Brasil día a día / 12 de junio

Cinta-Brasil-2014

Por Juan Carlos Cabrera Pons

El día de mañana está más cerca de hoy que de mañana mismo. Yo lo sé, todos lo saben. En la oficina lo comentan, y yo dejo de mirar un rato la pantalla para participar en las charlas relajadas y breves. Ayer todavía valían los clichés, pero hoy ya no; y eso se sabe, de alguna manera se sabe, y las personas, que lo saben, son más cautelosas al evidenciar sus opiniones.

Que en África son rápidos, pero poco organizados; que a los italianos les gusta defenderse; que Alemania siempre gana; que en Argentina se practica el juego sucio; que México jugará como nunca, pero perderá como siempre; todo eso valía ayer, pero hoy no. Y si los equipos africanos por una casualidad coinciden en la virtud de ser veloces, pero en el defecto de la desorganización; si Alemania gana y México pierde; todo eso volverá a tener valor. Pero hoy no, hoy es un día peculiar: hoy es el día antes de la Copa del Mundo.

Desde 1930 los Mundiales de fútbol se han transformado mucho. Lo que no ha cambiado desde entonces es la particularidad del día previo a la inauguración del torneo. Por un día el parloteo incesante de los comerciales, los y las comentaristas de todos (pero todos) los medios, las personas en la calle (las que conocemos y las que no), etc., parece detenerse, o al menos aminorarse. Se trata más bien de un día quieto. Un día en que postergamos la idea abstracta del Mundial que nos hemos anticipado cada vez con más presencia desde hace cuatro años. El Mundial descansa hoy como no lo hacía en meses, y como no lo volverá a hacer en varias semanas.

Y eso es algo tan palpable este día, porque el de mañana es un Mundial especial. Sudáfrica 2010 fue bellísimo. Lo fue por muchas razones, pero sobre todo porque quebró más de un cliché (lo que, curiosamente, molestó a muchos). Pero Brasil 2014 es especial. Quizá ninguna otra Copa del Mundo ha generado más expectativa que ésta. El fútbol ha venido atravesando por un enorme proceso de mundialización, sobre todo desde 1958, cuando por primera vez se transmitió el torneo por televisión. Esto ha hecho de nuestro deporte el más visto en todo el globo, pero también el más comercializado. Encima, se juega en Brasil, un país que parece atado al fútbol por una representación social globalmente generalizada.

El fútbol es una cosa enorme, y el Mundial es una de las más curiosas de sus manifestaciones. En décadas como ésta, en que tan grande es el aparato comercial de los torneos a nivel de clubes en todo el mundo, pocos se atreverían a defender que durante los próximos treinta días seremos testigos del mejor fútbol del planeta. La popularidad y la expectativa que esta competencia genera me parece sustentada más bien en el hecho aforístico de que, si el fútbol es sólo un juego, la Copa del Mundo de la FIFA es la más lúdica de sus formas.

En días como los nuestros, días de fronteras porosas y mercados internacionales; días de posmodernos, milenaristas y ciudadanos del mundo; días de aldea global, de educación intercultural y ciudadanías emergentes; el Mundial abre la caja de rompecabezas cuya solución es un problema todavía más grande: ¿qué significa pertenecer a una nación? El Mundial se construye de todas las preguntas que derivan de esta suerte de cuestión primordial.

En la base de la Copa del Mundo hay una serie de sólidas construcciones sociales, que se sostienen en elementos que parecen etéreos en sus supuestos materiales, pero que se tornan sólidos en su experiencia corporal (las fronteras entre los países, las identidades nacionales, las simpatías y antipatías por determinados estereotipos, etc.). Por eso es tan terrible cuando estos elementos funcionan en beneficio de ciertas instituciones.

Este asunto importa en todos lados, pero en el contexto mexicano se torna de un color particular. ¿Cuánto no se nos ha repetido que el Mundial es un distractor social, un sustento enagenador, un arma de doble filo del más salvaje capitalismo? Ésa es quizá un visión muy simplificada, pero algo no puede negarse: la vivencia en México del fenómeno de la Copa del Mundo está siempre acompañada de un aparato comercial cuyo producto, altamente rentable, es la selección mexicana.

Al platicar con la gente de este país, pareciera que al Tri hay que odiarlo para combatir al sistema o amarlo porque somos ya sus víctimas. Yo, en lo personal, no creo ni que el aparato sea tan completo ni que el aficionado sea tan idiota. Pero sí que hay intereses que clavan sus uñas donde no deberían: en un deporte que se sustenta sobre todo en el compañerismo y la vivencia del momento. Y yo, quizá más que nadie, sí espero que México fracase.

Si se quiere que la sensación general de un país cuya cohesión social atraviesa una crisis (o los lindes de una crisis) se sustente sobre el desempeño de la selección mexicana de fútbol, deberá darnos gusto saber que el fantasma del 78 está más cerca que nunca. México parece el rival más débil del grupo A, y a nadie sorprenderá que se vaya, tras tres juegos, con tres derrotas. ¿Qué pasará entonces con este aparato que descansa en el falso triunfalismo de uno de los peores equipos del torneo? No lo sé, pero ojalá sea algo grande.

Brasil día a día / 12 de junio

One thought on “11 de junio – El día antes de la Copa del Mundo

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