Carta anónima sobre el juego (III/III)

La última entrega de la carta recibida hace dos semanas en la redacción de The Cambridge Rules. Lea aquí el comienzo.

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Bueno, pues cuando llegué a ese cafecito en la esquina de siempre donde ya me esperaban, constantes, mis colegas y el partido había terminado con un bellísimo resultado favorable, el Coyote intentaba convencer al Ruso de que una cierta formación que acababa de inventarse, eligiendo a sus jugadores favoritos dentro de todos los que conocía afiliados a la FIFA y acomodados de la forma en que mejor le parecía, erigiéndose dios de la cancha y elevando sus designios muy por encima de las leyes del mercado internacional, en fin, afrimaba él, que su formación tendría una ofensiva tan veloz, que sus delanteros estarían con el balón frente a la portería antes, incluso, de haber llegado. Por su parte, el Ruso, conocedor de las normas que la ciencia llamada física ha tejido para sujetar el mundo de los fenómenos tangibles, en vez de rebatir la improbabilidad aparente de las propuestas del Coyote, planeaba, utilizando los mismos mecanismos, una formación defensiva que pudiera contenerlo… ¿Qué estaba tratando de decir? Ah, sí, decía que en eso estaban cuando llegué, y mi llegada creó tal regocijo que no paramos de hablar al respecto hasta que yo, que tras los sucesos de la tarde, sucesos que ellos ignoraban, sentía que una profunda melancolía, como la del balón los días lluviosos, resbalaba impredeciblemente sobre la tierra, hasta que yo, pues, dije eso de que el sólo el fútbol tiene sentido en este mundo y el Ruso me respondió con eso de lo que ya hablé. Nos despedimos porque al siguiente día había trabajo de la forma en que ya dije que nos habíamos despedido, y no supimos que ésa era la última tarde en que volveríamos a vernos.

Ahora que releo estos últimos párrafos, siento que debo pedir disculpas por su estilo descuidado que no deja ocultar del todo la prisa de la que soy objeto. Yo, que había hablado de la lánguida inclinación de mi ánimo. Debe perdonárseme, digo, pues escribo de aquellas cosas que tuvieron una brava importancia en mi vida. Hoy me siento a escribir porque estoy solo. Estoy, es decir, no le soy útil a nadie. Escribir es un poco como mirar un partido de fútbol en la televisión. La mayoría de las personas que ven el partido o se sientan a escribir, dueños de la cotidianeidad superficial de las relaciones humanas, no se dan cuenta de esta íntima relación que, a la vez, reúne al que fui entonces con el que soy ahora. ¿Cuál es esa cuerda invisible y perdida que condujo a aquél que fui, actor de la cancha, irremediablemente, al lugar en el que ahora me encuentro? Esta pregunta no tiene del todo sentido, y no es la pregunta precisa que debe preguntarse para obtener una respuesta, eso se ve de lejos. Quizás es sólo que sigo intentando justificarme. Al fin y al cabo esta es la confesión de un crimen. Pero no de un crimen cualquiera, sino de un crimen que no se cometió, un crimen contra el crimen. Un penalti que no se marcó… más bien, un momento perfecto para arrojarse al suelo y pedir el penalti, llevando el equipo a la victoria, en el que decidí (¿lo decidí realmente yo?) no arrojarme, pero no por sinceridad, por declararle el fairplay a la vida, sino por no haber sido valiente. Ni bueno ni malo, en fin, ni nada.

