Quien no ha nacido para ver fútbol

por Josué Hernández

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Una duda ha rondado mi mente en estos días después de haber leído la carta anónima que llegó a la redacción de The Cambridge Rules, y recordar, a su vez, aquella otra Carta de una mujer a la que no le gusta el fútbol: ¿cómo puede alguien que no entiende de este deporte gustar de él? No es un pensamiento casual, ya varias veces he tenido esta sensación al querer apreciar otras competencias de las que no conozco su manera de operar.

Las anteriores olimpiadas de 2012 en Londres me gustaron, principalmente por haber visto a Eric Idle y a The Who. Pero por una obcecada costumbre de televisión o una curiosidad que nunca alcancé a entender, solía ver la transmisión de los clavados. Jamás he entendido completamente de qué trata, cómo se califica, cuáles son los criterios para evaluar la calidad del clavado, pero elaborar interpretaciones sobre ellos resultaba entretenido. Cuando nos reuníamos con algunos amigos, pensamos en qué podríamos juzgar: el porte del clavadista mientras se acerca a la orilla, la profundidad de su mirada hacia el vacío, en clara concentración y la dramatización de su acto, para orgullo de Erving Goffman.

Esta labor no era sólo una manera de divertirnos o de platicar, sino de omitir, también, los comentarios de los locutores en la televisión, que daban por hecho el conocimiento de los espectadores sobre la competencia de clavados. Ahí se tejía una distancia difícil de salvar y que se acrecentaba sin el recurso metalingüístico que omitían en la transmisión. Este alejamiento era también un alejamiento de la intuición, de la curiosidad por indagar de qué demonios se estaba hablando. Pero hay algo que se escapa a cualquiera de esos intentos de racionalización.

En el caso que he descrito, es entre el salto y la interacción con el agua. Ese instante en el que no cabe la misma cantidad de palabras para describirlo y que se desvanece en la repetición. Aquí me permito recordar a Grotowsky cuando habla del teatro: “pero eso que ustedes ven, lo primero que ven, es el movimiento, entonces el movimiento no es el material de nuestro trabajo –sólo cuando el movimiento se transforma en una acción “se transforma”; esto es, en ese momento la acción no sólo “es movimiento”. “¿Qué precede a esa acción?”, se pregunta Grotowsky, y fácilmente podemos pensar lo mismo de los clavados y del fútbol.

Creo que, erróneamente, se ha querido ver (tal vez por una mediación autoritaria de la televisión y de un sistema muy extendido de expectativas que tienen éxito o fracaso) que el instante de la experiencia estética es el gol. Ya uno de los eminentes doxólogos de Efigenio E. Bacardi, Lazaro Aramís de Troyes, había dicho que Messi sabía que el gol está antes del mismo […], por eso es que construir la noción de un fútbol ideal alrededor del gol sólo crea un distanciamiento entre los espectadores existentes y los posibles.

Alguna vez un antiguo profesor había dicho que, quizá para quien no entiende el fútbol, el cero-cero representaba un mal partido, o que descripciones como “se movió al espacio”, que implica moverse sin el balón, lo llevarían a decir: “bueno, y ¿por qué el idiota se movió sin el balón?”. En este punto, también me pregunto si no es acaso que nuestra conceptualización del deporte o, nuevamente, esa idealización equivocada del fútbol, está sustituyendo cualquier posibilidad de la experiencia inmediata. Por momentos sería interesante pensar que Hans-Robert Jauss sigue vivo, y que es un apasionado seguidor del fútbol que nos da una pequeña aproximación a la aesthesis de las acciones en cada partido.

Sigo preguntándome, por eso, ¿cómo se puede gustar del fútbol sin entenderlo? Creo que es muy ilustrativo el momento de felicidad que menciona Claudia Morales con el gol de Jared Borgetti en el mundial de 2002 porque, al menos a mí, me parece claro que la felicidad no es el gol en sí, como no es noticia decir “Jared Borgetti mete un gol” así, a secas. Ni siquiera me atrevería a hablar de expectativas, porque esto no me parece más que un simulacro. Considero que hay, en cambio, una mística que subyace ahí, oculta, como motivación; es algo que religa y que da sentido en forma de posibilidades, no de hechos. Fontanarrosa recuerda de la película Match en el infierno: “Jo agarró la pelota, la tiró para arriba, la durmió en el empeine cuando caía y dijo: ‘el fútbol es sagrado’”; esto es, más o menos lo mismo que dice la carta anónima a la que me referí al principio.

A mí sólo se me ocurre el silencio divino en el deporte, el mismo silencio de Zimmerman entre sus comentarios cuando Helmut Rahn consagraba “el Milagro de Berna” en el ‘54; un silencio que no es más que lo inefable de la experiencia estética por el tiempo en que se vive; pero es sólo el paréntesis entre los pases, los disparos, los remates, la estruendosa colectividad, la felicidad, el aplauso que trasciende a los éxitos y los fracasos Porque la acción o el movimiento no son origen y fin sin los intersticios ocultos que invitan a ser develados.

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