Carta anónima sobre el juego (I/III)

Esta carta fue hallada hace algunos días bajo la puerta de la oficina de redacción de The Cambridge Rules sin remitente alguno. Quiero darme el permiso de publicarla por su carácter intimista y apasionado que mucho puede enseñarnos sobre el bello deporte. Debido a su longitud, será presentada en tres entregas.

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When the seagulls follow the trawler, it’s because they think sardines will be thrown into the sea. Thank you very much.

Eric Cantona

 Por ejemplo, el gato elige para jugar una pelota de lana porque la pelota de algún modo juega con él, y el carácter inmortal de los juegos de balón tiene que ver con la ilimitada y libre movilidad del balón, que es capaz de dar sorpresas por sí mismo.

 H.G. Gadamer

No sabría decir exactamente cuál, pero me parece que hay una cierta diferencia entre el erotismo sutil de algunas circunstancias imprevistas hacia las que el hombre se siente como atado por una cuerda finísima y constante, y la expansión casi pornográfica de algunos instantes hacia los que nos arrojamos impacientes. Estos dos aspectos de la forma en que el hombre se entrega al tiempo me interesan, aunque para fines muy particulares. De entre ellos, y quizás debido a la lánguida pasividad de mi ánimo, sólo me atrevo a comprender como plena realización vital de la existencia la atracción soñolienta de los primeros. “La atracción soñolienta de los primeros” escribo, y ya yo mismo me doy cuenta de que esta forma de hablar es sólo la manera en que justifico “la lánguida pasividad de mi ánimo”, como a mí mismo se me ha dado llamarle, quizás por hacerme sonar un tanto más interesante. En esto radica mi soledad, o mi supuesta soledad, y aunque me duela aceptarlo, es también por esto que Dalia María (de sobra se nota que utilizo un seudónimo) me dejó. O no me dejó, pues tampoco pudo tomarme nunca. O no es que no haya podido, quizá solamente jamás quiso tomarme. Pero ya me estoy traicionando de nuevo. Es porque soy objeto del juego, no jugador. Debe ser por eso. Aunque, muy en el fondo, nadie es realmente un jugador, sólo que algunos creen serlo y otros aceptamos llanamente, a veces hasta gustosamente, las cuerdas con que el juego nos conduce. Unos corren a las canchas y se enfrentan sobre el lodo sometiendo su voluntad a la pesada aguja de la hora y media. Yo prefiero esperar el fin de semana mientras dedico el resto de mis días a otras actividades aparentemente ajenas al fútbol. No tengo la voluntad de dominio que hace a los grandes actores de la cancha, sino el gusto de ser sometido que hace a los grandes amantes. Ésta última es otra de esas frases que utilizo para justificarme.

Pero no sólo en estas cosas difiero de la gente. En la apretada soledad de esta urbe sobrepoblada, no es raro toparse con esa clase de hombre que cree saberlo todo, aunque ya de lejos se sabe a qué lado va a tirar el penalti. Me explico: yo entro a las cafeterías entre mis actividades académicas, pido un café a secas, abro un libro y pocas cosas pueden complacerme más, cuando me distraen las acaloradas discusiones sobre las intervenciones artísticas, la gestión de proyectos, las novelas en boga, etc. Exagero, esto no es tan malo y no me ocurre tan a menudo. Aún así, estoy seguro de que ocurre. Bueno, todas esas personas caminan tan bien por las calles y se relacionan tan fácilmente entre ellas porque conocen la superficie de las cosas. Entran a los bares con la sección deportiva, se sientan en mesas populosas, arduamente discuten los últimos movimientos y se enfurecen contra el invisible director técnico de la pantalla de televisión. Para estas personas el conocimiento está en lo evidente y, así, practican el arte cotidiano de conocer el todo a través de sus fenómenos superficiales. Se saben de forma más o menos incierta la delantera de dos o tres clubes sonados en dos o tres ligas europeas. Los de apariencia más sencilla dicen maravillas de los nombres más famosos, los que aparentan más ingenio dicen exactamente lo contrario de los mismos nombres. Lo que ocurre es que, así como en la filosofía, las citas cultas de las charlas intelectuales de fútbol responden a una cierta moda de autoridades. Por mi parte, yo prefiero las relaciones ocultas tras la evidente manifestación mundana de las circunstancias, aunque esto me exige un continuo y ávido estudio de los actores. Este ejercicio es inútil, sí, pero no me interesa la aparente sapiencia de quienes teorizan sobre el fútbol, sino la relajada intuición que permite crear a partir de él.

Por demás, nada es realmente más inútil que el juego. La utilidad es uno de esos valores del siglo heredados de una antigua burguesía que las personas aceptan sin ponerse a reflexionar al respecto. Las personas sólo son realmente cuando son inútiles. Si uno trabaja, y una convención popular dicta que trabajar es algo útil, será, en la mayoría de los casos, para obtener dinero. Si este dinero es útil, será porque se utiliza para adquirir los bienes que nos facilitan una vida placentera. Etc., pero el sujeto que así actúa se convierte en un trabajador, un medio que perpetúa la obtención de ciertos bienes, etc., y no propiamente en un hombre. Un hombre sólo es plenamente un hombre cuando no posee objetivo sino es el de ser un hombre. Un grupo de niños que practica en la calle con una botella haciendo las veces de balón y un ruidoso portón gritando goles no puede obtener ninguna utilidad de esto. Sin embargo, cada uno de esos niños se realiza a sí mismo en tanto que ser humano en el momento preciso en el que olvida que el juego es una convención implícita entre él y sus colegas, ajena a las circunstancias cotidianas de la realidad. Si alguno de ellos decidiera omitir las reglas invisibles bajo las que el ocurre el juego, inmediatamente sería tachado de aguafiestas o de mal jugador, a riesgo de arruinar el juego y ser expulsado de éste. Ambas opciones resultan una tragedia insostenible, un crimen gravísimo tanto para él como para sus colegas. Así, los niños responden, sin darse cuenta, aunque voluntariamente, los designios del juego.

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