Carta de una mujer a la que no le gusta el fútbol

Por Claudia Morales

Foto del día 10-02-2013 a la(s) 21:11 #4

Estimados todos, nunca me ha gustado el deporte que ustedes tanto afaman y admiran. Nunca entendí la abrasada pasión que despierta. Aunque quizá tenga que ver con el accidente que tuve de muy chica en el curso de verano del sindicato al que me enviaron mis padres. Siempre fui una niña tímida, incluso algo amargada, que envidiaba un poco a las niñas con amistades y cualidades deportivas.

Era un día cualquiera de verano, en la cancha techada de un curso de verano para afiliados al sindicato de salud, cuando alguien me llamó a la entrada del gimnasio. Entonces, yo que estaba sentada en las bancas fingiendo que leía, porque no me habían seleccionado en ningún equipo para jugar, me levanté de prisa y corrí hacia la puerta. No había llegado a la mitad del gimnasio cuando sentí un golpe seco contra la cabeza; luego, perdí el equilibrio y caí de un solo golpe sobre la duela. Oí a los niños rodearme y al entrenador acercarse a mí. No podía ver nada, oía los pasos alrededor y risas dispersas.

¡¿Cómo se te ocurre atravesarte en un penalti?! ¡Eso iba a ser un gol seguro! Me levanté entre las carcajadas de los niños y el regaño del entrenador. Corrí hacía las gradas y lloré. Lloré por no ser una niña alegre a la que invitan a los juegos de fútbol, lloré por sentirme ridícula y sola. Lloré porque también yo quería haber estado jugando, ser alegre y amigable. Lloré por tener algo del destino trágico de los taciturnos.

Aunque debo reconocer que un día vi un gol y sonreí. Estaba en casa con mis padres, era muy temprano y por alguna razón nos habíamos despertado todos a ver el partido de México-Italia en un mundial que no recuerdo. Recuerdo, sin embargo, que los italianos usaban uniforme azul y Pirlo y Gattuso estaban en la cancha. Era un partido igual que todos los que nunca he disfrutado: brillaba inusualmente el color verde en la pantalla, los marcadores y la publicidad. Alguna vez mi abuelo, campesino de antaño, dijo que ese deporte le parecía un desperdicio de espacio y fuerza de hombres jóvenes. “Imagínate, decía, cuánto maíz se puede cultivar con tanto espacio y tanto muchacho fuerte”.  Recordaba eso mientras veía ese partido, usaba mi pijama y me preparaba para ir a la escuela. Entonces, un jugador alto giró su cabeza, redonda como la de un niño, así como si hubiera distinguido a alguien en el público, o hubiera visto un rostro añorado entre la gente. Y entonces, en un segundo. Gol. Un balón blanquísimo al fondo de una red. Un jugador, que podría ser un campesino en un campo cultivando maíz, como fue mi abuelo, gira la cabeza y con un golpe mueve al mundo. El balón en la red, la multitud vibrante: el marcador cambia.

Todos de cierta manera somos imperceptiblemente distintos. Alguien ha conmovido a otros corazones. Hay cierta belleza que se me escapa describir en un gol.

Por alguna razón, los encuentro semejantes a la incertidumbre de besar a alguien por primera vez y, al final, ser correspondido. Haber sembrado una planta en diciembre y ver que una mañana irrelevante han retoñado flores de un color que no esperabas.

Quizá no me gusta el fútbol, quizá tiene que ver con mi infancia, o tal vez no. Pero definitivamente amo la inesperada certeza de los goles.

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