En el principio, León

Por Arturo Montoya Hernández

El Club León surgió al principio de la era profesional del futbol mexicano. El paso de las ligas regionales a un torneo nacional motivó la formación de un combinado conformado por el exitoso Unión de Curtidores y la selección de Guanajuato. Era 1944 y su primer compromiso oficial fue en la Copa México, el 7 de mayo, ante Atlas.

No hace falta mucha perspicacia para entender que lo que nos convoca aquí para hablar hoy de este club. No son los lustrosos jugadores de aquella época, muertos o avejentados hasta el polvo, una cofradía de desconocidos para quien aquí suscribe, tratando de hacer memoria. No, la motivación principal de ir trazando este recuento es el regreso del León a la primera división. Un equipo al que llaman grande con sus cinco títulos fundidos en un pasado irrevocable. Yo no viví ninguno de ellos, pero los invoco ahora, con el respeto que merecen, por un acontecimiento personal, por un viraje en mi historia.

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El gol de oro que marcaría la derrota del León frente al Cruz Azul en la final del Invierno ’97

Por capricho, por herencia, por una de esas arbitrariedades disfrazadas de destino, alguna vez apoyé a las Chivas del Guadalajara. Mi padre era un seguidor ejemplar. Se desentendía de toda la temporada, limitándose a insuflarme el gusto por el clásico nacional: el infame Guadalajara – América. La televisora aplaudía, gritaba, propagaba la euforia por esa gesta llena de publicidad y patrañas, donde el registro principal eran los slogans pegajosos. Una final protagonizada por “El rebaño sagrado” me marcó, aquella victoria alegre e ignominiosa del Verano del 97 contra Toros Neza. Ganaron la final con un global de 7-2, pero dejaron a los perdedores como héroes, como los verdaderos campeones del juego.

Una primera ruptura, y tan sólo seis meses después un segundo encuentro con el más allá del futbol. De algún modo llegué a ver esa final del Invierno ’97 entre Cruz Azul y León. Estaba al filo de la butaca apoyando a esos bravos “Panzas verdes” liderados desde lo profundo por Ángel David Comizzo. Se jugaban los tiempos extra bajo el régimen del gol de oro y, entonces, lo impensable, lo hermosamente prohibido. Comizzo pateaba en la cara a Hermosillo, provocando el penal con que se decidiría el partido. El cuadro final los pone frente a frente, como en la representación de un western en el que Clint Eastwood fuera acribillado en un desacato.

Después de esa final dejé de ver el futbol por algunos años. El resto de esa historia personal no es importante ahora. Lo que rescato es la pasión que un equipo como ése, con tanta fuerza en cada trazo, podía infundir en un niño de 10 años.

El León ha regresado a las primeras filas. Lo celebro. Comienzo a rehacer su historia. Resulta que el sobrenombre de “Panzas verdes” proviene del estadio, de la gente asistiendo en los 40’s a ver a su equipo con un apego mucho más elegante y bello que el que hoy en día nos deja la mercadotecnia. En las inmediaciones de la estación de ferrocarril de la ciudad abundaban los puestos de verduras. La lechuga era de uno de los productos principales y ésta era preparada picada con limón, chile y sal por los comerciantes locales. El color vegetal de la clorofila se impregnaba en los delantales blancos, relucientes lienzos sobre los vientres de los hombres. Aquella imagen daba la bienvenida y la despedida a los animosos aficionados visitantes, tiñendo sus memorias de un verde que comenzaba a ser esmeralda desde entonces.

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