“¡Nos robaron!” o de la búsqueda de la certeza en la repetición

Por Josué Hernández

-¡Nos robaron! En la repetición se vio claramente una mano.

Abdulio gritaba con vehemencia en medio del bar mientras agitaba su quinta cerveza. Apenas terminaba el partido que habíamos ido a ver y él no dejaba de lamentar la derrota; después de algo más de alcohol ya dirigía imprecaciones contra el árbitro, contra los aficionados y los jugadores del equipo contrario.

La repetición: ese logro tan útil para el placer de ver una y otra vez una jugada o una falta espectacular, sin mencionar el gol.

Cuando Abdulio argumentaba a favor de su equipo, basado en lo que vio en la repetición, también mi mente, algo obnubilada por el alcohol, me hizo volver al debate acerca de la utilización de cámaras en los partidos de fútbol. Decidí callar sin fingir las cavilaciones que me ocupaban en ese momento. Recordé a los comentaristas discutiendo airadamente los errores o aciertos del árbitro en alguna jugada que habían vuelto a ver, los juicios inexorables basados en la precisión tecnológica con la que se mide el fuera de juego, el contacto entre los jugadores que devenía en una voltereta histriónica para buscar que se marcara a su favor.

¿Qué pasaría si, de hecho, se introdujeran cámaras en el curso del partido? No tuve una respuesta demasiado clara en ese momento, aun ahora no la tengo, pero decidí que no era buena idea dejar que en el fútbol se introdujera esta tecnología; al menos durante el desarrollo de cada partido.

Me parece que sabemos cuánta psicología hay inserta en el deporte; eso, por principio de cuentas, se vería trastocado cuando ante una jugada el árbitro central tuviese que esperar a que el cuarto árbitro confirmara su decisión o la discutieran, además de que cada cuerpo técnico pediría ser testigo de dicha repetición. Los comentaristas no podrían gritar, el árbitro, ciertamente, se salvaría de verse rodeado por jugadores que reclaman aun sabiendo que la marcación es definitiva, y los jugadores podrían aceptar en una radicalización del fair play o, por el contrario, ignorarlo completamente cuando exista alguna falta descarada del contrario y lanzársele con la convicción y la evidencia de que la razón o los argumentos los acompañan.

En realidad es difícil decir cuáles podrían ser todas las reacciones que provocaría la utilización de la repetición durante el desarrollo del partido. No sólo se trata de afectar la dinámica del juego; según creo, es una forma de faltar a la propia belleza del fútbol, que consiste precisamente en su aleatoriedad, en lo imprevisible y en la incertidumbre (basta recordar que no todos los espectadores, aunque sí una significativa minoría, observan los partidos en vivo) que genera una supuesta falta.

Aunque en ocasiones una decisión equivocada del árbitro puede ser determinante en el resultado de un juego, soy de la opinión de que una victoria contundente, aún por un error arbitral, no resulta de dicha equivocación, sino del estilo de juego que se desarrolla. Incluso si nos ponemos más psicológicos, el tener la repetición en la casa y en la posteridad es una manera de dar la razón en esas decisiones que juzgamos como determinantes a quienes vociferan contra ellas y les adjudican la responsabilidad de la derrota, permitiendo que los malos ánimos se disuelvan un poco en el tiempo, que se eviten rencillas basadas en la validez de percepciones sobre si fue o no falta y dejar que las emociones sigan oscilando entre los nervios, la tristeza, la angustia, la alegría.

No es tampoco el remedio para evitar disputas. Éstas las hay por diversas circunstancias. Creo que ni siquiera podría utilizar este argumento como parte central de lo que aquí digo para argüir en favor de que no se introduzcan la repetición.

-¿O tú qué piensas?- Me preguntó Abdulio.

-Sí, fue mano, tienes razón.

Hizo un gesto de concordancia conmigo y mantuvo la desaprobación con la que había estado hablando mientras estiraba su brazo para brindar con todos los de la mesa.

Al menos, me parece que si odiamos al árbitro por no ser capaz de ver la pulgada que separa la cabeza de un delantero de la de un defensa en un fuera de juego, estaríamos siendo demasiado ingenuos, necios o malos perdedores. La repetición, por ese lado, nos pervierte demasiado en un afán de omnisapiencia.

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