Una noche en el Nuevo Gasómetro: Mi asistencia al San Lorenzo – River

por Juan Carlos Cabrera Pons

Jorge Bergoglio, papa Francisco, ostenta el banderín del Club Atlético San Lorenzo de Almagro

Socio honorario desde 2008 e hincha desde niño, el recientemente elegido papa, Francisco, es quizá el más famoso aficionado del “Ciclón” de Boedo, el San Lorenzo de Almagro. Este club, que juega de local en el “Nuevo Gasómetro”, el Estadio Pedro Bidegain, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, es uno de los llamados cinco grandes del fútbol argentino (a saber: Club Atlético Boca Juniors, Club Atlético Independiente, Racing Club, Club Atlético River Plate y Club Altético San Lorenzo de Almagro). Esta denominación comenzó a utilizarse cuando, ya creada la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), los clubes más populares insistieron en tener una mayor presencia en la toma de decisiones. Los cinco grandes se eligieron por su mayor número de socios, campeonatos conseguidos y participación consecutiva en los torneos oficiales.

Esta larga y poco elocuente introducción es para presentar el motivo del relato que quiero contarles. Se trata de mi asistencia al San Lorenzo – River el domingo pasado, juego que formó parte de la 5a jornada de la temporada inicial 2013. En Argentina, como en México, la gente de más dinero y menos corazón ha decidido jugar dos torneos al año. Un campeonato cada seis meses es cosa que se decide rápido y para la que no se exige la constancia de las grandes ligas europeas. Sin embargo, es el formato que más deja dinero a quienes menos lo necesitan. En fin, yo quisiera centrar esta historia en cosas más bellas: en la singularidad individual del juego, en la experiencia vivida del momento y en el compañerismo de la cancha.

Llegué a la sede del club sobre Avenida de Mayo en el centro de Buenos Aires. Una puerta pequeña entre el elevado –en altura y en arte– art noveau con el que los edificios porteños enamoran a sus visitantes. Al lado, un aparador en el que sobresale la imagen de Jorge Mario Bergoglio con un jersey del San Lorenzo con su nombre papal inscrito. Se dice que, de joven, el actual dirigente del iglesia católica se escapaba del seminario para asistir a los partidos de su amado equipo, cambiando momentáneamente el Te Deum por el Soy de Boedo. Formé parte de una breve fila. Una porteña joven y guapa se presenta como socia y elige el lugar de su preferencia. Yo, como no-socio, o visitante, que es el término que utilizan para quienes nos vemos condenados a una zona específica del estadio.

Pido dos boletos. Germán, que forma parte de los cinco grandes mexicanos en Buenos Aires, y que me recibió durante mi estancia en Argentina, hincha del River y americanista (no se puede ser perfecto), me acompaña. Al partido intentamos ir en autobús, no conociendo muy bien la ruta. El estadio del San Lorenzo ha tiempo que dejó los barrios de Almagro y Boedo. Tras la venta del original Gasómetro de Boedo en 1981, el equipo había descendido a segunda división y jugaba de local en los campos de algunos de los equipos de Buenos Aires. Con todo, ostentan el récord de mayor número de asistentes al Monumental para un partido de segunda división (más de 74,000 personas el 13 de marzo de 1982 contra Tigre). Con el apoyo de los fanáticos, que cada partido de local pagaban un bono extra, se construyó el Nuevo Gasómetro en la zona conocida como Bajo Flores.

El Nuevo Gasómetro en construcción

Una vez dejado el bus y tomado el taxi, apurados y un tanto perdidos en una zona de la ciudad que los extranjeros poco frecuentan, llegamos al gigantesco complejo deportivo del San Lorenzo, lugar donde se encuentran las instalaciones de todas sus divisiones deportivas, acorraladas por tres grandes avenidas y rodeadas de “villas”. Por “villas”, los argentinos se refieren a las “villas miseria”. Bajo este mote se denomina a una serie de asentamientos informales formados por hogares precarios. El bajo mundo porteño, pues. Mucho nos advirtieron en el centro de la ciudad que tuviéramos cuidado, pues existe un temor hacia estos sitios por parte de las personas con el capital económico para no verse forzadas en habitarlos. Otro taxista nos recordaría: “pero saben que el Chaco, el que jugaba en Boca, era villero de niño”. Se refería, por supuesto, a Christián Giménez.

