Algunas consideraciones sobre el fútbol como producción y consumo cultural

Por Juan Carlos Cabrera Pons

Un vacío asombroso: la historia oficial ignora al fútbol, los textos de historia contemporánea no lo mencionan, ni de paso, en países donde el fútbol ha sido y sigue siendo un signo primordial de identidad colectiva juego luego soy: el estilo de juego es un modo de ser, que revela el perfil propio de cada comunidad y afirma su derecho a la diferencia.
Eduardo Galeano

Al acercarnos al fenómeno del fútbol en una época como la nuestra, resulta apropiado hablar más bien de los fútboles que del fútbol. En mundo el mundo actual, tan propenso a procesos de globalización e internacionalización que, sin embargo, no logran homogeneizar las prácticas culturales de los seres humanos, debemos mantener una mirada abierta hacia interpretaciones particulares de los fenómenos sociales. El deporte, entendido como una práctica cultural significante, guarda una serie de implicaciones particulares para quienes participan de él desde cualquiera de sus múltiples facetas. Facetas que fluctúan dinámicamente desde el ejercicio profesional de determinada forma deportiva hasta la afición pasiva por un cierto deportista o grupo de deportistas.

Esto puede verse claramente en el caso del fútbol asociación, el deporte que quizá más se ha mundializado en las últimas décadas. Desde el mundial de 1958, el primero en ser transmitido por televisión, nuestro deporte ha ido atravesando por un proceso creciente de globalización. El gran alcance que ha tenido la práctica futbolística, sin embargo, no ha hecho que a lo largo y ancho del globo se lleve a cabo una particular manera de entender su funcionamiento. Muy al contrario, es palpable una amplia diversidad de significados tanto concretos como simbólicos que giran alrededor del fútbol. Como bien ha afirmado Giménez (2009, pp. 279-294), aún en una época tan massmediática como la nuestra, difícilmente podríamos hablar de identidades globales en cualquier ámbito de la cultura.

Además de hablar de fútboles, pues, resulta necesario comprender que éstos no se limitan a quienes practican directamente este deporte, sino que incluyen a quienes producen y consumen a partir de él: desde el grupo de niños que se reúnen en la calle de su barrio para patear una botella de plástico (yo mismo en mis años mozos disfruté de esta interpretación porosa del reglamento) hasta quienes firman contratos millonarios en los clubes más ricos de las más grandes ligas europeas; desde el aficionado que entra al café un domingo por la tarde y se entretiene con el juego que se transmite en la televisión hasta el hincha que viaja varios miles de quilómetros para ver jugar a su equipo en el campo de alguno de sus rivales; pero también publicistas y empresarios, tanto dueños de las compañías que aparecen en los espectaculares de los estadios como vendedores de bocadillos caminando entre las gradas. Todos ellos participan en manera desigual de un continuum de prácticas que no dejan de comprenderse como parte del vasto universo del fútbol.

Esta perspectiva nos permite aproximarnos al fenómeno del fútbol desde su faceta de espectáculo y a partir de su función como producción y consumo cultural. Puesto que el fútbol está también en sus espectadores, quienes responden a una cierta oferta de manera activa, esto les permite crear significados e interpretaciones pertinentes que afectan en menor o mayor grado los diferentes aspectos de la práctica deportiva. Estas consideraciones son importantes, pues, como se mencionó antes, el fútbol ha adquirido un alcance mundial que ha hecho, por ejemplo, de la Fédération Internationale de Football Association (FIFA) un organismo que afilia 17 más países que la Organización de las Naciones Unidas (ONU). ¿Qué es lo que atrae a un público tan global y heterogéneo a la plural experiencia del fútbol en nuestra sociedad? Varios aspectos, sin lugar a duda, y uno de toral importancia es quizá la posibilidad de construcción identitaria a partir del seguimiento de un club en particular.

