Wong Kar Wai y una versión de Didier Drogba

Por Josué Hernández

Un atardecer nos recibía. La plática había sido larga y, tras ella, podía entender la mirada de Drogba hacia fuera de la ventanilla, como buscando entre los edificios un anonimato que se le había negado durante varios años.

—Te juro que no es por el dinero—. Me había confesado después de una serie de preguntas rutinarias acerca de sus expectativas, de su sentir respecto al cambio de latitud, todos esos cuestionamientos que nos sacan sólo la típica respuesta de un futbolista. Curiosamente, no fue mi habilidad de entrevistador lo que le hizo tomarme confianza para contestar, sino el libro que asomaba de mi morral, Leçons de cinéma.

—¿Te gusta el cine?—. Drogba sonrió con una mueca sincera que salía del encierro de un secreto inconfesable. El entrevistado tomó mi papel y yo no pude más que ceder ante el permiso que este cambio me otorgaba. Me gusta mucho el cine pero apenas soy un intento de cinéfilo.

—Didier, dime Didier; nadie lo hace mucho y prefiero ese nombre ahora que mi vida se vuelve diferente.

Miró por la ventanilla con el gesto de quien quiere ordenar sus pensamientos antes de decir cualquier cosa y, sin dirigirme la vista sólo dijo: “Wong Kar-Wai. ¿Tienes tiempo para una película?” Ironía sutil como las asistencias o los goles en un partido con el Chelsea, ¿a dónde podía ir en medio de un vuelo?

Algo había oído del director, pero nunca había tenido oportunidad de ver nada de su trabajo. Didier extrajo una laptop y un disco: In the mood for love. Una hora y media después exhalé un aliento que parecía haber contenido desde el inicio. Didier mantuvo la misma expresión de boca seria y el índice bajo el labio inferior con los que empezó a ver la película.

—Abiyán es el lugar en que una parte de mí creció, quizá paralelamente a la que lo hizo en Francia e Inglaterra. Pero desde hace años ese otro yo tiene la misma edad. El punto es que, cuando el sueño de Shanghai termine, quiero volver a Côte d’Ivoire y hacer que esa ficción, que bien quizá soy yo ahora, se haga más grande. Quiero contar historias para reunirme con ese Didier que se quedó allá, es un intento de buscarlo e incorporarlo nuevamente a mí.

No esperaba ese comentario. A veces la tradición periodística en este deporte nos oxida un poco y sólo pienso en la lista de categorías básicas: el arbitraje, los compañeros, el director técnico, las políticas de la FIFA. Ninguna se ajusta al trazo propuesto por él con sus palabras. Fue el entrevistado quien salvó esa rutina, pues las preguntas dejaron de ser necesarias. Wong Kar-Wai había aceptado darle algunas lecciones sobre cine dada su admiración oculta por el juego del viejo astro del Chelsea y las razones incontrovertibles del mismo. El director chino tenía ese mismo apego que el africano por su lugar natal y sólo en Shanghai aceptó verlo. Los años que Didier jugaría en el club servirían no sólo para seguir con el enorme gusto por  el fútbol, sino también para acercarse a su pasión por el cine.

Didier jamás me comentó qué es lo que pensaba del estilo cinematográfico de Wong Kar-Wai, tal vez no podía responder a eso, aunque algo al final de la película me dejó una idea general. Didier no quería recluirse para contar una historia a un agujero en la pared de unas ruinas esperando a que fuese escuchada por los oídos correctos o condenada al silencio. Quería una historia conjunta, de muchas voces cuyo eco encontrara siempre escuchas, alguno de ellos podría ser la sombra del marfileño que se negó a dejar su patria.

Didier Drogba Chelsea

Cuando se abrió la puerta del avión, Drogba sonrió con una sinceridad distinta hacia los aficionados que lo esperaban. Le llamo al final Drogba porque el futbolista es él. Mientras lo observaba caminando con una alegría honesta entre la multitud, se me ocurrió pensar que un día posiblemente veré, con la misma sonrisa melancólica que Didier dibujó en el viaje, la película de un tal D. D. Tébily.

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