Los aficionados al fútbol argentino cuidan de sus ídolos. Saben en qué parte del mundo se encuentran, para qué equipo juegan, qué día, quién los pretende. Un vendedor en la Boca me dijo: “ha, ¿sos de Chiapas? Ahí a Jaguares acaba de llegar un chico de acá”. En fin. Junto a la villa comemos la obligada bondiola y recorremos el complejo deportivo hasta el estadio de fútbol. Se comienzan a escuchar ya los cantos de la barra, que van aumentando conforme se llena, hasta el tope, la cabecera de los locales. La de los visitantes, lamentablemente, permanece vacía. Sigue en pie una regla que impide a las barras visitantes la entrada a los estadios, a cualquier estadio del país. Ahora bien, un estadio lleno de locales no deja de ser un espectáculo imponente.

Pasaré ahora a hablar de las diferencias específicas entre la experiencia del estadio en México y el Nuevo Gasómetro, para no generalizar –si bien me parece que no ocurre de diferente modo en el resto de los estadios argentinos. El juego es igualmente errático, si bien más rápido, con más garra, para usar un argot muy del fútbol sudamericano. En las tribunas no se venden cerveza y cacahuates, sino café y chocolates, lo que me pareció a la vez una terrible y una grandísima idea. La barra, gigantesca, numerosísima, no deja de cantar, ni un minuto. Mientras se anunciaba la alineación del River Plate, todo el público se les une, de manera que no puedan escucharse los nombres de los rivales. A los locales se les aplaude.

Uno llega con el prejuicio de la agresividad del aficionado argentino, sin embargo, la gente está atenta al juego, nadie se mete con nadie. El público se compone sobre todo de padres e hijos, amigos, o aficionados solitarios. Hay que levantarse cada que el balón cruza la media cancha del oponente, y silbar cuando atraviesa la propia. Acostumbrado a las distracciones del Zoque, del de CU, de la Corregidora, me sorprendió la atención que se le presta allá a los sucesos de la cancha. Nadie se pierde un segundo, nadie va por obligación, por acompañar, por pasar la noche. Mujeres, niños, viejos hinchas de cepa milenaria, todos comprenden y celebran la importancia del instante repentino y trascendente del juego.

Cabrera Pons porta su bufando del San Lorenzo de Almagro

El partido es truncado al comienzo. Un cambio inteligente de los locales a mitad del primer tiempo les otorga el dominio del balón. Ya casi no se ve al River Plate; pero tampoco logran anotar los de Boedo. En el segundo tiempo se marca un penalti. Lo cobrará Buffarini, un lateral por la derecha que ya se había convertido en mi jugador favorito. Rápido, inteligente, de buen pase, siempre con espacio libre. A la Zanetti, dirían algunos. Si algo he aprendido al visitar estadios, es que en el estadio uno no es objetivo. Ser objetivo es arruinar la experiencia, es el equivalente a ser uno de esos turistas que ven el sitio visitado a través de la cámara fotográfica, olvidándose de vivir el paso del tiempo y la impresión de la distancia. Así que grité de dolor junto con todo el público cuando el amado “Buffa” arrojó el balón al costado, lento y quedito, fácil para el portero, y nos volvió a todos a nuestros asientos. Y, asimismo, volví a gritar de regocijo cuando el árbitro exigió que se repitiera el disparo, si bien no me quedó claro el por qué.

Pocos goles he celebrado con el ímpetu con el que celebré aquél. “Oé, oé, oé, oé, Buffa, Buffa”, gritábamos, y “Buffa, no te vayas nunca”. Las gradas temblaban con los saltos. La barra repetía el “quiero ser campeón, soy de Boedo”. Otros cambios acomodaron al equipo para resistir el resto del partido a la defensa. Una escuadra muy bien parada que no dejó tirar a los Millonarios y que, para gusto de sus hinchas y los dos mexicanos colados, logró la victoria.

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