Los trabajos y los días infructíferos

Por Josué Hernández

calab 002

Una tarde estábamos platicando y tomando unas cervezas con Marduño Caballero, un viejo cronista deportivo de la gaceta Subalteridad bicicletera de la ciudad de Santa Fabricia. Estábamos sentados en un bar de esos en los que la entrada es la única fuente de luz natural y las paredes en penumbra están pintadas modestamente de blanco.

—¿Ves esa cancha de fútbol? —Me preguntó Marduño.

—¿Cancha?

Todo lo que yo veía era un campo con pasto crecido, pequeños montículos como chichones que no me dejaban pensar en que aquello fuese, ni remotamente, una cancha de fútbol.

—Sí. Ahora no lo parece, lo sé, pero aún la gente se refiere a ella como “la cancha” cuando te dan referencias de algún lugar. Ya sabes cómo es: “llegando a la cancha, pasando la cancha, nos vemos en la cancha”. Claro que decir “nos vemos en” no implica efectivamente estar “en”: quién sabe qué bicho vaya a salir y te pegue una mordida.

Marduño me contó cómo fue que eso comenzó a ser cancha de fútbol. Por principio de cuentas, esa cancha tenía un nombre de origen indiscernible: “las peras”. A lo mejor había ahí un árbol de peras, a lo mejor sucedió un linchamiento público que comenzó arrojando peras al acusado o, quizá, Milton Cruz, el hombre que hizo la cancha, era un conocido vendedor de peras del barrio.

Así como el origen del nombre de la cancha es un misterio, la motivación de Milton es igualmente desconocida. Todo lo que Marduño recuerda por viejas pláticas con la gente del lugar es que un día llegó aquel hombre con su machete a ese terreno del que nadie se había aprovechado hasta entonces y comenzó a cortar algunos arbustos, un par de plantas de maíz, quizá hasta cortó el árbol de peras, quién sabe; el asunto es que supuestamente había uno que otro árbol frutal y planta  gramínea.

Pasaron un par de días para que la gente notara su labor. Fue cuando vieron los desechos vegetales amontonados, que, también por quién sabe qué oscurecido propósito, empezaron a increpar a Milton Cruz.

—Y llegaban señoras diciendo que sus hijitos ya no podían ir a cosechar las frutas que les gustaban, unos señores que decían que ese terreno era propiedad del barrio. Milton los escuchaba y les decía que estaba haciendo una cancha de fútbol y que ahí iban a llegar los equipos locales, que iban a cobrar renta del lugar, que podían vender agua de limón y tostadas para después de cada partido y eso dejaba conforme a la gente.

Pero, por azar, un grupo de ambientalistas de la ciudad se enteró y no pasó ni una semana para que se apoderara del terreno con pancartas, tiendas de campaña diciendo que ahí no podía cometerse semejante acto de depredación para construir algo tan fútil como una cancha de fútbol. Dicen que eso llevó a debates en la academia y la política sobre la convivencia, la interacción, el costo de modificar el espacio, hasta que, por cansancio o por olvido, los ambientalistas se retiraron, los políticos abandonaron el tema y el terreno se convirtió en un pastizal irregular.

Fue entonces que Milton Cruz volvió, más viejo y enflaquecido, a terminar su labor. Esta vez nadie le prestó atención, ni el señor que le vendió cal para trazar las líneas, ni las señoras que lo veían con indiferencia clavar un par de troncos delgados y torcidos para hacer las porterías.

Terminó la cancha, con trazos descompuestos, con medidas arbitrarias, pero ahí estaba. Milton Cruz pasó sus últimos días sentado en el perímetro del campo. Algunos decían que estaba imaginando un partido bastante aburrido porque no reaccionaba de ninguna forma, otros decían que su cuerpo y su entendimiento habían trascendido de los límites mundanos de esta vida y ahora era feliz. Un día, simplemente ya no se le vio ahí sentado y no apareció después.

—No pasó mucho tiempo después de eso, al menos no el suficiente para que el campo se viera como lo ves ahora, cuando llegó el Movimiento de Epistemología Social Subalterna, que, por casualidad, habían escuchado de esta cancha del barrio. Entonces, se dedicaron a defenderla como un espacio de afirmación de la identidad de la comunidad, y mucha gente reforzaba esta idea cuando los entrevistaban. Les decían a ellos, a los periodistas y a los del MESS que sí, que sus hijos solían jugar ahí con botellas de plástico. Recuerdan el primer balón que compraron y el primer partido. Pero ahora la cancha estaba descuidada. La migración, las políticas urbanas, no sé, muchas cosas.

Marduño se acabó su segunda cerveza mientras yo seguía en silencio.

—Por eso me enteré de esta historia que te estoy contando, porque la que publiqué sólo habla de la identidad comunitaria.

Bebimos un rato más y nos retiramos.

Tiempo después vi una película que me recordó a Milton Cruz. Nunca se me ocurrió preguntar a Marduño de qué época estábamos hablando, así que me quedé pensando si acaso este acto anónimo había terminado, por azar, en un guión hollywoodense o, al contrario, una historia parecida sobre un campo de béisbol lo había inspirado profundamente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s