Dennis Bergkamp y el Holandés Volador

Por Jousé Hernández

Conocí a Dennis Bergkamp a inicios del ’94. Era un hombre reservado. Pensé que toda esa mesura en el trato con las personas era una forma de guardar fuerza para cada uno de sus partidos. Yo siempre lo he considerado un gran astro del futbol y una de las mayores inspiraciones que puede tener quien quiera dedicarse a este deporte.

Coincidimos en un café del Trastévere donde se hallaba disfrutando un fin de semana libre. Tenía toda la apariencia de quien no quiere ser reconocido y parecía destinado a fracasar en dicho intento; afortunadamente, su disfraz daba resultado. En esa época yo era un observador extralimitado y no tardé en descubrir que se trataba de él.

—Señor Bergkamp, es un placer conocerlo. No se preocupe, le hablo en voz baja porque es evidente que no quiere que la gente sepa que se trata de usted.

Bergkamp lanzó una mirada de decepción pero sin ningún dejo de hostilidad. Me invitó a sentarme con un ademán y pedí una taza de café. No era reacio a contestar mis preguntas, pero se notaba la falta de familiaridad del jugador hacia la prensa. Le dije que no era una entrevista oficial, sólo una charla motivada por la gran admiración que le profesaba. Dudó un poco hasta que finalmente se le notó convencido de mis palabras.

—¿No cree que esa admiración afecta la objetividad de sus escritos?— Bromeó.

Reímos y, con un tono más jovial sin dejar lo sucinto de sus comentarios, me dijo lo  emocionado y nervioso que estaba por su participación en el mundial en Estados Unidos, lo difícil que había sido la temporada con el Inter de Milán. Después de todo, era un estilo de juego al que costaba acostumbrarse y la nostalgia por el Ajax se dibujaba visiblemente en su mirada perdida cuando relataba su experiencia en Italia.

Dada la libertad de lo extraoficial de la conversación, no me cuidé de evitar los elogios y mis apreciaciones hacia algunos de sus juegos. Le dije lo orgulloso que Crujff debía sentirse de compartir nacionalidad con él, quizá podía verlo como un heredero de su estilo de juego.

—Pronto usted será el Holandés Volador

Su rostro se endureció con una brusca mueca de preocupación. Dijo que yo no era el primero que le hacía ese mismo comentario. Tomó  un último trago de su bebida después de pedir la cuenta y pagarla. Se despidió con un discreto apretón de manos y se alejó con rapidez. Yo me enteraría unos meses después por un colega de los rumores que corrían en torno a la personalidad supersticiosa de Bergkamp. No era exagerada pero, aparentemente, sí daba lugar a cierta convicción, por lo que, cuando alguien le dijo por primera vez aquello del Holandés Volador, la asociación inmediata no fue a Crujff, sino a la leyenda del buque fantasmal y a su capitán atormentado.

Quién sabe qué artificios de la mente hayan operado dentro de él, pero todo lo relacionado con la cuestión aérea terminaría por producirle incomodidad y nerviosismo. Quizá sentía la posibilidad de verse sometido al mismo maleficio de aquel espectro que atormenta las aguas. Además, el incidente en el avión hacia el otro lado del Atlántico para el mundial de ese año, fue seguramente el momento decisivo en que ese temor pudo empezar a frenar el que su figura destacase por encima de otras. Sea como sea, su elegancia, su visión y su creatividad en las canchas es memorable; su predilección por los viajes terrestres nos dio también la oportunidad a algunos de nosotros de buscarlo en las gasolineras, estaciones de servicio o paradas técnicas en medio de los trayectos que recorría de un sitio a otro para disputar partidos internacionales.

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