(¿Anagnórisis?) de las pasiones atlistas

por Josué Francisco Hernández

Hace no mucho conocí a Rogelio Argelino Tarazio en una calle de la ciudad de Puebla. Era un domingo poco antes del mediodía y yo regresaba a mi casa después de correr. Vi entonces la figura orgullosa de un adolescente que rondaba los diecisiete años de edad. Sostenía un balón entre sus manos mientras tomaba una Coca-Cola. Pensé en preguntarle si le gustaba reproducir clichés propagandísticos del fútbol pero, en lugar de eso, sólo le pregunté a qué equipo le iba.

—Al Atlas —me dijo sonriendo—, ¿y usted?

Era una agradable casualidad escuchar eso. El Atlas es también mi equipo preferido; la nostalgia de una victoria postergada, más por azar que por mal juego, nos ha mantenido como firmes aficionados a la bandera rojinegra por una especie de seducción inefable. La analogía gastada de los colores huelguistas con el ayuno de campeonatos no nos irrita.

Le contesté que compartíamos la misma afición, y pareció tener la misma alegría que yo al saberlo. Le estreché la mano y le dije mi nombre.

—Yo soy Rogelio. Cuando juego me dicen Róger; es más corto y más fácil de decir en un partido.

Me contó que jugaba como defensa. Con ese gusto que mostraba por el Atlas, no lo imaginaba como delantero. Se me ocurrió que hay algo más en nuestra predilección por ese equipo que el puro localismo y la mercadotecnia. Ni Rogelio ni yo estábamos en Guadalajara, por principio de cuentas, y decir que el Atlas vende es demasiada ceguera o un extraño optimismo. No. Empecé a pensar que había algo en su estilo de juego que seguía dejándonos dibujar un futuro, una idea de conjunto, pases, estrategias, un horizonte sin una articulación clara que, sin embargo, nos prometía constantemente la gloria.

“La gloria”.

Ahí me detuve. Es difícil pensar en el triunfo después de la historia del club; no la historia oficial, claro está, sino la que se fue gestando con cada partido. Casi probamos el campeonato por segunda vez, pero Cristante, con una sonrisa implacable, detuvo el penal decisivo. Al principio me supo a derrota, pero pronto los recuerdos empezaron a formarse, a dejar ese gusto por la esperanza en «los amigos del balón».

—¿Crees que ganar nos arruinaría?—. Pregunté a Rogelio.

—No sé. Pero de eso se trata, ¿no? ¿De ganar?

Eso pensamos siempre, pero ahora no siento tanto los ánimos del triunfo, o de salvarse del descenso (me imagino que eso es, después de todo, circunstancial), sino de la pelea, el esfuerzo que daba el viejo Atlas, del fútbol de la ilusión que nos otorgaba en la cancha para olvidar que era una cuestión de honor, de gusto, no de productos ni virilidades mancilladas.

—Escuché que hace tiempo Bielsa dijo algo sobre el equipo y lo que pasaría en estos años, después de ser su director técnico —dije de repente—. No sé si tenga algo que ver con el futuro, pero el colega que me lo contó no pudo dormir después de enterarse.

Rogelio me miró fijamente, entre sorprendido e interesado.

—¡No, no fue ningún maleficio! ¡Jajaja! Pero sí sonó agorero por lo que me contó. Tampoco quiso decirme nunca qué fue exactamente lo que dijo. Por eso te preguntaba lo de ganar, me parece que tiene que ver algo con eso con “la gloria”.

—Quizás es culpa del Perro Bermúdez.

—Quizá. Valdría la pena investigar. Si descubro algo te lo contaré.

Ese día, después de despedirnos, caminé el último trayecto hacia mi hogar, bajando por una calle trazada en pendiente, pintándose a mis espaldas con una bandera, con la pluma de Stendhal.

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