El fantasma de la naturalización (o, ¿de dónde dices que salió este mexicano?)

Por Juan Carlos Cabrera Pons

First, we start from the assumpion that nations are to be understood as mental constructs, as ‘imagined political communities’. They are represented in the minds and memories of the nationalized subjects as sovereign and limited political units and can become very influential guiding ideas with sometimes tremendously serious and destructive consequences.

Rudolf de Cillia, Martin Reisigl y Ruth Wodak

PIQUE

Un fantasma recorre las calles del fútbol mexicano, es el fantasma de la naturalización extrema. “Naturalización extrema”, con este concepto podemos referirnos al miedo de que la liga mexicana de fútbol se llene de jugadores no mexicanos (y dejemos lo de “no mexicanos”, ni siquiera nacidos en México). Pero, ¿qué privilegio puede ser el nacer en México? Y, ¿qué atrae a futbolistas de otros países a nacionalizarse como mexicanos? En esta nota quisiera analizar los comentarios más frecuentes que se han escuchado últimamente con respecto a un cambio tan minúsculo como mayúsculo en el reglamento de los jugadores naturalizados.

Decio de María, director ejecutivo de la Primera División de México (ahora conocida como Liga Bancomer MX), es uno de los hombres que más daño le han hecho al bello deporte en nuestro país. Hace apenas unas semanas reveló la modificación de una regla con grandes repercusiones para el fútbol mexicano que ha sido raíz de innumerables e interminables discusiones. Una nueva norma comenzó a aplicarse para el presente torneo, según la cual, para que un jugador nacido en cualquier país que no sea el nuestro pueda jugar como mexicano, no necesitará más que su carta de naturalización.

En nuestro país existe una regla que determina que los equipos de la liga pueden contratar únicamente a cinco extranjeros. Sin embargo, antes de que comenzara a aplicarse el cambio previamente descrito, un jugador que ha realizado sus trámites legales para obtener la nacionalidad mexicana seguía considerándose extranjero hasta no haber jugado al menos diez torneos en el fútbol mexicano. Todo esto suena xenofóbico, y muy en el fondo lo es. El temor general es que futbolistas de mejor nivel sean contratados por equipos nacionales robando el empleo de los jugadores nacidos en México. Quizá no sean tan buenos –parecen argüir algunos–, pero sí son más mexicanos que quienes no nacieron aquí.

Se esté a favor o no de una norma de este estilo, no podemos negar que el asunto de la contratación de jugadores extranjeros por empresas (los equipos de fútbol profesional lo son) es un asunto que abre la puerta a varias discusiones. Primeramente, no debemos dar por sentado que el nacer en un país u otro nos hace esencialmente diferentes. Segundo, debemos siempre mirarnos en el espejo de los demás. ¿Qué puertas se le cerrarían a los jugadores mexicanos si los equipos de Europa, por ejemplo, pudieran contratar a no más de cinco extranjeros? ¿Tendría Javier Hernández el contrato que tiene en un equipo en el juegan extranjeros de la talla de van Persie, Fellaini, Valencia, Vidic o Evra? ¿Hubiera levantado Rafa Márquez, capitán de nuestra selección, la Champions que tanto bien le ha hecho a su carrera?

El problema general es que se entiende que la liga de fútbol profesional es una suerte de instrumento de la Selección Nacional. Con el fin de conseguir mejores jugadores para la selección, se crearon una serie de normas que, en teoría, daban más oportunidades a los jugadores mexicanos de desarrollar su carrera. El resultado debería verse reflejado en una mejor selección nacional. Y la liga era, de hecho, parte de la Selección Mexicana, pero los dos organismos se separaron cuando se formó la Liga MX (hoy Liga Bancomer MX), lo que permitió que la reglamentación sobre los jugadores extranjeros se hiciera más ambigua.

