Dos versiones de León: tragicomedia de cómo perdí mi bufanda en el Nou Camp

Si el Camp Nou no viene a mí,
yo iré al Nou Camp.

Por Juan Carlos Cabrera Pons

El Cruz Azul lleva un paso en la actual Liga Mexicana como hacía años que no. Hoy, nadie dudaría en ponerlos como favoritos para llevarse el título. Sin embargo, a mí parecer, no lo lograrán. El Cruz Azul está maldito.

Como recordaran los lectores de estas líneas, la última vez que la “Maquina” se coronó campeona del fútbol mexicano fue en 1997. El mismo día en que levantaron el trofeo, ese mismo día pactaron con el destino para no volver a levantarlo. No me voy a detener aquí a relatar la historia de cómo los dos actores del suceso vendieron a los suyos para lograr un poco de fama. Me refiero a la reverenda patada que le propinó Comizo a Hermosillo. Ya en este blog se ha relatado antes esta historia. Lo que sí hay que dejar claro es que, o me equivoco, o ese día Comizo sacrificó el campeonato para ganar fama eterna, al mismo tiempo que Hermosillo, por ganar ese torneo, sacrificó el resto de las campañas de la escuadra capitalina.

Para un hombre como yo, que todo lo lee en claves de fútbol, esa sola historia hizo la decisión de mudarme a León, Guanjuato mucha más sencilla de lo que debió ser. Claro que quería vivir en la ciudad del equipo de Comizo, de “Tita” y, los dioses del fútbol me perdonarán la aliteración, de la “Tota”.

Además de eso, de León me atraía la famosa estrofa de José Alfredo Jiménez:

Bonito León, Guanajuato;
su feria con su jugada.
Allí se apuesta la vida
y se respeta al que gana.
Allí en mi León, Guanajuato,
la vida no vale nada.

El viaje místico que emprende José Alfredo desde la quinta urbe más grande de México hacia su terruño en Dolores Hidalgo a raíz de la muerte de su hermano fue siempre una de mis piezas poéticas favoritas. Me tomaría sólo unas semanas comprender la verdad precisa de los octosílabos del poeta. Es cierto que León, Guanajuato es una ciudad bonita, eso pocos se atreverán a dudarlo; es también cierto que aquí no vale nada la vida.

Un chiapaneco fuera de Chiapas siempre busca refugios. Un rincón en una cafetería que frecuentar muy a menudo, la banca de cierto parque en el que florecen las jacarandas, un bar con un viejo cantando boleros. Al menos que se haya acostumbrado más a la ciudad en la que vive que a la nostalgia del sureste, como varios compatriotas míos. No es tal mi caso. Por eso, desde que por primera vez vi que se elevaba sobre la López Mateos el cuerpo gris y verde del Estadio León, me pareció que ahí podría encontrar un buen refugio.

El ahora Estadio León, cuando albergó dos o tres juegos del mundial de 1986, solía llamarse Nou Camp. Una inversión jocosa del Camp Nou de Barcelona. Jocosa porque juega con el nombre del estadio más grande de España, y jocosa también porque en el catalán, lengua romance como la nuestra, los adjetivos suelen ubicarse después de los sustantivos. La primera vez que lo visité, vi al León perder contra el Pachuca 1-3. Peor aún, todos los goles ocurrieron en la portería del lado contrario al que me encontraba. Poco que festejar esa noche.

Pero fueron mis dos próximas visitas al recinto las que son objeto de este relato.

Juan Carlos Cabrera Pons vestido y alborotado para ver a la Fiera
Juan Carlos Cabrera Pons vestido y alborotado para ver a la Fiera

I

Contra Pumas. Otra derrota. Y una derrota de luto. Yo tenía una muy elegante bufanda negra con letras blancas que decían “León” y el escudo en verde y amarillo en cada uno de sus dos extremos. Ese día no me permitieron ingresar con ella al estadio. Sí, leyeron bien, no me permitieron meterla. Como vivo en el centro, me gusta caminar por Madero y Calzada de los Héroes desde mi cuarto hasta el estadio. Así que cuando el policía me dijo “no, no la puede meter; yo le sugiero que vaya a su auto, la deje ahí y luego regrese”, no pude sino mirarlo con la cara con la que se mira a quienes preguntaron “¿qué pasó entre Comizo y Hermosillo en el 97?”

La otra opción era un tanto lúgubre. Me señaló una bolsa de basura negra colgando de una reja y me dijo: “o la puede poner ahí, pero ya no me hago responsable”. Más tarde descubriría que no se hizo responsable. La dejé y entré, pues. Ya tenía el boleto, que costaba casi lo mismo, y no me daba tiempo de volver a casa y dejarla. No sé. Uno a veces toma decisiones así. Dentro comprobé que nadie llevara bufandas. Efectivamente, no me estaban transando; por alguna razón no permiten entrar con bufandas. En el estadio de Ciudad Universitaria me han quitado el cinturón. Un borracho me aventó piedras saliendo de la Corregidora. Aún así, nunca había oído que le prohibieran las bufandas a nadie.

Me salí de la derrota contra los Pumas unos minutos antes de que terminara el partido. Bajé las gradas y afuera me encontré con más gente recogiendo sus bufandas de la bolsa. La mía, sin embargo, ya no estaba. Todavía reclamé: “¿y por qué es que no nos dejan meter nuestras bufandas pues?” Un niño, que tampoco encontraba la suya, me respondió, riendo mientras su madre lo apuraba: “no vaya ser que matemos a alguien”. Me cayó bien el chamaco. Su lógica, llena de ironía, era mucho más coherente que la de las autoridades que permiten que un grupo de modelos en minifalda cargando publicidad recorran la cancha antes del partido mientras la gente les silba, pero que prohiben la entrada de bufandas y, es bien sabido, los objetos con los que cubrimos nuestro cuerpo no sólo lo esconden, sino que revelan identidades.

