Gigantismo en la selección mexicana de fútbol

por Juan Carlos Cabrera Pons

El fútbol es una forma de la amistad.

Juan Villoro

En el marco de la Feria del Libro de la Universidad Autónoma de Chiapas celebrada hace dos semanas, además de la máxima hermosamente expresada en el epígrafe, Juan Villoro comentó una serie de reflexiones sobre fútbol, sociedad, psicología y cosas por el estilo en una muy agradable conferencia. No quisiera detenerme en la variedad de tópicos y reflexiones del conferencista, pues mi objetivo es abordar uno en particular: el problema de las esperanzas que han puesto los aficionados de la selección mexicana de fútbol para clasificar al próximo mundial.

Empiezo con Villoro porque en la conferencia mencionada se comentó muy de pasada una reflexión que podría resumirse de esta manera: “El aficionado a la selección mexicana de fútbol vive de una esperanza irreal. Pese a la evidencia actual e histórica, considera que su equipo es uno grande, capaz de ganar torneos internacionales. El canto del Sí se puede es una muestra clara de esto. Cada cuatro años la afición se convence de que su selección puede llevarse el premio, estar entre los mejores, ganar el trofeo; y cada cuatro años la realidad demuestra lo contrario contundentemente.”

Ciertamente, México tiene uno de los peores récords en las competencias mundiales de la FIFA. Pese a participar en los mundiales de 1930, 1950, 1954 y 1958, no consiguió su primera victoria sino hasta 1962 (3-1 contra Checoslovaquia) y no consiguió pasar de la fase de grupos sino hasta 1970 en territorio local. Cosa que sólo volvió a conseguir hasta 1986, nuevamente en suelo mexicano. Faltó al certamen de 1990 por un fraude en torneos de selecciones menores (castigo severo, pero merecido). Y sólo en contadas ocasiones, reitero, apenas en contadas ocasiones y sobre todo a partir de 1994, ha disputado más de tres partidos. El equipo no cuenta en su historia con ningún jugador galardonado con la bota o el balón de oro y suele ser un digno representante de la CONCACAF, una de las federaciones de la FIFA con la peor calidad futbolística de la actualidad. Valgan éstos, aunque más números podrían citarse describiendo el fracaso de esta selección a nivel mundial.

Al finalizar la conferencia, sin embargo, las primeras preguntas y comentarios que se dirigieron hacia Villoro iban en este tenor: “La selección mexicana es un equipo grande. En tal mundial, por ejemplo, jugaban estos jugadores, en tal, estos otros. México tiene con qué ser uno de los mejores equipos del mundo.” Quedaba demostrada así para todos los asistentes la verdad en las palabras del conferencista: pese a la evidencia, el aficionado mexicano considera que su equipo tiene con qué ser uno entre los mejores. Que sí se puede. Creer en un equipo es cosa bella, sin embargo, mantener expectativas tan alejadas de la realidad suele resultar en fuertes decepciones.

Debo confesar que yo soy un renegado de la selección mexicana del fútbol. Apoyo siempre a su rival, sobre todo si se trata de un equipo centroamericano. Estoy a un paso de prenderle velas al Niño de las Suertes en la catedral de San Cristóbal para que el equipo no consiga, pese a las artimañas de la FMF, la clasificación al Mundial de Brasil 2014. Afortunadamente para mí, quizá no sea necesario recurrir a ninguna cábala para que se cumplan mis deseos.

A todos nos resulta muy frecuente escuchar opiniones como: “México se crece contra los grandes”, “México no juega a su nivel real” o la increíblemente poética “jugamos como nunca, perdimos como siempre”. Todas estas aparentes contradicciones se resuelven con un postulado sencillo y letal: México juega al nivel que juega y, nos duela o no, no puede jugar ni mejor ni peor. Las opiniones de la grandeza de la selección mexicana se sostienen en que algunos de sus jugadores son miembros de clubes europeos o han obtenido trofeos en otro tipo de certámenes. El aficionado que así opina en este país frecuentemente olvida que lo mismo podría decirse de varias escuadras centroamericanas o africanas, incluso con mayor posibilidades de defender a estos equipos a los que, sin embargo e invariablemente, el mexicano considera peores que el suyo.

Pero los pocos logros de un equipo y la pesadez de su afición son poco argumento para no apoyarlo y, menos aún, para ser su detractor. Lo que realmente enfada del gigantismo de la selección mexicana de fútbol es el discurso principalmente mediático con el que se pretenden construir (a veces con bastante éxito) fantasmas tangibles alrededor de algo tan vital como la práctica social y cultural del fútbol. A nadie deberían asombrar ya las convocatorios auspiciadas por un enorme aparato de patrocinadores y promotores, las campañas para desacreditar a todos y cada uno de sus directores técnicos (pese a que algunos, como Ricardo Lavolpe y Javier Aguirre consiguieron resultados sorprendentes con el material con el que disponían), los partidos amistosos jugados en estadios de los Estados Unidos, el mito centralista del Estadio Azteca (qué pasada nos resulta en este país esa palabra: azteca), y etcétera, etcétera, etcétera.

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