Carta anónima sobre el juego (II/III)

La segunda parte de la emotiva carta encontrada en las oficinas de redacción de The Cambridge Rules. Lea el comienzo de esta historia aquí.

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Bueno, ya estoy de nuevo siendo torpe y aburrido. No importa, estoy acostumbrado a considerarme yo mismo de esta manera. No me molesta hacerlo porque en el fondo me considero una buena persona. A lo que quiero llegar, utilizando el camino más largo, como lo hacían los grandes hombres de la antigüedad poco práctica, aquellos que prefirieron salir tocando el balón, retrocediendo un poco para avanzar más libremente, optando por la ciclicidad del círculo sore la ventajosa velocidad de las líneas angulares, a lo que quiero llegar, digo, es a la siguiente confesión: yo no sabía que tanto realmente iban a afectarme aquellas palabras del Ruso cuando, apurando el último trago de café en el lugar de costumbre y tras un resultado favorable, le dije eso de que sólo el fútbol tiene sentido en este mundo, para escucharlo pronunciar entre risas aquellas palabras que han lapidado en más de un sentido la concepción de mi existencia. Dijo: “sólo en el fútbol tiene este mundo sentido”. Entonces reímos, sí, pedimos otras tazas y celebramos recordando los momentos más impactantes del partido y, cuando nos sentíamos ya algo cansados, nos retiramos con la sinceridad del apretón de manos que sólo conocen quienes comparten el gusto por un resultado deportivo. Pero ahora, ahora que sólo puedo escirbir y escribir precisamente porque estoy solo… Bueno, ya ando justificándome de nuevo.

No sé qué profunda obligación nos llevaba a encontrarnos, probablemente la cercanía de nuestras actividades académicas, ni qué extraño amor a la rutina nos mantuvo siempre presentes. Éramos tres, el Ruso, el Coyote y yo, el Mil Amores, como se le dio a llamarme un día al Ruso. El epíteto no me quedaba, eso se veía de lejos, pero me gustaba, tengo que aceptarlo, y el conjunto hacía bastante interesante la acción de nombrarnos. Desde el comienzo del primer juego del sábado hasta ya entrada la madrugada del domingo, no había cosa que interrumpiera nuestra labor creacionista, que no teórica, de amantes del juego. Los días en que nos sentíamos más lúcidos, pasábamos la noche en casa del Ruso, que tenía, entre nosotros, la pantalla más grande de televisión, y seguíamos hablando y riendo hasta ya entrada la noche del domingo. Bromeando, por ejemplo, sobre aquella vez en que, gracias a las extremidades del demiurgo, el gol y el no-gol se habían fundido en un continuo devenir, haciendo al gol diverso, transitorio / eso fue en 1986 / antes el gol era absoluto, inmóvil, infinito / ahora nunca se mete dos veces el mismo gol / el gol es a la vez causa y efecto / por eso el gol que no metes es un gol que te meten / etc. A esta última, por cierto, nos gustaba llamarla “la ley Luca Toni”.

Todo eso era tonto, sí, y viéndolo bien, no resultábamos tan ingeniosos como nos lo parecía. Y en el fondo no hay nada extraño en nuestro comportamiento, ni parece tampoco material para un relato. Pero lo cierto es que así pasaba, y esa corta visita constituía la fracción más bondadosa de nuestra semana. Al menos así lo era para mí, y por mi parte no le hubiera fallado nunca a mis colegas de no ser por aquella vez en que Dalia María (creo que ése era el seudónimo que estaba utilizando)… Pero bueno, después juré no volver a perderme un partido por ninguna mujer y afirmé que sólo el fútbol tenía sentido en este mundo, axioma para el que el Ruso encontró la respuesta más atinada. Entonces no sabía cuánta verdad guardaban aquellas palabras o el corolario que de ellas derivaba.

Esa tarde yo había llegado al final del juego porque Dalia María estaba triste. Supe que estaba triste porque sus ojos miraban un poco hacia la izquierda, y se lo dije. Ella me dijo que sí, pero que no importaba, que nos veíamos luego, que iba a estar bien, y todas esas cosas que uno dice cuando realmente desea lo contrario. Era un día entre semana, y Dalia María y yo acostumbrábamos a vernos para comer y luego nos pasábamos las horas bebiendo café y caminando por ahí como si realmente fuéramos la pareja que nunca fuimos. Pero ese día había un partido que no podría haberme perdido y al que no voy a hacer referencia porque nadie pueda averiguar la fecha en que sucedió todo esto, cosa que Dalia María agradecería tanto como la sutileza mía de ocultar su nombre. O quizá sólo porque el que soy ahora no puede dejar de justificarse e inventar pretextos, como el desafortunado lector de estas líneas ya lo habrá notado. En fin. Yo le dije que ella preferiría que me quedara. Se lo dije así, ¿pueden creerlo?: pero tú preferirías que me quedara. ¿No fue esta una frase realmente atinada? Y ella bajó la cabeza un poco, de forma que no pudiera ver sus ojos cuando dijo: sí. Después alzó un poco la frente y me miró de reojo, con una de esas miradas que no eran privelegio suyo, pero que ella utilizaba con excepcional eficacia, y que nos obligan a ceder del todo o a cederlo todo… Me quedé con ella. Pero debe comprendérseme, yo me sentía algo así como debió sentirse Eric Cantona en esa final contra el Liverpool, como el actor de las circunstancias. Ante mis sentidos, el instante se expandía airosamente, invitándome a pasar, y yo me arrojaba presuroso, sin el menor rastro de duda, como los hombres que cambian la dirección hacia la que ha derivado un partido con un solo único acto de genialidad espontánea. Mi paso iba marcando el rumbo de los hechos, las cosas de este mundo se movían en la dirección que dictaba mi voluntad. Sentí que podría acomodar el balón en el punto exacto en que lo deseara. Mucho me engañaba yo entonces, y fue mi culpa no recordar que cuando las gaviotas siguen a los remolques es porque creen que éstos van a arrojar sardinas al mar.

No sé realmente si debería estar utilizando este tono cotidiano. Tampoco es que me agrade mi estilo falso y sabiondo. Estas últimas frases no ocultan del todo bien mi incapacidad de ser sincero. Pero no debe tomárseme por un hombre con el afán de mentir. Aunque amante de la mentira, de la incertidumbre improbable de la ley de la ventaja y enemigo declarado de aquéllos que insisten en colocar cámaras en la cancha para ratificar decisiones arbitrales más o menos arbitrarias, no es mi intención mentir ahora. Podría afirmarse, de hecho, lo contrario. En esto también difiero de los hombres. Cada vez que por mi cabeza cruza la sensación de tomar el balón y conducir el juego, cuando llego a una esquina y me parece que puedo doblar en cualquier dirección, incluso volver por el camino por el que he llegado, cierro los ojos y me dejo atraer por la huella que exige a mi pie, la palabra que me pide ser pronunciada. Así camino a veces y hablo por las calles aparentando ser un loco para los habitantes de la ciudad. Me gustaría serlo, sinceramente, y en esto también difiero de los locos.

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