La identidad es “un fenómeno que surge de la dialéctica entre el individuo y la sociedad” (Berger y Luckman, 1988, p. 240). Se construye tanto por los rasgos que caracterizan a los miembros de una comunidad ante los de otra, como por la conciencia de cada individuo de ser uno mismo y, por lo tanto, diferente a los demás. La identidad se forma, por consiguiente, tanto por el sentido de pertenencia, como por el de oposición. Como categoría de análisis, en palabras de Solórzano-Thompson y Rivera-Garza (2009, p. 140), “invita al análisis de la producción de subjetividades tanto colectivas como individuales que emergen, o pueden ser percibidas, en los ámbitos de las prácticas cotidianas de lo social y la experiencia material de los cuerpos.”

El aficionado a un club deportivo responde, en su ser aficionado, a ciertas dinámicas complejas del particular entorno sociocultural en el que se forma su afición, y que resultan en la construcción de una identidad que lo emparenta con miembros de un grupo abstracto formado por los aficionados al mismo club. Esta construcción ocurre en tanto en un nivel individual, que incluye las experiencias particulares de vida del aficionado, como en un nivel colectivo, que comercialmente se ve reflejado en la adquisición de productos (prendas de vestir, artículos de decoración, utensilios para desarrollar diversas actividades) en los que se han grabado los símbolos del club. En un determinado contexto espacio-temporal, como lo es de asistir a un estadio para observar un juego de fútbol, los significados concretos y simbólicos de la afición se reúnen en la producción de prácticas culturales significantes que guardan una íntima relación con la experiencia del cuerpo. Me refiero a porras, cánticos, coreografías y otros modos de expresar afiliación y oposición entre los espectadores.

Para Goffman (1981), desde que nos levantamos en la mañana y durante el resto de nuestro día, los seres humanos nos ponemos una máscara que se transforma de acuerdo a las circunstancias en las que nos encontremos. La vida social es el escenario de un teatro del que todos somos actores. Nuestro rol es el de crear una imagen convincente para quienes nos rodean. El ser uno mismo, para el teórico canadiense, está conformado por la cantidad de máscaras y la manera en que las utilizamos en el conjunto de circunstancias particulares en las que interactuamos.

El carnaval es una situación particular del escenario del mundo en el que se ponen en juego las construcciones de imagen de la cotidianidad. La etimología carne levare (abandonar la carne) responde a la máxima según la cual durante el carnaval todo está permitido. Goffman argüiría, y con razón, que la dejadez del carnaval no implica el dejar de actuar, sino el actuar con una máscara diferente a la regular. El carnaval bien puede permitirnos, si bien no dejar de actuar, hacerlo de una manera que responde a deseos que no pueden satisfacerse durante la mayor parte de nuestra existencia. Un rol que reta a gran escala la buena conciencia de la moral de la vida en sociedad.

La asistencia a los estadios para formar parte del espectáculo del fútbol funciona de una manera similar. El estadio de fútbol es una olla en la que se cocinan simultáneamente una gran variedad de implicaciones de la experiencia en conjunto. Ciertamente, y al igual que cualquier otra manera de experimentar la cultura en grupo, la comunión del espectáculo futbolístico es una forma de escape. En el estadio, el aficionado puede dejar de ser un ciudadano promedio con problemas y soluciones cotidianos; puede quitarse por unas horas la máscara de su oficio y sus roles en la sociedad. El insulto, el grito, la desfachatez y el contacto con los cuerpos dejan de ser tabúes para convertirse en actos permisibles y hasta obligatorios.

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Referencias

Berger, P. L. y Luckman, T. (1988). La construcción social de la realidad. Buenos Aires: Amorrortu.

Giménez, G. (2009). Identidades sociales. Buenos Aires: UDQ.

Goffman, E. (1981). La presentación de la persona en la vida cotidiana. Buenos Aires: Amorrortu.

Solórzano-Thompson, N. y Rivera-Garza, C. (2009). Identidad. En Szurmuk, M. y McKee Irwin, R. (coords.). Diccionario de Estudios Culturales Latinoamericanos (pp. 140-146). México: Siglo XXI.

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