“Paga uno el boleto, carísimo; viene a ver al equipo perder; y además le roban su bufanda”, dije mientras me alejaba del lugar.

Más tarde, caminando por la misma ruta de regreso a casa. Mientras veía a los jóvenes ataviados entrar a los bares, descubrí las más ricas quesadillas que haya comido en León. Decidí hacer de ellas una parada obligada en mi ritual de ir al estadio. La noche terminó tomándome unas cervezas en un bar donde un viejo cantaba con su guitarra esos alejandrinos que dicen:

Voy a morirme solo,     sin molestar a nadie;
voy a morirme lejos,     cuando mi amor se acabe.
Escogeré del mundo    el peor de los caminos,
y le diré a la gente     que no nos conocimos.

Volví tranquilo a casa ya pasada la media noche. Se perdió el partido, sí; pero fue lindo ver a la gente cantarle a su equipo en la derrota. Se perdió mi bufanda, sí; pero, entre la señora de las quesadillas y el señor de la guitarra, sentía que había encontrado un refugio perfecto.

Medio tiempo en el Estadio León
Medio tiempo en el Estadio León

II

En una carta que se le atribuye a Dante Alighieri, enviada a su amigo Can Grande della Scala (que por cierto, para probar el fútbol está en todos lados, es quien aparece en el escudo del Chievo Verona montando un caballo), el poeta toscano explica que su obra (aún no publicada del todo) se ha de llamar Comedia, pues comienza con llantos y penas, en el Infierno, pero culmina con cánticos y alegrías, en el Paraíso. Este argumento nos permite ver que la cultura greco-latina apenas comenzaba a ser re-conocida en la Europa del siglo XIV. Efectivamente, a ningún autor griego le hubiera parecido acertada la definición de Dante, pero, a su favor, las obras de la antigüedad de Grecia y Roma apenas habían llegado a Occidente de manos de los árabes y muy apenas comenzaban a traducirse y darse a conocer.

Sin embargo, me permito usar la definición de Dante, amante de la Edad Media que soy, para afirmar que mi tercera visita al Nuevo Campo fue una “tragedia”. La noche comenzó, como recordarán ustedes, con el marcador contra Santos: 4-2. Los cuatro goles del primer tiempo tenían a la afición haciendo un ruido impresionante.

Antes de que inciara del partido, un señor sentado al lado de mí me contó una broma:

Va un hombre ya en su tercera edad al médico para que lo analice, pues le gustaría vivir más de 100 años. El médico lo revisa y le dice: “es sorprendente, usted es la persona más sana que jamás haya visto; si sigue así va a vivir más de 100 años. Pero dígame, ¿cómo le hace para estar tan bien de salud?” A lo que el hombre le respondió: “no bebo, no como porquerías, soy célibe, no fumo…” El doctor lo interrumpió consternado. Lo miró con seriedad y acabó por preguntarle: “Señor, ¿y entonces para qué quiere usted seguir viviendo?”

El señor me lo contó, nos reímos y me convido de su vaso de garbanzos. Eventualmente llegó su nieto por él y, como venía con otros familiares y ya no había más espacio donde estábamos sentados, se despidió cordialmente de mí y se alejó. Ah, sobre los garbanzos: en este estadio le venden a uno un vaso de a litro lleno de garbanzos. Yo también me sorprendí y, debo aceptarlo, me he comido el vaso entero alguna vez.

Para mayor fortuna mía, por más que me aguanté las ganas de orinar, durante el segundo tiempo tuve que ir a buscar los baños del inmueble. Justo mientras hacía lo mío, cayó el segundo gol del Santos. No lo vi, y es cierto que en el estadio uno no puede ver los partidos objetivamente y apreciando las buenas jugadas del rival. No, eso es moralmente incorrecto. Al estadio se va a vivir la subjetividad en comunión y en exceso. Así que fue un alivio no ver el gol de los rivales. Para mí, ése siempre fue un 4-1.

Dos veces había ido a ver al León y las dos veces los había visto perder. Por primera vez esa noche descubrí que, cuando se gana, el sonido del estadio pone “Caminos de Guanjuato”. Quienes me conocen sabrán la experiencia mística que viví cantando junto con las más de 25,000 personas que vimos el partido aquello de que no vale nada la vida. Pero ya les adelanté que este relato es una tragedia, y de ese Paraíso había de bajar al Infierno, como en la pesadilla que Dante jamás soñó.

Lleno de gozo, salí del estadio. Todavía me detuve a reponer mi bufanda (si bien me había prometido a mí mismo que no lo haría). Esta vez una verde con amarillo que tiene escrito en toda su extensión “aquí se apuesta la vida”.

Caminé por Calzada de los Héroes. Atravesé, alumbrado por las luces de la avenida, el puente en el que los leoneses cuelgan candados con sus iniciales. Cursilería ésta que sólo se ve superada por la excesivamente cursi arquitectura del Templo Expiatorio. Avancé por Madero hasta las quesadillas. Ahí estaba la señora. Había fila, pero hubiera esperado por sus quesadillas. Me acerqué, le di las buenas noches cortésmente. Me respondió: “uy, joven, ahora sí ya no tengo”. Entre “Caminos de Guanajuato” y la elección de la bufanda, se me había hecho demasiado tarde.

Regresé así a mi cuarto, con el corazón roto pese a la victoria de los nuestros. Comprendí nuevamente que en León, Guanajuato, la vida no vale nada.

Puente del Amor, León, Guanjuato
La Avenida del Río desde el Puente del Amor en León, Guanjuato
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