¿El fin del “juego bonito”?

Por Juan Pablo Zebadúa Carbonell

Pep Guardiola Champions League

Toda hegemonía tiene su fin, dicen los historiadores. Y qué bueno que así sea, porque de otra manera estaríamos ante un inevitable proceso donde, quizá, todo podría ser de la misma forma; todo sería exactamente como pensamos que serían las cosas. Las hegemonías sirven para situarnos en lo que no debemos de esperar que dure mil años. ¿Consuelo de tontos y desvalidos? No lo creo. De lo que sí tengo certeza es de que, a veces, si una hegemonía parte de la idea de que lucha contraculturalmente frente a un establishment y un orden dado, al permanecer en el tiempo se vuelve parte de lo que niega, y eso genera confort y pereza.

No creo que eso haya pasado con el Barcelona, aunque desde hace un poco más de un año se decreta el “fin de la era del Barcelona” cada vez que el equipo no emerge ganador de cualquier torneo donde participe. Se resalta el fin de esta generación que hizo posible al club más grande de toda la historia del fútbol. Y sobresale no porque, no sigan haciendo las cosas que les dieron realce y palmarés en este proceso ya casi secularizado de la oncena de Guardiola, sino porque, siendo un equipo de tal envergadura, perder es una palabra que no entra en el vocabulario de los catalanes. Aun así, se han perdido los últimos campeonatos de los que habitualmente estamos acostumbrados que sean parte del Barcelona. ¿Qué ha pasado? ¿Los días del futuro pasado ya llegaron? ¿O es ese fin del ciclo ya antes cantado, o de plano asistimos a un nuevo planteamiento del fútbol hipermoderno que saldrá victorioso a partir del próximo mundial?

Que nadie tenga duda de que al ser el gran equipo y, sobre todo, la gran estrategia a vencer a nivel mundial, el Barcelona se convirtió en referencia para los ajustes necesarios —y decididamente rápidos— que todos los equipos del orbe realizaron para anular todo vestigio del “juego bonito” que enarboló el Barça a lo largo de poco más de cinco años. El “Brasil de Europa” ha perdido brillo, y con ello se va una generación irrepetible que, quizá, nunca podremos ver en todo el espectáculo que genera el vencer y jugar bien; de tocar el balón sin menoscabo de la contundencia necesaria para ganar. Y ganar y ganar. Sólo eso.

Una historia en verdad muy original: ante la presencia de la biomecánica industrial de los físicos realizados en laboratorios para ganar potencia y fuerza en el fútbol de la FIFA, se privilegiaron los cuerpos atléticos y contundentes en fuerza física. Así, Cristiano Ronaldo e Zlatan Ibrahimović son de los dos jugadores más representativos de la generación cyborg del fútbol. Fuerza y contundencia era la consigna.

Pero frente a ello había otro proyecto: Josep Guardiola, un canterano del Barça, sin más curriculum que haber sido entrenador de las fuerzas básicas del club culé, y sin más aureola que su innato olfato para la estrategia y la consumación más eficaz del fútbol, que es el anteponer el “juego bonito” por encima de cualquier objetivo que estuviese sobre de la cancha. Se convirtió en el entrenador más ganador de todos los tiempos y creó al trabuco más contundente que jamás se había visto en los céspedes internacionales. De la mano de los “comandantes” más finos de la media cancha en los últimos años, Xavi e Iniesta, y de ese fenómeno incomparable llamado Lionel Messi, el Barça se convirtió en referencia, en un horizonte a alcanzar, primeramente; y a destruir a ultranza, poco después.

Ante la fuerza física estaba la destreza con el dribling y la mente sagaz que organiza el campo mucho antes de ser visualizado. Todo el Barça, en promedio, no medía más allá de los 1.75 centímetros, y el “juego bonito” desplegado rindió incluso a los más fanfarrones de este juego, y creó toda una escuela que quedará marcada para la posteridad. No obstante, todos los clubes ajustaron, y entre todos acabaron con aquel Barcelona inconmovible que siguió fiel a su terca tendencia de vanagloriar estéticamente este deporte hasta sus últimas consecuencias.

Esta temporada el Barça no se llevó ningún trofeo. Muchos de sus grandes jugadores pasarán a retiro y se desmantelará el mejor once de toda la historia de los clubes. No se vislumbra un cambio de timón en cuanto a estilo de juego, pero no son ellos quienes deben de pensarlo ni preocuparse. El Barça, simplemente, seguirá alimentando su propio mito hasta que llegue el relevo generacional y, con ello, la inmortalidad de esa época gloriosa que, tal vez, nunca se repita.

El fin del “juego bonito” está a la vista. Los últimos héroes del toque se están yendo y con ello la última de las etapas más vistosas de este fútbol que cada vez reniega de que lo principal debe ser la diversión y esa ceguera que debe incomunicar, hasta el fastidio, la visión utilitaria del triunfo a toda costa. Incluso a dispendio de matar el fútbol.

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