Una tarde de fútbol en la casa del Rayo Vallecano

Por Rully Mendoza Flores

El rayo se hizo presente y se volvió a ver la luz: contundente partido del Vallecano.

Rully-Puerta-de-Alcalá

Sábado 8 de febrero de 2014, 17:50 horas, Madrid, España. No fue una tarde fría como todas las de invierno en Vallecas. En la avenida Albufera y calle Payaso Fofó, se observaba un enorme número de personas transitar rumbo al campo de fútbol del Rayo Vallecano. Faltaban pocos minutos para que sonara el silbato y la gente corría en la búsqueda de vivir aquel encuentro de fútbol y algo más que eso: conseguir una victoria contra el Málaga CF, escalar un peldaño en la tabla y salir de la zona de descenso.

Fundado un 29 de mayo de 1924, el equipo vallecano presenta en su historia tres descensos a ligas inferiores, y tal parece que esta temporada ese fantasma puede regresar. Sin embargo, como es cantado el himno en las gradas:

El Rayo Vallecano siempre que juega
derrocha valentía, coraje y nobleza.
En todos los partidos da el corazón
y el pecho, ambicionando ser el mejor.
El triunfo de la mano nadie puede arrebatar,
al Rayo Vallecano cuando sale a golear.

Y es esa fuerza de la hinchada que canta, la que parece que da aliento al team vallecano.

Al entrar al Estadio me paré frente a mi butaca y observé con gran emoción el recinto que muestra una estructura cuadrada, tres tribunas y una barda prolongada y alta detrás de una portería, inexistente físicamente por no haber más espacio para otra, pero que también juega y suena con el eco de los cánticos vellecanos.

Hace tiempo Vallecas fue un barrio conocido, hasta antes de su anexión a tierras madrileñas, como obrero, contestatario y contracultural. Por ello los primeros partidos de balompié fueron parte de la Federación Obrera de Fútbol, hasta el inicio de la Guerra Civil Española (1936). Sin embargo, después de los conflictos sociales vividos por el golpe de Estado, la historia del Rayo continuó hasta llegar al año de 1996, cuando la UEFA cambió las normas de los estadios para Primera y Segunda División y, en 2011, la casa vallecana de fútbol se reconstruyó para suprimir las vallas que separaban el terreno de juego de las gradas, quedando en la actual capacidad para 14.708 espectadores.

El reloj marcaba las 18:02 horas, cuando el árbitro dio el silbatazo inicial de los primeros 45 minutos. La  hinchada local se hizo presente con los cánticos, aquellas banderas que ondean sobre el graderío y los tambores que hacen temblar el lugar.

Así comenzó una batalla más para el equipo de Paco Jémez, un grupo de jugadores que desde la primera parte impusieron su estilo de juego y superioridad ante un Málaga que parecía no estar en conexión. Transcurría el minuto 25 de la primera mitad, cuando apareció la magia de Falque, quien abrió el marcador y la esperanza de una victoria en casa. Posteriormente, el partido se dio en un ir y venir. El conjunto malagueño intentaba realizar algunas llegadas por los costados; sin embargo no logró acertar. Dos minutos después del primer tanto, el Rayo Vallecano volvió hacer que la afición de cantara: “¡sí se puede, sí se puede!” Y es que en el minuto 27, Arbilla, en un remate dentro del área grande, logró cruzar un disparo que terminó en el fondo de la red. Y justo en el minuto 45, el silbante marcó pena máxima a favor del Rayo; tal parecía que los dioses implorados respondían al llamado de la hinchada local. En esa jugada fue expulsado S. Sánchez, del Málaga, y el matador fue Larrivey, quien convirtió el 3-0.

Para el segundo tiempo, la lluvia se hizo presente. Sin embargo, la afición continuó con el apoyo al equipo local y, si me preguntan de la hinchada visitante, la verdad es que parecía no estar en el partido, pues la goleada hasta el primer tiempo los había dejado enmudecidos.

Fue así como dio inicio el segundo episodio. De nuevo las banderas y las porras se escuchaban por todo el estadio y más allá, en las afueras del inmueble. El partido volvía a ser del Rayo que, con un hombre de más, impuso su control del balón y, aunque el Málaga intentaba, los 11 locales se plantaron como aquél muro donde no hay tribuna que detiene los disparos más fuertes del rival.

Vallecas

Llegó el minuto 63 y Falque hizo resonar otra vez el estadio. Fue una de esas jugadas por el centro con un tiro raso en la que el arquero Willi nada pudo hacer. Con este marcador se cantaba la goleada del Rayo Vallecano como local. Después de tanto tiempo de no conseguirlo, era motivo de festejo y gritos en las gradas. Ese estadio tan pequeño vallecano, en este día, vivió uno de los mejor partidos de la temporada de la liga española. No cabe duda de que, como escuché en las gradas, “estos tíos ahora sí que se conectaron y se han hecho presentes.”

Todo parecía que terminaría con un cero en el tablero para el Málaga, pero este equipo realizó una jugada en el minuto 72 que culminó en gol. Lankovenko, en un pase de muerte, una jugada en la lateral derecha y un pase casi en diagonal a media altura, empujó el balón al fondo de la portería.in

Al final del partido, la afición no paró de cantar; parecía que el partido no había terminado. Luego del pitido final, el equipo vallecano hizo un saludo a mitad de cancha y aplaudió a su afición. Esta fue la experiencia vivida desde un simple aficionado que, con gusto comparte un partido del deporte amado en Vallecas, España.

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