La primera reacción es el miedo de que nuestra liga se llene de extranjeros. Éste es un miedo que no tienen ligas como la italiana, la inglesa o la española. Recordemos al Inter de Milán en cuya base había un único jugador italiano, Mario Balotelli, y que terminó por conseguir el trofeo de la Champions League en 2010. De hecho, las más grandes ligas de Europa brillan con jugadores no nacidos en cada uno de esos paises. Aún más: los mexicanos solemos festejar y desear que nuestros jugadores participen en esas ligas.

Por supuesto que un equipo podría optar libremente por contratar únicamente a jugadores mexicanos. El Guadalajara lo ha hecho y ha basado su identidad en ello, aunque no ha tenido los mejores resultados en las últimas décadas. Sin embargo, el FC Barcelona, el Bayern München o el Ajax Amsterdam, por citar algunos ejemplos, han sido las bases de las exitosas selecciones de España, Alemania y Holanda en los últimos años, aunque en su respectivo once titular jueguen varios jugadores de otras nacionalidades. Claro que los equipos mexicanos podrían apostar por mejorar sus academias de jóvenes y contratar a jugadores de sus filiales menores para apoyar el desarrollo de los futbolistas mexicanos. Claro que podrían hacerlo sin una norma que los obligara a ello.

A favor de que haya más extranjeros en la liga se arguye que, entonces, para que los jugadores mexicanos lleguen a los equipos de primera división, deberán ser realmente buenos. Se cree que la competencia con extranjeros será beneficiosa; que los jugadores mexicanos, al ver su trabajo en riesgo, se esforzarán más por mantener un buen nivel. Por el contrario, lo que hemos visto es que los extranjeros que se contratan en nuestra liga suelen no tener éxito. Si bien un equipo no debería contratar a un jugador de mala calidad, esto ocurre porque el fútbol mexicano está controlado por una serie de promotores y patrocinadores que mueven a los jugadores de un equipo a otro. Sin embargo, esto ha sido beneficioso tanto para “petardos” nacionales como extranjeros. No son pocos los jugadores nacidos en México que no tienen las condiciones para jugar en equipo de primera división.

Por último, todas estas discusiones se ven reflejadas en la contratación de naturalizados en la selección nacional. Países como Alemania han creado selecciones con jugadores que participan de dobles nacionalidades. En México este asunto causa escozor. Muy probablemente porque, mientras que Mesut Özil, Lukas Podolski o Jérôme Boateng tienen familia alemana, Naelson Sinha o Rubens Sambueza, aparentemente, sólo quieren formar parte de la Selección Mexicana porque “no son los suficientemente buenos para jugar en la suya propia.” Habría que preguntarse, entonces, ¿qué significa representar a cierto país? ¿No juegan más a la mexicana los jugadores, aunque extranjeros, contratados por equipos de México que los jugadores mexicanos que entrenan con equipos europeos?

Quizá en el fondo, y con razón, no queremos que la selección nacional juegue de la manera en que juegan los equipos de la liga. Pero, ¿no parece que impedir la llegada de extranjeros terminará por repercutir en que los jugadores mexicanos jueguen en los equipos de Europa a los que tanto admiramos? Hemos sido testigos del retorno de varios de los nuestros a equipos mexicanos tras apenas unas temporadas en el fútbol de Europa. ¿No preferiríamos ver a los nuestros compitiendo por la Champions League que llenando los equipos nacionales?

Claro que todo esto podría profundizarse. No quisiera que esta nota declarara mi opinión acerca de la contratación o no de extranjeros. Lo único que pretendo es demostrar que tras este asunto hay una serie de consideraciones que debemos tomar en cuenta, algunas que más o menos he querido esbozar en estos párrafos. Lo que realmente ayudaría al fútbol profesional mexicano sería eliminar el sistema de promotores, la junta de dueños, los amistosos en suelo estdaounidense; invertir y confiar en los jugadores jóvenes, apoyar la salida de mexicanos a ligas europeas, no ver en los futbolistas un producto vendible y comprable, etc. Pero, ciertamente, lo que más dinero deja es el movimiento de jugadores de equipo a equipo y los proyectos a corto plazo.

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