; en cambio, a los que no éramos tan dúctiles con el balón, casi siempre se nos marginaba, o éramos integrados en los partidos cuando de plano no se a completaban los equipos. En consecuencia, los ídolos y ejemplos a seguir de mis amigos eran las figuras más mediáticas del fútbol; por ejemplo, Ronaldo, Ronaldinho y Roberto Carlos; Henry y Zidane; eel Piero, Totti y Maldini; Casillas y, años después, CR7 y Messi, por mencionar algunos. Sus clubes por excelencia fueron generalmente Real Madrid, Barcelona, Manchester United, Juventus y el AC Milán. Por el contrario, yo no sentía admiración e interés por ningún jugador o equipo –más que nada porque consideraba que yo no encajaba con la filosofía del jogo bonito y el lucimiento personal–, hasta que me topé incidentalmente con una modesta y desapercibida selección de Alemania en el Mundial de Corea-Japón 2002.

Por aquel entonces comencé a ver por casualidad los partidos de este equipo europeo cada mañana antes de ir a la escuela. Al principio, los veía sin mucho interés, echando de menos la trasmisión de las caricaturas matutinas; pero poco a poco me fui enganchando con su particular estilo de juego y la voluntad de hierro de sus jugadores, en especial de Oliver Kahn, Michael Ballack, Oliver Bierhoff, Bern Schneider y Miroslav Klose. Lo que más me sorprendía de aquella Alemania, no tan espectacular y dinámica como la del presente mundial, es que era un equipo fuerte, disciplinado, ordenado tácticamente, competitivo, pero, sobre todo, un conjunto poseedor de un fuerte espíritu colectivo por encima de las individualidades, lo cual atrajo completamente mi atención y me llevó a convertirme progresivamente en un fiel seguidor de su propuesta de juego.

A partir de ese momento mi vida cambió radicalmente. Dejé de lado la apatía, empecé a interesarme de manera más profunda por el fútbol y fui perdiendo la timidez e inseguridad al practicar este deporte; de hecho, comencé a llevarme mejor con mis compañeros de clase, ya que nos gustaba discutir sobre cuál era el mejor equipo del Mundial, a lo que yo siempre respondía, sin pensarlo dos veces, que Alemania se llevaría la copa gracias a su mentalidad ganadora y trabajo en equipo. Por lo tanto, seguí atentamente los partidos eliminatorios de Alemania contra las escuadras de Paraguay (octavos), Estados Unidos (cuartos) y Corea del Sur (semifinal). Posteriormente, llegó la gran final contra Brasil, para la que yo me encontraba prácticamente solo contra el mundo, pues las personas de mi círculo social sentían una fuerte empatía por Brasil y sus astros. Tras sufrir una dolorosa derrota frente a los brasileños, con dos anotaciones del “Fenómeno” Ronaldo, y ver derrumbarse a mi héroe Kahn bajo los tres palos, aumentó considerablemente mi conexión hacia aquel equipo, y desde entonces advertí a mis amistades que algún día Alemania ganaría su cuarta copa del mundo, que todos admirarían su juego colectivo y reconocerían su genialidad, aunque ellos no hicieron mucho caso a mis palabras y lo tomaron a broma.

Tiempo después, me tocó presenciar la Eurocopa 2004 efectuada en Portugal. Al plantel alemán se le agregaron nuevos elementos como Philipp Lahm, Bastian Schweinsteiger y Lukas Podolski, jóvenes promesas que quedaron grabadas inmediatamente en mi mente. Sin embargo, para mi desgracia, ese torneo fue un total fracaso para los alemanes, y su eliminación temprana me dejó con un amargo sabor de boca. Sentí una completa desilusión porque no lograron superar la fase de grupos al competir contra Holanda, República Checa y Letonia. Recuerdo que en aquél entonces estaba por finalizar la secundaria y mis compañeros no dejaban de echarme carilla por aquel suceso, supongo que era divertido molestar al único de la clase que creía en Alemania. Por suerte, siempre he sido muy terco y no cedí ante las opiniones negativas de mis colegas, por lo que continué apoyando a los alemanes sin importar las circunstancias. Lo rescatable de esta experiencia fue que esta trágica derrota significó el fin de la era de Rudi Völler, entrenador de la selección durante el periodo 2000-2004, y marcó el inició de uno de los procesos más sorprendentes y ambiciosos en el fútbol, una completa reestructuración de la selección alemana a través de la dirección de Jürgen Klinsmann y su sucesor, Joachim Löw.

Básicamente, esta evolución del fútbol alemán consistió en un despliegue de juego más ofensivo y atrevido, caracterizado por un fútbol total y vertical en el que los jugadores jóvenes cobraron un rol fundamental, sobre todo en comparación con aquella Alemania conservadora y rígida de antaño. Al mismo tiempo, yo cursaba la preparatoria y mejoré considerablemente mi forma de juego debido a las constantes retas que tuve con mis compañeros, y por ver los partidos de Alemania en el mundial 2006, los cuales me inyectaron una fuerte dosis de motivación y confianza en mí mismo. En los encuentros de la prepa, recuerdo que sacaba ventaja de mi velocidad y trataba de imitar el estilo de Lahm, jugando por la banda lateral; otras veces, emulaba a Ballack intentando cabecear o disparar a larga distancia. Aunque nunca me convertí en un crack con el balón, jamás volví a ser relegado por mis compañeros.