Lo que pasó es lo siguiente: yo llegué a mi departamento ya algo acalorado, afectado por la estrechez del metro y los tropezones del camión. Es cierto que bebí un poco, pero no lo suficiente para emborracharme. Al fin, que esta no es una historia de borrachos y asesinatos indeseados, y no debe confundirse con aquéllas. Digo que llegué y entonces, por razones que ahora no logro comprender del todo, pero que tenían sentido como lo tienen las estadísticas, al fin frías y predecibles, y por eso mismo falsas, entonces, decía, decidí que tenía que matar a Dalia María. Como el habitante común que soy, si acaso eso es lo único que me une a las demás personas, no poseo un arma verdaderamente peligrosa, así que tomé un cuchillo de mi cocina. Todo esto suena mal, lo sé, y de sobra se nota que el plan era de antemano un fracaso. Hoy se me ocurre que de haber llegado hasta su casa y de haber visto a Dalia María, me hubiera tirado a llorar a sus pies, humillado como el jugador que no resiste el insulto tras lo que le parece una mala decisión arbitral. Pero, ¿no son, después de todo, las malas decisiones la parte más esencialmente constitutiva del juego? En fin, tomé el cuchillo y lo guardé en mi morral, con la oxidada hoja entre las páginas de un libro que ni siquiera recuerdo. Era ya entrada la noche. Hacía frío, y con las manos en el bolsillo me paré en la esquina más cercana a esperar un taxi. Recuerdo que hacía viento y el viento me despeinaba un poco, aunque quizás ese detalle lo agregó más tarde la memoria. Paré el primer taxi que cruzó. Afortunadamente he olvidado o soy capaz de fingir el olvido del rostro y las maneras del taxista. No lo digo por él, lo digo por mí. En fin, él, conocedor profundo de la superficie rigurosa de las relaciones humanas, superficie que jamás he logrado descifrar del todo, y, después de todo, un hombre bueno, no pudo evitar preguntarme por el juego / ya no lo vi, llegué al resumen / igual yo tampoco, lo escuché en el radio, la chamba / sí, la chamba, parece que fue un buen juego / usted también le va a los campeones / sí. Yo tenía muy pocas ganas de hablar sobre aquello que tanto amaba, pero él, como ya dije, buena persona, no era capaz de comprender la lánguida sensibilidad de mi ánimo esa noche. ¿Sí? / sí, bueno, claro que sí / claro que sí, je / sí / debe estar feliz, sí, yo desde lo del Necaxa ya ni le hago tanto caso al fútbol / ¿es del Necaxa usted? / sí, que nos fue mal, pero igual los juegos de champions si los veo, los oigo / sí, también tiene su encanto, escucharlos / pues igual, es la chamba / la chamba, claro / ¿y por qué no lo vio? / ¿ver? / el juego, digo / ah ya, el juego, la chamba / sí, ja ja, lo entiendo, ¿de que trabaja usted? / yo, en la universidad, bueno / ah, mire, si ya digo que tiene cara de intelectual, yo creí que esos no le entraban a los deportes / ja ja, ¿tan mal me veo? no, así como entrarle a los deportes no, nomás de lejos, y nomás al fútbol / ya, ¿por aquí lo dejo entonces? / ¿dejarme qué?

Habíamos llegado. Pagué, le dejé el cambio y bajé a media cuadra del edificio en donde vivía Dalia María. Recordé el cuchillo entre las páginas, hacía frío. Me despedí del taxista, buena persona él, y caminé con las manos en los bolsillos. Carajo, (dije, ya desistiendo mis ímpetus originales), qué carajo, ¿y todo esto porque no siguen a los peces las gaviotas, sino al barco que se los promete? Y sí, lo mandé todo al carajo. Vi su ventana iluminada, era un gol en contra en tiempo de compensación, pateé el pasto enmarcado en el área de dirección técnica y me fui de ahí.

No debo demorarme más. Cobijado bajo la segura improbabilidad de toparse en esta ciudad, desaparecí tanto de la vida de Dalia María como de la de mis compañeros. Dalia María intentó hablarme algunas veces, pero me consta que sus intentos fueron infructuosos, mientras que para el Ruso y el Coyote sería siempre imposible contactarme, pues en nuestro afán de rutina jamás intercambiamos números de teléfono ni direcciones. Una promesa más fuerte nos unía, promesa que yo rompí y que, de poder arrepentirme, me arrepentiría de haberla roto. Ya viejo, no tanto de edad como de sensibilidad, atraído por uno de esos instantes breves y lánguidamente seductores, volví a aquella esquina, como sin darme cuenta, y tomé un asiento en el café de entonces, solo ahora. Era poco probable y a nadie debe sorprender que mis antiguos compañeros no se aparecieran. Ni yo mismo esperaba ni deseaba una circunstancia que podría resultar tanto dichosa como incómodamente desagradable. Tampoco estoy seguro de que hubieran podido reconocerme en la decadente situación de mi apariencia. Aunque también esto es una construcción que utilizo ahora, no creo ni verme tan viejo. Yo estaba enfermo entonces, quizás por eso me sentía de tan mal parecer, y pedí un té como lo hace la gente que atraviesa por aquella frontera que llamamos enfermedad. En la televisión un resultado desfavorable acosaba rigurosamente a los míos. Ese partido lo perdimos, y tras dos o tres tés yo pedí la cuenta. El mesero, quizás guiándose por mi apariencia decaída y mi presteza al pagar adivinó la derrota de mi equipo y así me lo hizo saber intentando ser amigable. Recuerdo que yo lo volteé a ver de reojo, con una de esas miradas de las que tanto provecho sacaba Dalia María y que en mí debió parecer algo ridícula, y le dije aquello del Ruso. Le dije: de todas formas sólo en el fútbol tiene este mundo sentido. Arrojé algunas monedas como breve propina sobre la mesa y vine con una grande sensación de vergüenza a escribir todo esto, por si acaso podría explicarme las cosas a mí mismo, o podía explicarme yo mismo a las circunstancias. No lo sé.

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