El fútbol está secuestrado

Por Josué Hernández

-Me gusta el fútbol pero no lo encuentro defendible. Digo esto porque me parece  también que, las razones para atacarlo obedecen a algo que está fuera del deporte.

El auditorio murmuró y asintió en señal de aprobación a lo que dije. Yo me perdí un poco en mis cavilaciones mientras cubría mi boca con el índice derecho y miraba hacia un espacio indefinido. Unos días antes un amigo me convenció de asistir a una reunión realizada sin mucho presupuesto para intercambiar puntos de vista acerca del fútbol. Me dijo que una de las condiciones era dejar cualquier afición “en la puerta”. El tono motivacional me hizo dudar un poco pero terminé aceptando.

Cuando llegué todo parecía dispuesto de manera que daba la impresión de ser una sesión de autoayuda y varios pensamientos cruzaron por mi cabeza: había sido engañado para participar en una intervención contra mi alcoholismo. Finalmente, resultó que me equivocaba, aunque sí me tocó hablar primero.

-Escribo usualmente algunos reportajes. Me dedico a viajar a algunos lugares con el presupuesto que me asignan. Me gusta el fútbol…

Después de guardar un silencio ininterrumpido levanté la mirada hacia las demás personas y observé que nadie me miraba. Cada uno había agachado la cabeza como considerando lo que había dicho. De repente uno rompió ese mutismo diciendo: “¿recuerdan Brasil?”. El auditorio seguía sin mirarse entre sí pero atendiendo a las palabras que se lanzaron.

Nadie más se atrevió a decir algo sobre el tema; un “sí” se dibujó como una estela vaga que terminó perdiéndose, pero, en lo que callábamos parecía decirse más. Unas palabras que flotaban sin forma definida pero que, en principio, podían leerse a partir de la dificultad que entrañaba hablar sobre el tema. Sabíamos que comenzar a decir algo era despertar el lado político del asunto, tratar de rescatar el lado deportivo pero terminar haciéndolo ceder ante la perspectiva sociológica, económica, fanática del asunto. Quizá por eso es más sencillo hablar del fútbol con ofensas cuando son materializadas en el otro equipo, pero entonces la antropología nos hablaría de una serie de determinaciones culturales que hacen aparecer la identidad de los aficionados, y de cómo ésta se funde con la pasión por un equipo y las cosas se tornarían personales.

Tampoco sería posible tratar de defender el ir a un estadio, el ver un partido en la televisión, cuando la situación política que lo rodea es tan difícil y los lugares comunes, “cortinas de humo”, aparecen con frecuencia. No sabría cómo defenderlo si no es gustando del deporte. Saber que las imprecaciones son válidas y seguir gustando del fútbol. En este caso siempre hay más preguntas que respuestas.

Alguien cambió de tema para recordar “la guerra del fútbol”, entre El Salvador y Honduras, y de pronto fue como hablar del clima tan cambiante que estábamos viviendo. Nos despedimos y decidí que volvería alguna otra vez, cuando no necesitase responder algo ni crearme alguna certeza sobre cómo el fútbol sigue valiendo la pena.

Después de caminar bajo una noche lluviosa, Alexandra A. Rodalión me dio a conocer una noticia sobre un árbitro que había sido linchado después de expulsar a un jugador en un partido en una comunidad rural de Brasil. Otras preguntas me asaltaron entonces: ¿es el fútbol un medio para la violencia y no su origen? ¿Elegir una profesión, elegir juzgar desde ella, no es también una elección de violencia? El fútbol entonces está secuestrado y es un chivo expiatorio sobre el cual cualquier fanatismo que guste o deteste ese deporte puede dirigir sus imprecaciones.

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