Tabaquería

por Arturo Montoya Hernández

Un cigarro, sus cenizas descendiendo como instantes. Un cigarro, el aliento dando ritmo a sus formas livianas. Un cigarro, el paisaje en que su humo se funde. Puede haber una poética del cigarro, de las manos cuya actividad paciente le otorgan un cuerpo: no habría tabaco sin la tierra cultivada a conciencia, sin la planta desbordando sus nervaduras y enveses, sin los talleres o industrias que la procesan hasta consumarla, forjada en cilindro para deleite o infamia.

En épocas de una ciencia avanzada, la medicina cuenta el nuevo relato. El cigarro ya no es el pan de cada día, la fuente de nutrientes estimulantes para el gozo de la vida moderna. El tabaco, pero sobre todo sus elementos, esas partículas socializadas en el pasado como un gran alegato en favor de los bienes comunes, ha sido expulsado de los templos, de los cines, de los cafés, de los estadios, estigmatizado con el signo de la enfermedad (pobre salud, tan biopolíticamente utilizada para justificar intervenciones, convenciones, religiones novedosas y espectaculares). Cuánta negatividad contenida en unos cuantos centímetros.

Hace poco Lance Armstrong fue señalado como culpable de dopaje por seguir un tratamiento que a la par de curarlo del cáncer sufrido, le dio un nuevo cuerpo, más fuerte y mejor provisto para triunfar en un deporte como el ciclismo. Diagnóstico: el deporte lacerado. Hace un poco más, Cuauhtémoc Blanco, uno de los mejores y más polémicos futbolistas de la historia reciente de México dañó igualmente al deporte por hacer lo contrario de Armstrong, inhalar tabaco, fumar las cenizas que precipitan las glorias pesadas como instantes.

Los discursos se cruzan, las tendencias se sobreponen. En el fútbol se impone una estética, un método, una práctica vital. Hay nostalgia por el tabaco, tanta como por el futbol en la época del tabaco. Uno imagina a Sócrates con un paquete de cigarros, fumando en las tardes españolas de aquel 1982 tan pleno de historia, donde la derrota era el triunfo de los justos. Del mismo modo, Maradona, iluminado de fantasías revolucionarias, fumaba habanos en la ciudad de México de 1986, tras mostrar como el arte hace inmortales, marcando ante Inglaterra un gol con el que a pesar de las Malvinas, la historia iluminaba la victoria de los vencidos.

Más allá de la actual prohibición, los focos de resistencia se encienden. Algunos, como el técnico La Volpe, se esfuerzan por mantener lo más posible el privilegio del café y el cigarro en el banquillo, por lo menos durante los entrenamientos. Otros, ceden a la tentación y lideran campañas contra el tabaco (como Cruyff en años recientes). Para gusto de empresarios la cancha se esteriliza, el ascetismo del deportista ejemplar se impone y las familias sonríen ante el ambiente renovado, visitando estadios en sus días libres. Para nuestra fortuna, más allá de esas pequeñas concesiones a la buena conciencia, con o sin cigarro en mano, siguen habiendo genios.

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