Por otro lado, vienen a mi mente los partidos de Alemania acontecidos entre los años 2006 y 2012. Quedé fascinado con esta nueva camada de jugadores (Kroos, Müller, Özil, Neuer, entre otros), cuyo fútbol, basado en la posesión del balón y en atacar el mayor tiempo posible prometía mucho, a pesar de las constantes críticas dirigidas a la vulnerabilidad defensiva del equipo, tal y como lo expresó en su momento el “Kaiser” Beckenbauer. En general, disfruté mucho las victorias contra Costa Rica, Ecuador y Argentina (Mundial 2006), Portugal (Euro 2008), Ghana, Inglaterra y Argentina (Mundial 2010), no paraba de presumirle a mis amigos lo bien que jugaban los alemanes y su extraordinaria contundencia. No obstante, también sufrí con mucha tristeza las derrotas contra Italia en las semifinales del mundial 2006 y en la Euro 2012; de forma similar, contra España en la Euro 2008 y en el Mundial 2010. Pese a no ganar ninguna de las competiciones anteriores, nunca dejé de creer en los alemanes, pues sabía que su fútbol era fantástico y que, tarde o temprano, su esfuerzo y tenacidad les permitiría conseguir el anhelado sueño de ser tetracampeones del mundo, así como yo logré abrirme paso en una cancha dominada por los habilidosos gracias a los mismos preceptos.

Después de 12 años de espera, Alemania volvió a disputar una final en la Copa Mundial Brasil 2014 contra el seleccionado de Argentina. Una vez más llegó la oportunidad para los Teutones de demostrarle al mundo entero que el fútbol es un deporte en que la disciplina, la perseverancia y el trabajo en equipo son claves para el éxito. Este partido decisivo significó para mí un reencuentro con el pasado y una contienda por defender un punto de vista muy personal ante los adversarios de la escuela. Al comienzo del juego sentí muchos nervios –a pesar de la aparente tranquilidad que me había otorgado el equipo tras los siete goles concretados frente a los brasileños–, pues los rápidos contragolpes de argentina eran casi letales. No obstante, Lahm, Özil, Müller, Schweinsteiger y los demás supieron guardar la calma, siempre buscaron hacerse de la pelota e intentaron causar daño a Argentina por las bandas laterales. Yo no podía estar sentado ante tal acontecimiento, caminaba de un lado a otro del cuarto y me comunicaba a distancia constantemente con mi novia, siempre temeroso de lo que podría suceder si caía alguna anotación por parte de Messi o Higuaín. En algunos momentos, sentía la desesperación de los alemanes y su impotencia por no poder adelantarse en el marcador. Nadie quería llegar a la tanda de penales contra una Albiceleste motivada.

El partido se tornó durísimo, aguerrido, con algunas jugadas polémicas –como el golpe que dejó fuera a Kramer, la embestida de Neuer sobre Higuaín y las constantes faltas sobre Scheweini–, pero extraordinario en cuanto a emotividad, sufrimiento e incertidumbre. Parecía que ese día sería imposible meterle gol a Argentina tras varios intentos fallidos de Höwedes, Schürrle, Müller y Klose. Sin embargo, los alemanes no se dieron por vencido y perseveraron sobre el área chica de los sudamericanos, mientras que yo seguía alentándolos enérgicamente y confiaba ciegamente en ellos. En el momento menos esperado cayó el gol, mediante una genialidad fortuita de André Schürrle, quien logró sorprender y burlar a la férrea defensa de los argentinos con un despliegue desde el costado izquierdo y, después, centró el esférico para Mario Götze, cuya recepción magistral se convirtió en un zurdazo cruzado que batió al portero Sergio Romero al minuto 112 . Yo no lo podía creer, el mundo tampoco, Alemania estaba a pocos instantes de alcanzar el tetracampeonato. Sentí mucha emoción, sujetaba mi cabeza mientras reía incrédulamente. Me preguntaba si después de tantos años vería coronarse a mi equipo, o si acaso era otra vil broma del destino. Por suerte, no hubo otra sorpresa, todo se concretó cuando Messi voló la última oportunidad de tiro libre y el árbitro dio por finalizado el encuentro.

Cuando Lahm alzó la copa del mundo junto a los demás jugadores, recordé los momentos más significativos de mi vida en compañía del balón, me sentí muy contento de que mi pasión e incondicional apoyo fueran recompensados con esta gran victoria. También agradecí cada una de las enseñanzas del equipo que me ayudaron a crecer como persona. Es evidente que este resultado refleja tanto el espíritu de los alemanes de ir siempre hacia adelante como su capacidad para trabajar, apoyarse y entretejer jugadas en conjunto. Gracias a ello, vuelvo a reafirmar mi postura entorno a que la unión y el trabajo constante en el fútbol se imponen ante el talento individual.

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