De Sócrates al psicoanálisis

Por Josué Hernández

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Una de las bromas involuntarias en las charlas con mis amigos nació en el verano del 2011, cuando les dije que había pasado más o menos un mes visitando a Sócrates. Las anécdotas del día terminaban siempre con la frase “y fui a ver a Sócrates”.

Ninguno de ellos reconoció que no se trataba de una broma. Una de las noches que regresaba al hotel en Sao Paulo, decidí tomar un whisky en un bar. Me senté en la barra y, cuando estaba a punto de terminar mi bebida, Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira se sentó junto a mí. Pidió un tarro de cerveza y empezó a beberlo asiduamente. Pedí también una cerveza y me acerqué a él.

—Salud.

—¿Salud? Es extraño que lo digas. Soy un médico, alcohólico, deportista, una paradoja que camina.

—Y con su talón de Aquiles—. Le dije sonriendo. Él arqueó una ceja y, desviando la mirada, chocó su tarro contra el mío.

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Nos quedamos callados durante un rato, bebiendo, sin hacer comentario alguno. Quizá es la comodidad del alcohol, de sentarse en la barra, viendo la pared y dando vistazos intermitentes al cantinero, enfocado en su labor. Le sugerí a Sócrates que tomáramos un whisky a mi cuenta. Él esbozó una amplia sonrisa y me dio una palmada en la espalda aceptando la propuesta.

—¿Sabes? El alcohol es mi mejor psicólogo.

—Eso he oído.

—Sí, no es en vano. Mírate a ti, por ejemplo. Empezamos a hablar, seguramente algo recordaré de esta plática, lo absurdo o lo interesante, pero algo se quedará. Además, como te dije antes, soy el médico que prefirió el deporte y optó por el alcoholismo como una actividad paralela. Es como el médico que quise ser, el futbolista que se ve en los estadios, que enuncia su postura política, que anhela el juego del Corinthians con un espíritu de auténtico aficionado y el alcohólico que se increpa o se congratula a sí mismo alternativamente. El médico y el alcohólico son dos tensiones distintas, a veces me voy por uno, a veces por otro, y al final no sé quién permanecerá más tiempo.

Vi a Sócrates algunas noches más en el mismo bar. Platicamos sobre política, sobre fútbol, democracia y cerveza. Una de esas noches esperé solo hasta emborracharme. Sócrates no volvió y no tuve noticias suyas en varias semanas. Los minutos pasaban y la bebida era mi compañía, como una forma de honrar la ausencia y la necesidad de tomar por él, ahora que no estaba.

Me enteré después de que había sido hospitalizado nuevamente por cirrosis. Puse mi mano sobre el costado cuando leí la noticia. No sé quién se apoderará de mi hígado, si la abstinencia o la mesura de un hombre que bebe de sus propias historias y necesita cada sorbo para saber en qué devienen, o la de aquel que puede imaginar, en vano o no, los escapes sutiles de una realidad atormentada.

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