13 de junio / Brasil día a día / 15 de junio

Cinta-Brasil-2014

Por Juan Pablo Zebadúa

Era de esperarse la gran oleada de (auto) elogios con respecto al primer triunfo de la selección nacional. Merecida o inmerecidamente desde el punto de vista deportivo, México gana su primer juego y destensa (?) la ya de por sí precaria y eterna situación de la actuación nacional en un evento de masas de talla mundial. De ahí que quiera reflexionar al respecto porque, claro está, el fútbol es más que un simple deporte, y la Copa del Mundo un suceso que debe ser visto como un espacio donde las metáforas “nacionales” de los Estados se convierten en indeseables y facistoides propuestas de los “futuros”, “devenires” y “recomposiciones” de los países a partir de una victoria en el campo de juego.

Todo esto está puesto en marcha en uno de los pocos espacios de plena libertad que goza México, como son las redes sociales. Atisbo dos elementos para poder entender lo anterior.

El primero es que dentro de los procesos de democratización urgentes, inaplazables, de los medios de comunicación en México, son las redes sociales las arenas por donde también se negocian las tensiones que generan las distintas visiones que tenemos de país. Y claro, todo evento de masas traspone los dramas y emociones que lo publico se encarga de dimensionar.

El segundo sentido es que, después del artificial optimismo que augurará por lo menos una semana de psicotrópica euforia por el triunfo de la selección mexicana, las redes se inundarán, por un lado, de “estalinistas” y sectarios de izquierda (¿o no?) que culparán no tan solo al seleccionado, sino a toda al Copa del Mundo y al fútbol en general, de todos y absolutamente todos los males que imperan en este país; y por otro lado, de los fanáticos a ultranza, que en verdad sí se creen que ganar un juego es elevar a una contienda bélica el fervor patriótico de un evento que cada vez se anquilosa más por ponderar las luchas (aunque sean deportivas) de los “nacionalismos” más resonantes y anquilosados.

Ninguno de los bandos tiene la razón. De ahí que sea necesario encontrar una posible visión intermedia entre estos dos polos encontradísimos y abastecidos sistemáticamente de improperios y denuestos a cada quien de su cada cual.

Quisiera, primero, aclararme. No me gusta el fútbol mexicano. Pienso que, en efecto, la gran pobreza futbolística que México siempre demuestra refleja el inconcebible manoseo de los intereses más oscuros, encabezados por las dos grandes y monopólicas televisoras. Ante la máxima de “país jodido, deporte jodido”, el fútbol es donde más se observa la voracidad extrema de los dineros que mueven muchos de los poderes de este país. Para este sector, no importa el deporte, ni la juventud, ni el crecimiento de nada. Nada. Sólo dinero. Por eso el fútbol nacional nunca prosperará mientras esté en manos de estos portentos de la transa.

Pero ni siquiera ello puede dejar de lado el fútbol como el deporte más popular del mundo, pésele a quien le pese. Y eso es lo que ciega a los “estalinistas” del Facebook cuando critican tanto al juego como a quienes nos gusta. ¿Qué pasará con el fútbol –el de todas las latitudes–, que despierta tantas y tantas tintas, labias, verborrea en favor o en contra? En el Facebook abundan los detractores estalinistas que dicen que ver e incluso jugar (!!) fútbol atrofia la mente y denigra las almas, hasta tal punto que, mientras uno está embrutecido viendo jugar a Iniesta y valorar la destreza corporal de Balotelli, el país se deshace por culpa de nuestra afición aterradora y enajenada por todos los poros posibles. Por nuestra culpa.

Pobres Mario Benedetti y Eduardo Galeano, que a estas alturas serán los evidentes responsables de toda la pobreza en América Latina. Cómo le estará yendo al galardonado Juan Villoro, quien le va nada más, ni nada menos que al Necaxa, otrora equipo poderoso filial del monstruo televiso que encarna lo que todo el mundo dice, pero sin el fundamento mínimo –más que en el ínfimo nivel intelectual del Pol Pot que llevan dentro–, cuando dicen: “Televisa lo compra todo”.

Tampoco un juego, donde se gana o pierde, es cosa de vida o muerte nacional. Sin embargo, toda la pasión que conlleva el Mundial de fútbol puede leerse también en el terrible miedo, pavor, que los gobernantes tienen de que México no logre tener una buena actuación. Por eso ponen pantallas en los parques públicos, suspenden labores por dos horas cuando juega la selección, celebran como si ganáramos una guerra. El fútbol se ha vuelto una política de Estado para tener margen de maniobra que no les agrie el pastel inmenso que significa apoderarse del país.

Ya lo dijo Miguel Ríos con respecto al rock: el fútbol no tiene la culpa. Si tener los pies en la tierra significa no ver la Copa del Mundo, entonces sí que estamos jodidos. Y al revés, si pensamos que nuestro país se acaba o se desarrolla a partir de ganar o perder en Brasil, la cosa pinta como para las juventudes hitlerianas. Y ante la escasa materia gris de los gobernantes y el Estado mexicano –que no ven que lo único que se necesita es abrir exhaustivamente los canales de expresión de los ciudadanos y, sobre todo, hacer bien las cosas que competen al poder–, ganar o perder debe significar ponderar, de una vez por todas, los alcances de un país agónico como el nuestro en cuanto a sus logros deportivos.

País jodido deporte jodido. No hay más. Y ahora, después de las celebraciones de Estado, a llorar a rienda suelta, porque el próximo martes se perderá contra Brasil irremediablemente…

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One thought on “14 de junio – La selección nacional: ¿asunto de Estado?

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